Ursula von der Leyen plantea ampliar los vínculos con Ottawa en defensa, tecnología, energía y materias primas e incluso abrir la puerta a que Canadá pueda convertirse en el primer «miembro asociado» de la Unión Europea. Por ahora, no existe un nuevo tratado ni está definido ese eventual estatus.
Canadá y la Unión Europea estudian cómo llevar su relación más allá del marco comercial construido durante la última década. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, planteó el pasado 16 de septiembre avanzar desde el CETA hacia lo que denominó una «Alianza para el Futuro», con nuevos vínculos en ámbitos que van desde la defensa y la energía hasta la inteligencia artificial, los minerales críticos y el Ártico.
La expresión marca, por ahora, una aspiración política y no el nacimiento de un nuevo acuerdo entre Canadá y la UE. El primer ministro canadiense, Mark Carney, intervino al día siguiente ante el Parlamento Europeo y defendió también estrechar los lazos entre ambas partes para reducir dependencias y reforzar su capacidad económica y estratégica.
Von der Leyen añadió una propuesta de mayor alcance: trabajar para abrir la puerta a que Canadá pueda convertirse en el primer «miembro asociado» de la Unión Europea. No existe actualmente un acuerdo que conceda a Ottawa esa condición ni están definidos los derechos y obligaciones que tendría. Su eventual desarrollo requeriría concretar qué significa jurídicamente esa fórmula y qué ámbitos abarcaría.
Del CETA a una agenda más amplia
El punto de partida es el Acuerdo Económico y Comercial Global entre Canadá y la Unión Europea, conocido como CETA y aplicado provisionalmente desde septiembre de 2017. Según destacó Von der Leyen, el comercio de bienes entre ambas partes ha aumentado más de un 75% desde entonces.
Sobre esa base, la presidenta de la Comisión propuso extender la agenda común hacia sectores considerados estratégicos, entre ellos la fabricación avanzada, la tecnología, las industrias de defensa, la energía, los minerales críticos, las baterías, la inteligencia artificial, la computación cuántica y la ciberseguridad. El Ártico aparece también entre los espacios de interés compartido.
Carney desarrolló al día siguiente algunas de las posibilidades que Canadá identifica en este proceso. Su país cuenta, según afirmó ante el Parlamento Europeo, con más de 34 minerales críticos y ve margen para combinar esos recursos con la capacidad europea de procesamiento y fabricación.
El primer ministro canadiense se refirió también al gas natural licuado y al hidrógeno en el ámbito energético y planteó avanzar conjuntamente en inteligencia artificial, capacidad de computación, tecnologías cuánticas, espacio, sistemas de pagos y comercio digital.
La educación y la investigación forman igualmente parte de las posibilidades mencionadas por Ottawa. Carney planteó una eventual participación canadiense en Erasmus+ y en la siguiente generación de Horizon, aunque ambas cuestiones deberán negociarse y no constituyen compromisos ya adoptados.
La defensa ofrece ya un precedente
Los vínculos entre Canadá y la UE sí han dado un paso concreto durante 2026 en materia de defensa.
El Consejo de la UE concluyó el 15 de junio el acuerdo, firmado el 14 de febrero, que establece las condiciones para que empresas canadienses y productos originarios de Canadá participen en contrataciones respaldadas por SAFE. Canadá se convirtió así en el primer país no europeo participante en este instrumento.
SAFE —Acción por la Seguridad de Europa— fue creado para respaldar las inversiones de los Estados miembros en capacidades industriales de defensa mediante contratación común. La participación canadiense se suma a la Asociación de Seguridad y Defensa firmada entre Canadá y la UE en junio de 2025.
Este precedente muestra que la aproximación entre Ottawa y Bruselas ya se ha traducido en mecanismos concretos en determinados sectores, aunque eso no implique una integración general de Canadá en las estructuras comunitarias.
Minerales, energía y tecnología
Las materias primas aparecen como uno de los puntos de mayor complementariedad. Los minerales críticos resultan esenciales para actividades que abarcan desde la fabricación de baterías y semiconductores hasta las tecnologías energéticas y determinadas capacidades de defensa.
Canadá dispone de importantes recursos y busca ampliar su transformación y comercialización, mientras Europa trata de diversificar sus suministros y reducir determinadas dependencias exteriores. Vincular las materias primas canadienses con la capacidad industrial europea constituye por ello una de las posibilidades señaladas por ambos socios.
La energía responde a una lógica semejante. Carney apuntó a la posibilidad de aumentar las exportaciones canadienses de gas natural licuado e hidrógeno hacia Europa y, al mismo tiempo, desarrollar conjuntamente tecnologías relacionadas con la transición energética.
La inteligencia artificial abre otro terreno de trabajo. Ottawa plantea compartir esfuerzos con Europa en infraestructuras de computación, estándares y seguridad, además de ampliar los vínculos en tecnologías cuánticas y conexiones digitales.
Estas áreas forman parte de una agenda todavía en desarrollo. Su traducción en acuerdos específicos dependerá de las negociaciones entre Canadá, la Comisión Europea y los Estados miembros.
Qué supondría ser «miembro asociado»
La propuesta de Von der Leyen sobre un posible «miembro asociado» es uno de los elementos políticamente más novedosos del discurso, pero también el que exige mayor cautela.
Actualmente no existe un estatuto de «miembro asociado» de la UE con las características planteadas para Canadá. Por tanto, no están establecidos sus derechos, sus obligaciones ni los mecanismos mediante los que Ottawa podría participar en determinadas políticas europeas.
Tampoco debe confundirse esa posibilidad con una adhesión de Canadá a la Unión Europea. La propuesta apunta hacia una fórmula que permita una vinculación mayor en determinados ámbitos sin convertir al país norteamericano en un Estado miembro.
Defensa, materias primas, energía, tecnología, investigación o movilidad académica aparecen como posibles terrenos para estrechar esos lazos, pero el grado de integración que podría alcanzarse sigue abierto.
Montreal, la siguiente cita
La siguiente cita será la cumbre UE-Canadá, prevista para el 29 y el 30 de octubre en Montreal. Será una ocasión para comprobar si la ambición expresada en Estrasburgo empieza a tomar forma en propuestas concretas.
De momento, ni existe un nuevo tratado ni está definido el alcance de una eventual asociación de Canadá con la UE. Bruselas y Ottawa sí han dejado clara su intención de ampliar una relación que durante años ha tenido en el comercio uno de sus principales pilares hacia sectores que han adquirido un peso creciente en la agenda internacional: seguridad, tecnología, energía y materias primas.
El CETA proporciona una base económica consolidada y la participación canadiense en SAFE demuestra que existen vías para avanzar en ámbitos específicos. Después de los discursos de Von der Leyen y Carney, queda por determinar hasta dónde llegará ese proceso y qué forma institucional podría adoptar.

















