Hay eventos gastronómicos que funcionan como una simple degustación y otros que consiguen convertirse en una celebración colectiva del territorio. Lo ocurrido estos días en Zuera pertenece claramente a la segunda categoría. La nueva edición de Zuera Sabor volvió a demostrar que cuando el producto local se sitúa en el centro del discurso, el interés del público responde con una fuerza difícil de ignorar.
Las plazas disponibles desaparecieron en cuestión de minutos. El aforo, limitado para preservar el carácter cercano de la experiencia, no pudo absorber toda la demanda de quienes quisieron participar en una cita que tenía un protagonista indiscutible: el Ternasco de Aragón IGP, uno de los grandes emblemas gastronómicos de la comunidad.
La propuesta reunió algunas de las elaboraciones más representativas de la cocina aragonesa contemporánea y tradicional. Entre ellas destacó especialmente la pierna Agnei, una preparación que despertó una enorme expectación entre los asistentes gracias a su jugosidad y profundidad de sabor. A su lado brilló también una croqueta de ternasco firmada por el restaurante Dalai Valdespartera, una creación que confirmó por qué se ha convertido en una de las referencias gastronómicas más reconocidas de la provincia.
La experiencia continuó con los populares churrasquicos elaborados a la brasa, cuya sencillez aparente esconde una de las expresiones más auténticas del producto. Tampoco faltó una contundente caldereta preparada con cortes tradicionales del ternasco, un plato que conecta directamente con la memoria culinaria aragonesa y con una forma de cocinar donde el tiempo, el fuego lento y el respeto por la materia prima siguen siendo fundamentales.
Como cierre, el queso de oveja puso el contrapunto perfecto a una degustación construida alrededor de productos profundamente vinculados al territorio. Un final coherente para una noche en la que cada propuesta parecía recordar que la gastronomía también es una forma de patrimonio cultural.
El vino como compañero natural
La velada contó además con un acompañamiento enológico cuidadosamente diseñado por Bodegas San Valero. Las distintas referencias de su gama Particular y su cava permitieron construir un recorrido de maridajes pensado para dialogar con cada elaboración servida durante la jornada.
Los vinos encontraron un equilibrio especialmente interesante con las distintas texturas del menú: desde la intensidad de las carnes a la brasa hasta la cremosidad de la croqueta o el carácter más reconfortante de la caldereta. Una demostración de la afinidad histórica que existe entre los productos ganaderos aragoneses y los vinos nacidos en las comarcas vitivinícolas de la comunidad.
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Más allá del aspecto gastronómico, la cita volvió a poner sobre la mesa una idea cada vez más relevante: la importancia de construir experiencias que conecten productores, cocineros y consumidores alrededor de una identidad compartida. El Ternasco de Aragón IGP, reconocido como una de las grandes señas de identidad culinaria de la región, se convirtió una vez más en el hilo conductor de una propuesta donde tradición, calidad y territorio caminaron en la misma dirección.
En un momento en el que la gastronomía busca constantemente nuevas fórmulas para sorprender, encuentros como Zuera Sabor recuerdan que a veces la mejor innovación consiste simplemente en volver a mirar de cerca aquello que siempre ha estado ahí: los productos, las recetas y las historias que explican quiénes somos alrededor de una mesa.













