La llegada del otoño supone un tiempo muy especial para las tierras y pueblos vecinos a la desembocadura del Ebro. La razón es que a lo largo del mes de octubre culmina el ciclo del cultivo del arroz. Es decir, llega la cosecha de unas 130.000 toneladas de este cereal y los campos que durante los últimos meses han permanecido anegados de agua y con las plantas en pleno desarrollo, empiezan a cambiar de tono para así modificar por completo el paisaje de la llanura deltaica.
En total se superan las 20.000 hectáreas de este cultivo y casi tres cuartas partes producen arroz con Denominación de Origen Delta del Ebro. Por lo tanto se trata de un producto de enorme calidad que de alguna manera se puede decir que lleva el sabor de un buen número de provincias españolas. ¿Por qué? Porque las aguas del Ebro que lo riegan, antes de llegar aquí han discurrido por más de 900 kilómetros, yendo desde las inmediaciones del Cantábrico hasta el Mediterráneo.

Es un largo camino por siete comunidades autónomas (Cantabria, Castilla y León, País Vasco, La Rioja, Navarra, Aragón y Cataluña). En todas ellas, sus aguas son una fuente de riqueza y energía. Pero al mismo tiempo, el propio río acrecienta su caudal y lo enriquece con nuevos sedimentos y aportes de cada territorio. De esta manera llega repleto de nutrientes hasta la sierra del Montsià en Tarragona, el último accidente de relieve que encuentra su cauce.
A partir de aquí solo le queda una extensa planicie hasta el mar. Una llanura que el propio río ha ido creado durante milenios depositando todos esos sedimentos que trae en suspensión, los cuales precisamente son el alimento para las miles de hectáreas de arroz. Las plantaciones de este cereal ocupan aproximadamente el 65% de la superficie del triángulo que forma el delta. Un triángulo con los siguientes vértices: el pueblo de L’Ampolla al norte, San Carlos de la Rápita al sur y la desembocadura fluvial en el punta más oriental.
Pero si los arrozales no se apoderan por completo el delta, ¿qué más hay? Pues en las áreas más próximas al mar se desarrolla el Parque Natural de Delta del Ebro, el espacio protegido de carácter acuático más grande de toda Cataluña. De manera que se multiplican los motivos para visitar esta zona tan cercana a Aragón y con la qué tantos vínculos nos unen. Están las experiencias gastronómicas que propone, su riqueza natural, sus paisajes y por supuesto también sus playas.
Seguramente, el otoño no es la mejor época para darse un chapuzón en playas como la de San Carlos de la Rápita. Pero es una temporada ideal para descubrir un enclave tan espectacular como la Barra del Trabucador, que se prolonga durante varios kilómetros entre el mar abierto y la bahía de San Carlos. A un lado deja el horizonte del Mediterráneo y al otro están las vistas de la bahía y las dunas del parque natural donde crece una vegetación singular y donde no es raro descubrir infinidad de aves, algunas tan espectaculares como los flamencos. De hecho, repartidos por esta zona y otras muchas como la coqueta Bassa de Les Olles o la célebre lagunas de l’Encanyissada aparecen numerosos refugios para que los aficionados la ornitología disfruten durante horas del birdwatching.

Algo similar se puede decir si se llega a la playa de la Marquesa para después dar un paseo hasta la icónica Punta del Fangar, un enclave realmente hermoso si se conoce al atardecer. Mientras que los amantes de actividades más excitantes y los deportes acuáticos pueden acudir la playa de Riumar para desplegar sus cometas y disfrutar de las olas con sus tablas de kite surf.
Y quienes deseen disfrutar de las vistas desde el propio río, estos meses son perfectos para embarcar en los recorridos fluviales que zarpan desde Deltebre hasta la desembocadura del río en el mar. Son itinerarios de más o menos una hora que permiten gozar del paisaje desde otra perspectiva, y conocer por ejemplo la famosa Isla de Buda, la cual no tiene nada que ver con las creencias religiosas, sino con un tipo de planta que crece aquí.
También durante la travesía en este corto crucero fluvial se ve el emblemático zigurat cercano a la desembocadura. Es un mirador elevado para contemplar el paisaje. Un lugar al que es habitual acercarse caminando o en bicicleta. Y es que gracias a lo llano que es el delta, existen infinidad de caminos a recorrer. Y esta época, sin los rigores del calor estival, es ideal para realizar este tipo de actividades.
Queda claro que no faltan opciones para recorrer y descubrir los encantos del Delta del Ebro. Algunas más tranquilas y otras más activas, pero en cualquier caso ninguna está completa si no se culmina disfrutando de la gastronomía local. Obviamente el ingrediente más carismático es el arroz, que se puede tomar en multitud de combinaciones. Desde la típica paella de pollo y conejo hasta los arroces marineros para todos los gustos.

Hay que tener en cuanta la riqueza pesquera de la zona, que no solo dispone de mariscos y pescados de mar. En este sentido la lista es larguísima, pero quizás por su singularidad merece la pena probar sus ostras y mejillones, que aquí se crían en bateas al estilo mediterráneo. Pero además es un territorio que por su carácter fluvial también posee un abanico de capturas de agua dulce que aportan una personalidad especial a sus arroces, especialmente cuando se acompañan de la típicas anguilas que tan codiciadas son en el delta.
En definitiva que si alguien está pensando en hacer una escapada cercana en la próximas semanas, plantearse una estancia de varios días en el Delta del Ebro puede ser una opción estupenda.











