El modernismo dejó en Teruel un valioso legado arquitectónico que hoy puede recorrerse en sus calles y revivirse cada año durante la Semana Modernista
A menudo se dice que Teruel es la ciudad del mudéjar y de los Amantes. Y no falta razón: sus torres declaradas Patrimonio de la Humanidad y la trágica leyenda medieval son su carta de presentación al mundo. Sin embargo, quien se detiene a pasear sin prisas por el casco histórico descubre otra faceta menos conocida pero igualmente fascinante: el modernismo turolense, un legado arquitectónico que floreció a principios del siglo XX y que hoy revive con fuerza gracias a la Semana Modernista, una fiesta que convierte la ciudad en un escenario vivo de la Belle Époque.
La llegada de la modernidad a una ciudad de provincias
A comienzos del siglo pasado, Teruel experimentaba una transformación silenciosa. La llegada del ferrocarril, el suministro de agua corriente y la electricidad cambiaban la vida cotidiana. La burguesía local, comerciantes y profesionales liberales deseosos de mostrar su posición, quiso dejar huella de aquel optimismo en la arquitectura. Así, entre 1905 y 1915, surgieron las primeras casas modernistas en las calles principales del centro.
El artífice de esta revolución estética fue Pablo Monguió, un arquitecto tarraconense formado en Barcelona que trajo a la capital turolense el espíritu del modernismo catalán. Monguió ocupó el cargo de arquitecto municipal y, en apenas unos años, proyectó los edificios más representativos del estilo en la ciudad. Su sello mezcla las líneas sinuosas, los motivos vegetales y la exuberancia ornamental con materiales tradicionales como el ladrillo o la cerámica vidriada, logrando una síntesis singular.

Joyas en el corazón de Teruel
Un recorrido modernista en Teruel debe comenzar en la Plaza del Torico, epicentro de la vida ciudadana. Allí se alza la Casa El Torico, levantada en 1912 para una acaudalada familia local y convertida hoy en icono urbano. Su fachada violeta, decorada con detalles blancos, balcones de forja y piezas cerámicas, atrae inmediatamente la mirada. Es uno de los mejores ejemplos de modernismo en Aragón y sede actual de la Caja Rural de Teruel.
A escasos metros, la Casa La Madrileña demuestra cómo el modernismo podía adaptarse a parcelas estrechas. Su fachada azul claro, adornada con guirnaldas y óvalos decorativos, revela la atención al detalle que caracterizó a Monguió. No es una construcción monumental, pero sí exquisita, un caramelo arquitectónico que sorprende al transeúnte.

El tercer vértice de este triángulo es la Casa Ferrán, de 1910. Con siete plantas, mirador achaflanado y una decoración vegetal que combina piedra, forja y cerámica, fue la primera obra plenamente modernista de la ciudad. El interior conserva aún barandillas originales, mármoles y artesonados, transportando al visitante a un tiempo en que la burguesía quería que sus viviendas fueran auténticos manifiestos de modernidad.
Otros ejemplos completan la ruta: la Casa Bayo o de los Retales, con su característico azul ultramar y su patio central; la Casa Escriche; o incluso la Escalinata, que combina influencias neomudéjares y modernistas y se ha convertido en uno de los símbolos más fotografiados de Teruel.
Mirar hacia arriba: claves para disfrutar del modernismo turolense
Recorrer las calles del centro histórico es un ejercicio de observación. Conviene levantar la vista y detenerse en los detalles: balcones con barandillas de hierro que parecen hojas entrelazadas, ventanas ovaladas, guirnaldas florales en escayola o cerámica vidriada que da un toque de color inesperado. También en el interior de algunos edificios, si se tiene la suerte de acceder, perviven suelos hidráulicos, artesonados de madera y lámparas de época.
Este patrimonio, protegido hoy como Bien de Interés Cultural en varios casos, constituye una sorpresa para quienes llegan atraídos por el mudéjar y descubren que Teruel es también ciudad modernista.

La Semana Modernista: Teruel viaja en el tiempo
Si el viajero quiere vivir la experiencia en su máxima expresión, el momento idóneo es durante la Semana Modernista, que este año se celebrará del 11 al 16 de noviembre. Desde 2012, la Fundación Bodas de Isabel organiza esta recreación histórica que devuelve la ciudad a estos años.
Durante varios días, Teruel se transforma: vecinos se visten con trajes de época, los escaparates se engalanan como a principios del siglo XX y las calles se llenan de desfiles, música en directo, comparsas de gigantes y cabezudos, visitas teatralizadas y escenas costumbristas. Cada edición gira en torno a un tema: en 2022, por ejemplo, se recreó la visita del rey Alfonso XIII a la ciudad; en 2024, el motivo central fueron los temores y celebraciones en torno al cometa Halley de 1910.
El público puede así sumergirse en la mentalidad de aquellos años, cuando el progreso tecnológico convivía con supersticiones y grandes esperanzas. Las plazas se convierten en escenarios abiertos donde se representan bailes y escenas cotidianas de familias burguesas o trabajadores, con una participación ciudadana masiva y un ambiente festivo y didáctico. No falta tampoco la vertiente cultural con la celebración de conferencias, exposiciones fotográficas y talleres para todas las edades.

Una experiencia para los sentidos
Viajar a Teruel durante la Semana Modernista es mucho más que mirar fachadas. Es oír pasodobles interpretados por bandas de música en la plaza del Torico, ver desfilar coches de época relucientes bajo el cielo frío de noviembre, dejarse envolver por la teatralidad de los actores que representan a comerciantes, médicos o criadas de 1910.Es, en definitiva, vivir la ciudad como lo hacían sus habitantes hace más de un siglo.

Modernismo y mudéjar: dos caras de una misma ciudad
El atractivo del modernismo en Teruel se entiende mejor en contraste con su otra gran joya, el mudéjar. Mientras las torres medievales muestran la herencia islámica y cristiana, las casas modernistas hablan de un tiempo en que la ciudad miraba a Barcelona, París o Bruselas para inspirarse. Este diálogo entre tradición y modernidad convierte a Teruel en un destino culturalmente rico y diverso.














