Con motivo de su participación en Ocultura, el encuentro promovido por Javier Sierra en Zaragoza en el mes de noviembre, la historiadora medievalista Margarita Torres reflexiona sobre la fascinación por el Santo Grial, la investigación que la llevó hasta el cáliz de doña Urraca y los vínculos entre León y Aragón. En esta conversación también habla de los monasterios como guardianes y constructores de memoria, de la novela histórica y de nuestra relación con el conocimiento.
Javier Sierra ha elegido para esta edición de Ocultura uno de los grandes misterios de la cultura occidental, el Santo Grial. ¿Qué tiene este objeto para haber despertado durante tantos siglos semejante fascinación?
Yo creo que esa fascinación que despierta el Grial responde a una circunstancia que es, en el fondo, excepcional; muy pocos objetos han conseguido reunir, a lo largo de los siglos, una dimensión histórica, religiosa, literaria e incluso simbólica, con una enorme trascendencia. Porque realmente pertenece simultáneamente a la historia del cristianismo, en tanto que cáliz de Cristo, que es donde se basa, lejanamente, esta leyenda, y también a la construcción de un imaginario medieval europeo, que es toda la leyenda de ese objeto, con unas cualidades especiales que generan toda una literatura del ciclo artúrico. Y responde a esa necesidad, profundamente humana, de encontrar testimonios materiales que nos permitan establecer un vínculo tangible con grandes acontecimientos del pasado.
Desde la perspectiva cristiana, el cáliz de la Última Cena tiene una importancia extraordinaria, porque no estaríamos hablando de una reliquia cualquiera, sino del recipiente que utilizó Jesucristo en la Última Cena y que dio origen a la eucaristía. Si aceptamos esta identificación, que es la base de la creación literaria, y esto es muy importante marcarlo, de lo que después será el mito del Grial, estaríamos ante uno de los elementos esenciales para entender incluso la literatura caballeresca. Hay que recordar también que, en la mentalidad medieval, las reliquias no son solo recuerdos piadosos, sino testimonios materiales de lo sagrado. Además, son elementos de legitimación política; de ahí, por ejemplo, la obsesión de Hitler por las reliquias.
Y hay una cuestión que también tenemos que aclarar de base: una cosa es el cáliz de la Última Cena y otra, el Grial de la literatura caballeresca. Esto es muy importante porque no nacen de dos realidades idénticas. Identificarlas es un proceso cultural e intelectual que, a partir de las obras del ciclo artúrico, cobra cada vez más fuerza. Cuando Chrétien de Troyes compone El cuento del Grial, a finales del siglo XII, contribuye a la creación de uno de los grandes misterios literarios de Occidente. Y cuando Robert de Boron, en su José de Arimatea, desarrolla esta materia, da un paso más. A partir de este momento, la búsqueda del Grial se va a transformar en una aventura espiritual, en una empresa de perfeccionamiento moral en la que un caballero debe superar sus debilidades para hacerse digno de contemplar lo sagrado.
Es una transformación realmente extraordinaria y muy reveladora, porque la búsqueda del Grial no es solo la búsqueda de un objeto, sino también la búsqueda de la verdad, de la redención, de la trascendencia. Y, si me lo preguntas como historiadora, creo que a mí me interesa especialmente por todo lo que fue la investigación que llevé a cabo con el doctor Ortega del Río y también por la historia que hay detrás de la construcción literaria del Grial. Me parece absolutamente increíble, pero muy necesaria para comprender la construcción de uno de los grandes mitos de nuestra historia como el mito del Grial. Tiene destellos de investigación histórica y, al mismo tiempo, también una parte de investigación literaria.
Una de las particularidades del Grial es que su historia se mueve entre la documentación histórica, la tradición religiosa y la creación literaria. Como historiadora, ¿cómo se acerca a un objeto sobre el que se han construido tantos relatos?
Un historiador tiene un método, así que debe acercarse a él del mismo modo que a cualquier otro problema histórico, haciendo un análisis crítico de las fuentes, contextualizando los testimonios, estudiando, en este caso el objeto material y, sobre todo, distinguiendo entre aquello que podemos demostrar, aquello que consideramos probable y esos otros elementos que son hijos de la tradición; de una tradición oral no basada en documentos ni en otro tipo de testimonios, sino que ha quedado como una leyenda piadosa. También hay que distinguir, por supuesto, aquello que es una creación literaria. Yo creo que esta distinción es esencial, porque la historia no consiste en confirmar nuestras creencias ni en destruir tradiciones, sino en comprobar qué ocurrió realmente en el pasado, utilizando todos los instrumentos de los que disponemos los historiadores en una investigación científica.
En el caso del Santo Grial, el primer problema consiste en separar varios planos que con frecuencia aparecen confundidos. El primero es el histórico-religioso: es decir, si existe una copa utilizada por Cristo durante la Última Cena. En los Evangelios se menciona el cáliz, pero no se describe ni se dan demasiados detalles. Sí sabemos que, siguiendo las costumbres judías del siglo I, se utilizaba un cáliz.

El segundo plano es la historia de las reliquias. Durante toda la Antigüedad tardía y la Edad Media sabemos que hubo numerosos objetos vinculados a la vida y la pasión de Cristo que fueron venerados, trasladados, donados o custodiados por iglesias, monasterios, obispos e incluso reyes. ¿Por qué? Porque su posesión proporcionaba un enorme prestigio religioso, y los reyes comprendieron muy pronto que determinados objetos sagrados reforzaban su legitimidad y su autoridad, sobre todo porque hacían aparecer a ciertas monarquías como especialmente favorecidas por la protección divina.
El tercer plano es el literario, que cristaliza a finales del siglo XII y a lo largo del XIII. Es lo que se llama la materia artúrica, que transforma el Grial en el centro de toda una construcción narrativa y también espiritual, de extraordinaria complejidad. Pero no podemos utilizar una novela caballeresca como un documento notarial, ni interpretar automáticamente una tradición religiosa, por muy piadosa o antigua que nos parezca, como si constituyera una prueba histórica semejante a la de un documento, una pintura de la época o un objeto datable en el siglo I.
Cuando el doctor Ortega del Río y yo abordamos la investigación sobre el cáliz de San Isidoro, lo hicimos desde una perspectiva arqueológica e histórica. Nosotros no buscábamos el Santo Grial, estábamos estudiando un patrimonio histórico-artístico vinculado a la monarquía leonesa. Fruto de una serie de circunstancias, aparecieron referencias documentales árabes que abrieron una línea de investigación completamente inesperada y que remiten a una copa venerada en Jerusalén, en el Santo Sepulcro, desde que tenemos noticias de la presencia de esta reliquia allí, es decir, desde el siglo IV. Se la considera el Calix Domini. Sabemos que se trasladó en el siglo XI desde ese entorno oriental, no ya solo a la península ibérica, sino concretamente a León, que en aquel momento era el reino más poderoso de la cristiandad peninsular. En este contexto, hay que decir también algo muy importante: en la Edad Media las reliquias circulaban a través de mecanismos muy diversos. Podían ser regalos, intercambios diplomáticos o apropiaciones violentas, pero formaban parte de una red de relaciones políticas mucho más compleja de lo que podemos imaginar a primera vista. Por eso es muy importante estudiar siempre la documentación, el contexto diplomático, el contexto histórico y las propias características materiales del objeto. También hay que saber que nuestro conocimiento tiene límites y es que no tenemos una foto, una película ni un vídeo de TikTok en el que se vea a Jesucristo celebrando la Eucaristía. Tenemos que remitirnos, lógicamente, a los elementos disponibles para nuestro trabajo como historiadores.
Pretender que exista un texto de la época de Jesucristo en el que aparezca, junto a un dibujo preciso, el cáliz y Jesucristo firmando debajo sería absurdo. Hay que construir sobre lo que se tiene y no intentar forzar lo que no se tiene. La investigación histórica tiene que reconocer que existen ciertas lagunas, pero también tiene un límite de exigencia respecto a cualquier testimonio, tanto sobre un momento de nuestro pasado como incluso sobre el presente, puesto que la versión de una misma noticia cambia mucho si la ofrece un medio de comunicación cercano a la izquierda o uno vinculado a la derecha.
Yo creo que todo este tema merece una gran atención, una investigación histórica que no empobrezca el misterio, sino que, al contrario, lo enriquezca. Y hay que saber muy claramente que la historia es fascinante, aunque también lo sean las leyendas.
La Edad Media sigue alimentando nuestro imaginario, desde las reliquias hasta las órdenes de caballería y las leyendas artúricas. ¿Qué tiene aquella época para conservar semejante capacidad de seducción?
Como medievalista, en mi opinión la Edad Media continúa fascinándonos porque, en realidad, no es un mundo tan lejano como a veces pensamos, puesto que muchas de las estructuras políticas, culturales o religiosas que todavía condicionan nuestra manera de entender Europa y el mundo siguen funcionando sobre parámetros reconocibles desde la Edad Media. Incluso ahora mismo estamos replicando ciertos modelos que algunos historiadores, algunos medievalistas, denominamos neofeudalización o refeudalización. Esto nos llevaría a un debate muy interesante sobre si estamos viviendo un tránsito o una vuelta a la Edad Media, casi sin darnos cuenta, en esta sociedad tan tecnológica.
Pero, volviendo a la fascinación por esa Edad Media que conocemos, piensa que las monarquías, las ciudades, las universidades, las distintas lenguas romances o las identidades territoriales forman parte, junto con las tradiciones y la religión, de nuestro imaginario histórico, artístico, literario y político. Hay una razón todavía más profunda, y es que la Edad Media nos presenta una sociedad que interpreta el mundo de una manera distinta a la nuestra, pero que, al mismo tiempo, nos resulta extraordinariamente reconocible. Sus hombres y mujeres se enfrentaban a preguntas que siguen siendo actuales: el sentido de la vida, la muerte, la enfermedad, la guerra, la justicia, el poder, la revelación, la relación entre lo visible y lo invisible, la salvación. La diferencia es que articulaban esas preguntas mediante un lenguaje simbólico y religioso que, en buena medida, hoy hemos perdido o transformado. Por ejemplo, para alguien medieval una catedral no era únicamente un edificio, era una representación del universo; una reliquia no era un objeto antiguo, sino una presencia, una forma de establecer un puente con lo trascendente, con aquello que está muy por encima de las personas. Una coronación, por ejemplo, no era solo una ceremonia política sino que expresaba una concepción sagrada del poder. Comprender esta mentalidad exige abandonar por un momento nuestras categorías contemporáneas y darnos cuenta de que los hombres y las mujeres de aquellos siglos tenían su propia lógica interna.
Hay un gran tópico asociado a la Edad Media según el cual esta época nos atrae porque fue momento de contrastes extraordinarios, como si fuera un tiempo de violencia, desigualdad y epidemias; también estamos viviendo eso ahora. Pero fue asimismo un tiempo de gran creación intelectual, de innovación técnica, de expansión urbana y de desarrollo artístico. En ocasiones, nos aparece como una etapa oscura y homogénea, cuando en realidad fue un periodo amplísimo, de enorme diversidad y transformación. Piensa que durante la Edad Media convivieron y se enfrentaron tradiciones cristianas, judías y musulmanas; se desarrollaron redes comerciales de gran alcance y se fundaron las Universidades. Se tradujeron textos científicos y filosóficos, se construyeron maravillosas catedrales e incluso obras de gran complejidad. Así que la imagen de una Edad Media inmóvil no resiste ni el más mínimo análisis histórico.
Además, vivimos en una época muy marcada por cierta fatiga ante la aceleración tecnológica. La sociedad medieval, con todas sus limitaciones, nos ofrece la imagen de un mundo donde los objetos tenían una duración distinta, los rituales organizaban el tiempo y la memoria colectiva se transmitía de otras formas. Esa distancia puede resultarnos muy atractiva; incluso llegamos a idealizarla.
En el caso concreto del Grial, se unen el misterio, la espiritualidad, las aventuras, el poder, la memoria, la historia y las reliquias. Y, seamos sinceros, como medievalista considero que no es necesario convertir la Edad Media en un mundo de fantasía para que sea apasionante, porque la realidad histórica es muchísimo más compleja e interesante. A mí me interesa especialmente mostrar que, a veces, detrás de una leyenda o de un romance hay toda una tradición real, y que el mundo en el que se movían los reyes era mucho más amplio de lo que pensamos. Creo que, al estudiarla, descubrimos un pasado que no está muerto, sino que continúa actuando sobre nosotros. Incluso podemos reconocer sus huellas y, como te decía antes, algunos historiadores consideramos que estamos en un proceso de neofeudalización.
Cuando te educas comprendiendo el pasado y te enseñan a amarlo desde el principio, entiendes que todos los testimonios y todas las fuentes van creando una realidad que no puedes interpretar de manera aislada.
¿Qué encontró usted en la Edad Media para decidir dedicarle su vida? ¿Recuerda de dónde nació ese interés?
En gran medida, la influencia viene de mi familia. Mi madre, que era una mujer extraordinaria, me enseñó a amar la historia. Yo no crecí con los cuentos de Caperucita ni con los cuentos infantiles; crecí con los relatos de las grandes hazañas, las historias y las biografías de nuestros grandes héroes. Crecí amando la historia. Te confieso que me apasiona igualmente la época romana. Todo lo que representa el Imperio romano me atrae mucho, quizá porque, como leonesa, soy en gran medida hija de las dos legiones que controlaron Hispania después de la conquista por parte de Octavio Augusto del último territorio indómito de la península ibérica: las tierras de mis antepasados, los cántabros y los astures. Entonces, me gusta mucho ese periodo. De hecho, también he trabajado la transición entre la Antigüedad y la Edad Media, aunque la Edad Media era el periodo que más me atraía, quizá porque se me daba muy bien el latín. También la paleografía; eso facilitó mucho las cosas.
Cuando te educas comprendiendo el pasado y te enseñan a amarlo desde el principio, entiendes que todos los testimonios y todas las fuentes van creando una realidad que no puedes interpretar de manera aislada. Yo no consigo entender la Edad Media sin los siglos del Imperio romano, ni tampoco su transición a la Edad Moderna.
Aprendí que una de las grandes características de la vocación de una historiadora, algo que me enseñó mi madre, es la paciencia y también la humildad, porque hay preguntas que se pueden resolver de forma inmediata y otras que son silencios imposibles de llenar. Hay que convivir con la incertidumbre sin renunciar a formular hipótesis. Creo que el pasado nunca se entrega de manera íntegra, sino que tenemos que reconstruirlo a partir de fragmentos, y cada fragmento exige ser tratado con rigor. Pero eso no es una limitación; al contrario, es un estímulo.
Solemos imaginar al historiador entre archivos y documentos antiguos, pero ¿qué hay de emoción y de intuición en ese trabajo? ¿Recuerda algún hallazgo que la sorprendiera especialmente?
La investigación histórica tiene mucho más de emoción de lo que habitualmente se puede imaginar, porque hay una imagen muy extendida del historiador como alguien que se pasa toda la vida rodeado de documentos antiguos, examinando pergaminos con lupas y tratando de descifrar escrituras que hace siglos dejaron de utilizarse. Una parte de nuestro trabajo consiste en ello, pero detrás de esa labor hay toda una extraordinaria aventura intelectual, mucho más amplia. A veces tienes que viajar a los lugares para comprender desde dónde sale el sol, hasta dónde se pone, y entender así el desarrollo de una batalla. Y tienes que hacerlo con toda la humildad del mundo, porque esa es una de las grandes enseñanzas que he recibido. Puede ocurrir que, después de estar un año investigando sobre una familia noble, llegues a un humilde pueblo de Palencia, entres en una iglesia y una señora del pueblo te cuente, en un cantar transmitido de generación en generación, la misma genealogía, la misma historia que llevas un año entero investigando. Por eso considero que es un trabajo maravilloso, pero no podemos desechar nunca ningún testimonio.
En este aspecto, junto con esa emoción inmensa que uno siente cuando descubre un dato, cuando recompone algo y la intuición te va guiando, hay una especie de sexto sentido, muy trabajado: trabajado con horas de estudio, lecturas en muchos idiomas, trabajo de campo y revisión de fuentes de todo tipo, crónicas, documentos, arqueología y otras fuentes antropológicas. Al final, eso que llamamos intuición yo lo llamo horas y horas de trabajo, que desarrollan ese fino sexto sentido que te conduce hasta ese dato clave, que te hace como una especie de resorte mental y te lleva a un descubrimiento. Y la emoción es absoluta. Es impresionante.
Recuerdo que, en los primeros años de investigación, a propósito de mi tesis sobre los linajes nobiliarios, era capaz de establecer los lazos. Para mí aquello era todo un hallazgo. Uno de los ejemplos fue cuando comprendí cuál era la verdadera genealogía del Cid Campeador. Recuerdo que se lo comenté a un catedrático, ya difunto, de la Universidad de Cambridge, Colin Smith. Le expliqué cómo iban mis investigaciones y cómo consideraba que el Cid, lejos de ser un caballero de tercera división, pertenecía a una de las familias nobles más importantes del reino de León y que había sufrido una purga en tiempos de Fernando I. Él quedó absolutamente emocionado y me invitó a ir a su universidad.
Años después sería otro maravilloso historiador, el profesor Peter Linehan, gran medievalista, también fallecido recientemente, quien formalizó esa invitación. Tuve la ocasión de disfrutar allí de una especie de premio, porque esa universidad, con su maravillosa biblioteca, es un grandioso premio para una historiadora y más aún para una medievalista: allí pierdes la noción del tiempo y del espacio, rodeada de todos los libros y de todas las fuentes que se te pueda ocurrir consultar, que están a tu disposición. No me refiero a las publicadas, lógicamente.
Nosotros no buscábamos el Santo Grial.
¿Cómo se pasa de estudiar las piezas conservadas en San Isidoro de León a plantearse que allí pudiera encontrarse el cáliz de Cristo?
Lo primero que tenemos que decir es que ni José Miguel Ortega del Río, mi compañero, ni yo estábamos estudiando el cáliz de doña Urraca. Nosotros trabajábamos con piezas de procedencia islámica conservadas en San Isidoro de León. Fue precisamente otra pieza conservada allí, una caja de plata niquelada, la que despertó nuestra atención, junto con otros objetos. La pregunta era por qué estaban allí esos objetos y, especialmente, esa arca, que es un regalo diplomático del más alto nivel, coetáneo a los tiempos de Fernando I, el gran creador del San Isidoro que conocemos. Fuimos persiguiendo las fuentes, rastreamos fuentes cristianas y musulmanas, crónicas y documentación cristiana y no encontramos nada. Eso nos llevó a pensar que quizá las respuestas estaban en Egipto. Llegó la noticia de que el cáliz de Cristo, venerado por las comunidades cristianas desde la construcción del Santo Sepulcro, en tiempos del emperador romano Constantino, estaba en una capilla propia en el Santo Sepulcro de Jerusalén; de allí salió en el siglo XI para ser trasladado a León. Hay que considerar por qué se trae a León. En ese momento, la península ibérica tiene un gran reino, que es León y que, al cabo de un siglo, será el origen de los reinos de Castilla y Portugal. No solo es un reino, sino que tiene asociada la dignidad imperial: varios de nuestros monarcas se titularon Imperator totius Hispaniae. Además, a mediados del siglo XI, el rey Fernando I de León tiene una enorme primacía sobre los demás monarcas peninsulares. Uno de sus hermanos es el rey de Navarra, de origen navarro, casado con la reina de León, Sancha; otro de sus hermanos es el rey de Aragón, un reino que acaba de nacer y que, en extensión, reconocimiento y legitimidad, le supera con creces.
Al final, la historia es curiosa: el hijo de León, que es Castilla, acabará convirtiéndose en la poderosa corona que conocemos, y el hermano de León, el rey de Aragón, dará lugar a esa otra poderosa corona que llegó a dominar el Mediterráneo. Pero eso ocurrirá siglos más tarde. A mediados del siglo XI, en este contexto, Fernando I es el auténtico árbitro de la política peninsular. Cobra dinero de las taifas y ejerce una política de muchísima presión sobre los emires de Zaragoza, Toledo, Sevilla y Valencia. Incluso le entregan dinero a cambio de no ser agredidos.
Pensemos que, poco antes de morir Fernando I, en 1065, está asediando Valencia para conquistarla. Estamos hablando de varias décadas antes de la llegada del Cid Campeador, así que imaginémonos quién era Fernando I. Por eso recibe muchos regalos de estos reinos taifas. Hay un pequeño reino taifa, el de Dénia, vecino del de Valencia, al que le interesa estar en buenas relaciones con Fernando I. De hecho, una mujer de esta familia acabará casándose con Alfonso VI, hijo de Fernando, y por lo tanto se producirá un matrimonio entre una mujer musulmana, la llamada Zaida —cristianizada después como Isabel—, y el hijo del rey más poderoso de aquel momento. Esta anécdota nos permite comprender que la entrega de objetos de prestigio religioso adquiere no solo una gran relevancia, sino también un potente peso político. Y, claro, una reliquia cristiana no carece necesariamente de valor para un musulmán, porque hay que reconocer que Jesús es identificado en el islam como un profeta reconocido. El elemento fundamental es que, según estos documentos, sabemos que el emir de Dénia, que tenía muy buenas relaciones con el califa de Egipto, dentro de cuyos territorios se encontraba Jerusalén, le solicita que le entregue la copa de Cristo. El califa se la entrega en agradecimiento por la ayuda que el emir de Dénia prestó durante la gran hambruna de Egipto. Sabemos que esos objetos llegaron no solamente a Dénia sino también a León, porque la cajita que fue el origen de todas nuestras investigaciones, la caja de Sadaqa, corresponde a un visir del califato fatimí. Así que esos objetos llegaron hasta León. No solo eso, sino que hubo también otras muchas pruebas que desglosaré durante la charla en Ocultura, nos ayudaron a establecer esa relación. Es un camino mucho más largo de lo que parece, pero el inicio se encuentra en esto que acabo de relatar.
En 2014, aquella investigación alcanzó una enorme repercusión. ¿Cómo vivió que un trabajo académico despertara tanto interés entre el gran público?
Te tengo que confesar que la repercusión fue mucho mayor de lo que José Miguel Ortega del Río y yo podíamos imaginar cuando publicamos nuestro estudio. Pensábamos que, al principio, el debate estaría en el ámbito académico y que otros historiadores examinarían las mismas fuentes, discutirían y aportarían datos. Pero, de repente, la noticia trascendió el ámbito universitario y alcanzó una dimensión internacional.
Una de las cosas que me sorprendió para mal fue ver que, antes de que el libro estuviera a la venta, ya hubiera un catedrático español criticando lo que aparecía en él, aunque era imposible que lo hubiera leído porque todavía no estaba en el mercado. También me sorprendió ver cómo este tipo de temas levantan pastillas que resultan muy difíciles de sellar. Me refiero a que, cuando se abordan cuestiones relacionadas con este caso, con un objeto vinculado a la fe y al cristianismo, por primera vez me di cuenta de que todavía existe una marcada cristianofobia. Me sorprendió muchísimo porque, hasta entonces, sinceramente, no pensaba que eso existiera y me di cuenta de que sí. En pocos días, la noticia apareció en medios de comunicación de muchos países. A mí me sorprendió particularmente porque fue una etapa de mucho trabajo en la universidad y llamaron de muchos medios. Mi compañero Ortega del Río y yo nos dividimos el trabajo de responder. Me llamaban compañeros que estaban, por ejemplo, en Estados Unidos y me decían: «Oye, que te he visto con tu amigo en un telediario en Estados Unidos». También llamaron de los dos principales medios rusos, Pravda e Izvestia, porque querían conocer nuestras impresiones. Y, cuando lo vimos publicado en chino, aquello ya fue como: «¿Cómo?». Es como: «Dios mío, esta noticia se ha escapado de todo». Hubo solicitudes de entrevista de lugares muy alejados de España. A ver, las razones son comprensibles; recuerdo todavía la entrevista que hice para la BBC, me comentaba al final, la entrevistadora, con ese inglés tan británico de la BBC: «Entonces, ¿podemos afirmar que la búsqueda ya ha terminado?». Y yo le dije: «Bueno, en parte, sí». Desde luego, es comprensible, porque el cáliz de Cristo es la base de la leyenda del Grial y el Santo Grial forma parte de esas grandes tradiciones culturales de Occidente: está en la literatura, en la iconografía y en la cultura popular. Y que la copa de la Última Cena, el Calix Domini, venerada durante siglos en Jerusalén, en la iglesia imperial del Santo Sepulcro, apareciera en León después tiene su importancia.

La repercusión mediática también plantea riesgos, porque una investigación no se corresponde con un titular periodístico. Afirmar que el Santo Grial está en León es mucho más sencillo que explicar todos los pormenores previos, como estamos haciendo en esta entrevista. Así que nosotros, en todo momento, comentamos que nuestra propuesta se basaba en documentos, en el propio análisis del cáliz, que es del siglo I, en la reconstrucción del itinerario, en las crónicas, en los datos, en fuentes árabes y en todo tipo de informaciones. Pero era un tema de investigación; no era un debate religioso ni antirreligioso. A partir de ahí, cada uno fue preguntando sobre lo que más le apetecía saber. Eso generó una diversidad de entrevistas que también fueron muy enriquecedoras.
Fue muy interesante observar cómo reaccionaban las personas que estaban en San Isidoro. Había muchas que iban movidas por una gran incredulidad; otras consideraban que los datos eran totalmente correctos y, llevadas por la fe, se les caían las lágrimas en presencia del cáliz. Es cierto que esa investigación permitió a muchas personas descubrir esa parte de la historia de León, de San Isidoro y de la propia infanta doña Urraca, que quedaba para un pequeño grupo de historiadores y no había trascendido tanto como debiera a otras esferas.
No todas las reacciones fueron favorables; también las hubo desfavorables, como en cualquier campo. Hay un dicho que me enseñó un sacerdote y que considero que es así. Desde entonces lo he aplicado a otras circunstancias de mi vida y he comprendido que es una verdad absoluta. El dicho dice: «Cuando algo es de Dios, el demonio menea el rabo; y cuanto más lo menea, más de Dios es la obra». En este caso, el demonio ha meneado el rabo bastante, así que creo que también es bastante de Dios la obra.
En Ocultura compartirá una conversación con José Luis Corral sobre los dos griales de España. ¿Cómo entiende la tradición del cáliz de San Juan de la Peña o de Valencia frente a la del cáliz de León?
Ya te comenté que he pasado tres años de mi vida viviendo en Zaragoza, que mi padre está enterrado allí, en la ciudad en la que vivió sus últimos años, y que parte de mi familia es aragonesa. Son de la zona de Biescas, del entorno de Jaca, así que desde siempre he conocido el cáliz de San Juan de la Peña. Evidentemente, es un cáliz que tiene una tradición detrás, basada en leyendas piadosas y en una tradición oral que ha ido transmitiéndose y que, a partir del siglo XV, queda más documentada. Pero no hay datos previos: ni en la documentación de Alfonso I el Batallador, ni en la del propio monasterio de San Juan de la Peña, ni en la del rey Ramiro el Monje, que también fue monje allí, encontramos referencias a esto. Pero no es menos cierto que estamos ante una copa de factura romana. Es una pieza enriquecida con otra pieza inferior que procede de los talleres cordobeses, ya de cronología medieval, y después adornada con metales preciosos y también con piedras preciosas, a la manera del cáliz de León.
Hay muchas diferencias entre uno y otro. Para empezar, el cáliz de León está compuesto por dos piezas coetáneas, del siglo I. En segundo lugar, presenta las características que aparecen en las descripciones documentales. Y algo evidente y muy importante es la cronología: juega a favor del cáliz de León y no tanto a favor del de Valencia.
¿Qué se asocia tradicionalmente con el cáliz de Valencia? Su pertenencia y vinculación con los papas, con san Pedro, en tanto que figura de los papas. Y creo que no debemos entrar en una competencia. Para mí, como para mi compañero Ortega del Río, el cáliz venerado por las comunidades cristianas como Calix Domini es el que se trajo desde el Santo Sepulcro, vía Egipto y Dénia, hasta León. Está representado en las pinturas de las ordenanzas hechas por los reyes de León en el techo del Panteón Real, el lugar donde reposan sus restos. Es decir, ellos tenían muy claro qué tenían. Y eso creo que no resiste ningún tipo de duda.
El cáliz de Valencia hay que vincularlo con la tradición de los papas, que es realmente con lo que se relacionan sus fuentes más antiguas. Me parece que hablar de que en España tenemos dos cálices muy poderosos —por una parte, el traído a Hispania según recuerda la tradición del cáliz de San Juan de la Peña, o cáliz de Valencia, que hoy está en Valencia; y, por otra, el Calix Domini, venerado por las comunidades cristianas desde el siglo IV en el Santo Sepulcro y hoy en León— nos habla de la importancia de las grandes reliquias asociadas con Cristo en la península ibérica.
Creo que debemos felicitarnos por ello y no buscar una competencia que en modo alguno puede llevar a buen camino. Desde luego, en mi caso juega siempre a favor el cáliz de León. Así que, si tuviera que resumirlo en una frase, te diría que el Calix Domini está en León y que el cáliz de los papas está en Valencia.
En Aragón, San Juan de la Peña ocupa un lugar central en la memoria medieval. ¿Qué papel desempeñaron los monasterios y las reliquias en la construcción y transmisión de esa memoria?
Los monasterios juegan un papel esencial en la construcción, conservación y transmisión de la memoria durante toda la Edad Media. Para comprenderlo hay que abandonar la imagen del monasterio como un espacio dedicado solo a la oración o al aislamiento espiritual. Aunque son grandes centros religiosos, y esto es evidente, también son instituciones culturales, económicas y políticas de primer orden. Son verdaderos archivos de la memoria colectiva de los reinos medievales y, de hecho, gracias a sus documentos, sus cartularios, etcétera, podemos hoy en día recomponer gran parte de la historia medieval de nuestro país.
Piensa que en sus escritorios se copiaban manuscritos, se redactaban crónicas y se conservaban documentos jurídicos, donaciones y privilegios. También en sus bibliotecas se transmitió una gran parte del legado intelectual de la Antigüedad.
Hay otra dimensión: no solo conservan la memoria del pasado, sino que también son artífices de la construcción de la memoria medieval. Cuando las comunidades monásticas escogen ciertos acontecimientos para reflejarlos en sus crónicas o documentos, seleccionan hechos y destacan, por ejemplo, a determinados personajes. A veces elaboran relatos sobre sus orígenes y engrandecen ciertas informaciones que luego sabemos, por otras fuentes, que no fueron tan importantes. En último extremo, crónicas, cartularios, obituarios y relatos hagiográficos han contribuido a establecer una determinada interpretación del pasado.
Las reliquias desempeñan un papel central en todo este proceso porque, para la mentalidad cristiana medieval, una reliquia no es un objeto ni un recuerdo: es un vínculo material con lo sagrado. De hecho, en el libro que presentaré en Zaragoza, también a propósito del evento al que nos ha invitado nuestro querido y admirado Javier Sierra, El poder de las reliquias, analicé precisamente esto: cómo esos objetos se manifiestan en la realidad y cómo transforman a la propia persona, no solo como devoto, sino también como investigador.
La presencia de una reliquia importante da prestigio a la institución. Una reliquia de prestigio, como las de Santiago de Compostela o la del Pilar de Zaragoza, atrae peregrinos, lleva donaciones y protección regia, y convierte al monasterio en un centro de referencia espiritual para un territorio mucho más extenso. Porque no hay que olvidar que las peregrinaciones son también fenómenos económicos y culturales, y que los grandes santuarios se integran en redes de caminos e intercambio.
En este contexto, San Juan de la Peña está ubicado en un enclave extraordinario y es uno de los grandes centros religiosos y memoriales de la monarquía aragonesa. Pensemos solamente en las tumbas de los reyes que allí descansan. Es uno de esos grandes centros importantes y podríamos decir que, en cierta medida, fue también un centro de memoria de los reyes de Aragón, que escogieron ese enclave precisamente.
Te voy a confesar una cosa: es un monasterio que conozco desde pequeña, no solo por haber vivido en Aragón, como te decía, sino también por mi familia aragonesa. Es un monasterio que me fascina a nivel artístico; me parece impresionante. Y, sabiendo el momento que se vivió en Aragón durante la etapa de su construcción y viendo dónde está, escondido a todas las miradas y protegido en un enclave maravilloso, creo que es uno de los grandes referentes de la historia medieval de España.
Cuando este verano los incendios amenazaron su propia integridad, créeme que me dio un vuelco el corazón. Así lo expuse en las redes sociales, porque tenemos que tener muy claros los lugares que debemos priorizar y proteger, y San Juan de la Peña es uno de ellos.
Aunque sé que se hizo por la gran urgencia, la forma en la que se trasladaron los restos de los reyes de Aragón, que han hecho historia, me dio cierta pena. También te lo confieso: es verdad que había que protegerlos y que no había otra forma en aquel momento, pero es una reflexión un poco parecida a la que hizo san Francisco de Borja cuando vio los restos de la emperatriz Isabel. Tanta grandeza, tanta hermosura, tantas hazañas —en mi caso, asociadas a estos reyes— para al final descansar en unas cajas de plástico.
A veces la vida y la historia nos dan lecciones sobre cómo tenemos que comportarnos, siempre con sencillez y humildad, porque la vida es un préstamo en el tiempo. No debemos aferrarnos al ego, la soberbia o la altanería. La gran lección que nos dio ese incendio de San Juan de la Peña es la misma que podemos sacar de otros momentos de nuestra historia, y nos enseña que la mejor manera de discurrir por la vida es precisamente intentando hacer el bien. Paz y bien, que decía san Francisco.

Javier Sierra ha explorado la posible vinculación de los orígenes literarios del Grial con los Pirineos aragoneses. ¿Cómo viajaban las historias por la Europa medieval?
Una de las ideas que tenemos que desterrar sobre la Edad Media es que Europa era una sociedad aislada, encerrada en fronteras poco comunicadas entre sí. La realidad es muchísimo más compleja. Existían redes extraordinariamente activas por las que circulaban personas, mercancías, libros, ideas, tradiciones religiosas y relatos literarios.
Piensa, por ejemplo, que la peste negra, la de mediados del siglo XIV, se propagó precisamente a través de esas rutas comerciales. Si no hubieran existido, la peste habría permanecido en el lugar donde se detectó por primera vez en Europa occidental, es decir, en Crimea. Pero esos grandes caminos, las rutas comerciales y de peregrinación, las embajadas, las cortes de los monarcas que se desplazaban de un lugar a otro, las universidades que atraían a personas de diferentes lugares y los monasterios, que también intercambiaban conocimientos, hacían que los peregrinos y los viajeros no solo transportaran una devoción, sino que llevaran consigo noticias, canciones, leyendas y relatos.
Los juglares, los trovadores y los narradores desempeñaban también un papel fundamental en una sociedad donde la transmisión oral conservaba una importancia extraordinaria. Las historias viajaban de una corte a otra, se adaptaban a públicos diferentes y experimentaban transformaciones constantes.
Pensemos que los Pirineos son una barrera, como la cordillera Cantábrica, pero no hay que olvidar que también son un espacio de comunicación, precisamente por esos valles que conectan el norte con el sur y que unen, en el caso ibérico, los territorios peninsulares con los franceses.
Es verdad que Aragón participó intensamente de este intercambio. Las relaciones dinásticas con casas nobles francesas, las conexiones eclesiásticas y la circulación de peregrinos por esos pasos, muy a menudo vinculados con el Camino de Santiago del que hablábamos, adquieren una importancia esencial. A través del Camino circulaban clérigos, caballeros, condes, comerciantes, artistas y peregrinos. ¿Y qué traían consigo? Desde prácticas religiosas y relatos literarios hasta formas arquitectónicas.
En este contexto tenemos que situar la aparición del mito del Grial como uno de los grandes motivos de la literatura medieval. Ya explicaré en Ocultura el momento exacto en el que nace este mito y qué vinculación tiene con el cáliz de León; también lo comentaré. Hay que subrayar que el Grial de Chrétien de Troyes, a finales del siglo XII, no aparece todavía tan explicitado como lo estará después en las leyendas artúricas. Es verdad que encontramos influencias célticas y de otros lugares, pero tenemos que ser muy prudentes porque estamos ante un constructo literario.
Yo puedo hablar de un presidente afroamericano, casado con una abogada afroamericana, que tiene dos hijas, gobierna Estados Unidos durante dos mandatos y pertenece al Partido Demócrata. Absolutamente todos pensarán en Obama, y probablemente ese sea el presidente en el que me he basado para escribir mi novela, mi relato. Pero, a partir de ahí, al ser literatura, puedo hacer que ese supuesto Obama haga lo que a mí me apetezca como creador. Por eso es tan importante separar literatura e historia.
A partir de las leyendas artúricas, el Grial comienza a adquirir una dimensión de aventura caballeresca, aunque en realidad se trata de un itinerario de perfección espiritual. Creo que los trabajos de Victoria Cirlot han sido esenciales en todo este proceso de investigación. La figura de sir Galahad, por ejemplo, representa la culminación del ideal caballeresco, junto a la de otros caballeros artúricos. Así, el Grial se convierte en el gran símbolo de la espiritualidad caballeresca medieval.
Esa es un poco mi visión. Por eso creo que es oportuno celebrar este encuentro. En realidad, debería llamarse sencillamente El Santo Grial, para abarcarlo todo. De hecho, creo que no podemos ponerle la coletilla de que pertenece a un sitio o a otro, puesto que el Grial es un mito europeo, es parte de nuestra cultura y de esta civilización, que ahora mismo necesita conocer muy bien sus raíces.
Con motivo de su participación en Ocultura, el encuentro promovido por Javier Sierra, la historiadora medievalista Margarita Torres reflexiona sobre la fascinación por el Santo Grial, la investigación que la llevó hasta el cáliz de doña Urraca y las distintas tradiciones del Santo Grial vinculadas con León y Aragón. Una conversación que transita entre la historia y la leyenda, la investigación académica y la creación literaria, y que invita a reflexionar sobre nuestra relación con el pasado, el conocimiento y los misterios que todavía quedan por resolver.
Javier Sierra ha elegido para esta edición de Ocultura uno de los grandes misterios de la cultura occidental, el Santo Grial. ¿Qué tiene este objeto para haber despertado durante tantos siglos semejante fascinación?
Yo creo que esa fascinación que despierta el Grial responde a una circunstancia que es, en el fondo, excepcional; muy pocos objetos han conseguido reunir, a lo largo de los siglos, una dimensión histórica, religiosa, literaria e incluso simbólica, con una enorme trascendencia. Porque realmente pertenece simultáneamente a la historia del cristianismo, en tanto que cáliz de Cristo, que es donde se basa, lejanamente, esta leyenda, y también a la construcción de un imaginario medieval europeo, que es toda la leyenda de ese objeto, con unas cualidades especiales que generan toda una literatura del ciclo artúrico. Y responde a esa necesidad, profundamente humana, de encontrar testimonios materiales que nos permitan establecer un vínculo tangible con grandes acontecimientos del pasado.
Desde la perspectiva cristiana, el cáliz de la Última Cena tiene una importancia extraordinaria, porque no estaríamos hablando de una reliquia cualquiera, sino del recipiente que utilizó Jesucristo en la Última Cena y que dio origen a la eucaristía. Si aceptamos esta identificación, que es la base de la creación literaria, y esto es muy importante marcarlo, de lo que después será el mito del Grial, estaríamos ante uno de los elementos esenciales para entender incluso la literatura caballeresca. Hay que recordar también que, en la mentalidad medieval, las reliquias no son solo recuerdos piadosos, sino testimonios materiales de lo sagrado. Además, son elementos de legitimación política; de ahí, por ejemplo, la obsesión de Hitler por las reliquias.
Y hay una cuestión que también tenemos que aclarar de base: una cosa es el cáliz de la Última Cena y otra, el Grial de la literatura caballeresca. Esto es muy importante porque no nacen de dos realidades idénticas. Identificarlas es un proceso cultural e intelectual que, a partir de las obras del ciclo artúrico, cobra cada vez más fuerza. Cuando Chrétien de Troyes compone El cuento del Grial, a finales del siglo XII, contribuye a la creación de uno de los grandes misterios literarios de Occidente. Y cuando Robert de Boron, en su José de Arimatea, desarrolla esta materia, da un paso más. A partir de este momento, la búsqueda del Grial se va a transformar en una aventura espiritual, en una empresa de perfeccionamiento moral en la que un caballero debe superar sus debilidades para hacerse digno de contemplar lo sagrado.
Es una transformación realmente extraordinaria y muy reveladora, porque la búsqueda del Grial no es solo la búsqueda de un objeto, sino también la búsqueda de la verdad, de la redención, de la trascendencia. Y, si me lo preguntas como historiadora, creo que a mí me interesa especialmente por todo lo que fue la investigación que llevé a cabo con el doctor Ortega del Río y también por la historia que hay detrás de la construcción literaria del Grial. Me parece absolutamente increíble, pero muy necesaria para comprender la construcción de uno de los grandes mitos de nuestra historia como el mito del Grial. Tiene destellos de investigación histórica y, al mismo tiempo, también una parte de investigación literaria.
Una de las particularidades del Grial es que su historia se mueve entre la documentación histórica, la tradición religiosa y la creación literaria. Como historiadora, ¿cómo se acerca a un objeto sobre el que se han construido tantos relatos?
Un historiador tiene un método, así que debe acercarse a él del mismo modo que a cualquier otro problema histórico, haciendo un análisis crítico de las fuentes, contextualizando los testimonios, estudiando, en este caso, el objeto material y, sobre todo, distinguiendo entre aquello que podemos demostrar, aquello que consideramos probable y esos otros elementos que son hijos de la tradición; de una tradición oral no basada en documentos ni en otro tipo de testimonios, sino que ha quedado como una leyenda piadosa. También hay que distinguir, por supuesto, aquello que es una creación literaria. Yo creo que esta distinción es esencial, porque la historia no consiste en confirmar nuestras creencias ni en destruir tradiciones, sino en comprobar qué ocurrió realmente en el pasado, utilizando todos los instrumentos de los que disponemos los historiadores en una investigación científica. En el caso del Santo Grial, el primer problema consiste en separar varios planos que con frecuencia aparecen confundidos. El primero es el histórico-religioso: es decir, si existe una copa utilizada por Cristo durante la Última Cena. En los Evangelios se menciona el cáliz, pero no se describe ni se dan demasiados detalles. Sí sabemos que, siguiendo las costumbres judías del siglo I, se utilizaba un cáliz.
El segundo plano es la historia de las reliquias. Durante toda la Antigüedad tardía y la Edad Media sabemos que hubo numerosos objetos vinculados a la vida y la pasión de Cristo que fueron venerados, trasladados, donados o custodiados por iglesias, monasterios, obispos e incluso reyes. ¿Por qué? Porque su posesión proporcionaba un enorme prestigio religioso, y los reyes comprendieron muy pronto que determinados objetos sagrados reforzaban su legitimidad y su autoridad, sobre todo porque hacían aparecer a ciertas monarquías como especialmente favorecidas por la protección divina.
El tercer plano es el literario, que cristaliza a finales del siglo XII y a lo largo del XIII. Es lo que se llama la materia artúrica, que transforma el Grial en el centro de toda una construcción narrativa y también espiritual, de extraordinaria complejidad. Pero no podemos utilizar una novela caballeresca como un documento notarial, ni interpretar automáticamente una tradición religiosa, por muy piadosa o antigua que nos parezca, como si constituyera una prueba histórica semejante a la de un documento, una pintura de la época o un objeto datable en el siglo I.
Yo creo que todo este tema merece una gran atención, una investigación histórica que no empobrezca el misterio, sino que, al contrario, lo enriquezca. Y hay que saber muy claramente que la historia es fascinante, aunque también lo sean las leyendas.
¿Cómo se pasa de estudiar las piezas conservadas en San Isidoro de León a plantearse que allí pudiera encontrarse el cáliz de Cristo?
Lo primero que tenemos que decir es que ni José Miguel Ortega del Río, mi compañero, ni yo estábamos estudiando el cáliz de doña Urraca. Para nada. Nosotros estábamos trabajando con las piezas de procedencia islámica conservadas en San Isidoro de León y fue precisamente otra pieza, la llamada caja de Sadaqa, una arqueta de plata nielada, la que despertó nuestra atención, junto con otros objetos de procedencia fatimí que se conservaban tanto en San Isidoro como en aquellos museos adonde habían ido a parar piezas procedentes de la colegiata, expoliadas especialmente a partir de la invasión napoleónica y también con la creación del Museo Arqueológico Nacional. La pregunta era por qué estaban allí esos objetos y, especialmente, esa arca, que es un regalo diplomático del más alto nivel, coetáneo de Fernando I, el gran creador del San Isidoro que conocemos. Fuimos persiguiendo las fuentes, rastreamos las crónicas cristianas y musulmanas, también la documentación cristiana, y no encontramos nada. Eso nos llevó a plantearnos que quizá las respuestas estuvieran en Egipto. Y allí aparecieron dos documentos medievales originales en los que, para nuestra sorpresa, lejos de explicarnos por qué estaban esos objetos fatimíes en León, encontramos una noticia que despertó nuestro interés por el cáliz de doña Urraca. Hasta entonces, para mí personalmente, era una hermosa copa romana del siglo I, lo que técnicamente se llama un vaso murrino, enriquecida con las joyas de una gran mujer, una gran protagonista del siglo XI: Urraca de León, reina de Zamora. Pero, hasta que llegaron esos documentos, en absoluto podíamos imaginar, ni José Miguel Ortega del Río ni yo, que aquello pudiera dar origen a una investigación que nos llevó a recorrer todas las fuentes publicadas sobre viajeros a Oriente y a descubrir que el cáliz de Cristo, venerado por las comunidades cristianas como tal desde la construcción del Santo Sepulcro, en tiempos del emperador romano Constantino, estaba en una capilla propia en el Santo Sepulcro de Jerusalén, de donde salió en el siglo XI para ser trasladado a León.
Hay que considerar por qué se trae a León. Se trae porque en estos momentos, la península ibérica tiene un gran reino, que es León, que será posteriormente, al cabo de un siglo, el origen de los reinos de Castilla y Portugal. Y no solamente es un reino, sino que tiene asociada la dignidad imperial. Varios de nuestros monarcas se titularon Imperator totius Hispaniae. Además, a mediados del siglo XI, el rey Fernando I de León tiene una enorme primacía sobre los demás monarcas peninsulares. Es de origen navarro y está casado con la reina propietaria de León, Sancha. Uno de sus hermanos es el rey de Navarra y otro, el rey de Aragón, un reino que acaba de nacer y al que Fernando I supera con creces en extensión, reconocimiento y legitimidad.
Al final, la historia es curiosa, porque el hijo de León, que es Castilla, acabará convirtiéndose en la poderosa corona que conocemos, y el hermano del rey de León, que es el rey de Aragón, acabará dando lugar a esa otra poderosa corona que llegó a dominar el Mediterráneo. Pero eso ocurrirá siglos más tarde. A mediados del siglo XI, Fernando I es el auténtico árbitro de la política peninsular. Cobra dinero de las taifas y ejerce una política de muchísima presión. Los emires de Zaragoza, Toledo, Sevilla o Valencia le entregan dinero a cambio de no ser agredidos. Pensemos que, poco antes de morir Fernando I, en 1065, está asediando Valencia para conquistarla, y estamos hablando de varias décadas antes de la llegada del Cid Campeador. Así que imaginémonos quién era Fernando I. Por eso recibe muchos regalos de estos reinos de taifas. Hay un pequeño reino taifa, el de Dénia, vecino del de Valencia, al que le interesa mantener buenas relaciones con Fernando I. De hecho, una mujer de esta familia acabará casándose con Alfonso VI, hijo de Fernando. Por lo tanto, se producirá un matrimonio entre una mujer musulmana, la llamada mora Zaida, después cristianizada como Isabel, y el hijo del rey más poderoso de aquel momento, Fernando I.
Esta es una anécdota, pero nos permite comprender muy bien que la entrega de objetos de prestigio religioso adquiere no solamente una gran relevancia, sino también un potente peso político. Y, claro, una reliquia cristiana no carece necesariamente de valor para un musulmán, porque hay que recordar que Jesús es reconocido como profeta en el islam. El elemento fundamental es que, según estos documentos, sabemos que el emir de Dénia, que tenía muy buenas relaciones con el califa de Egipto, dentro de cuyos territorios se encontraba Jerusalén, solicita al califa que le entregue la copa de Cristo. Y este lo hace en agradecimiento por la ayuda que el emir de Dénia prestó durante la gran hambruna de Egipto. Sabemos que esos objetos llegaron no solamente a Dénia, porque allí se conservan piezas en su museo arqueológico, sino también a León, porque, de hecho, la cajita que fue el origen de todas nuestras investigaciones, la caja de Sadaqa, corresponde a un visir del califato fatimí.
Así que esos objetos llegaron hasta León. Y no solamente eso, sino que también hubo otras muchas pruebas, que desglosaré durante la charla en Ocultura, que nos ayudaron a establecer esa relación. Es un camino mucho más largo de lo que parece, pero el inicio se encuentra en esto que acabo de relatar.
En 2014, aquella investigación alcanzó una enorme repercusión. ¿Cómo vivió que un trabajo académico despertara tanto interés entre el gran público?
Te tengo que confesar que la repercusión fue mucho mayor de lo que José Miguel Ortega del Río y yo podíamos imaginar cuando publicamos nuestro estudio. Pensábamos que, al principio, el debate estaría en el ámbito académico y que otros historiadores examinarían las mismas fuentes, discutirían y aportarían datos. Pero, de repente, la noticia trascendió el ámbito universitario y alcanzó una dimensión internacional.
Una de las cosas que me sorprendió para mal fue ver que, antes de que el libro estuviera a la venta, ya hubiera un catedrático español criticando lo que aparecía en él, aunque era imposible que lo hubiera leído porque todavía no estaba en el mercado. Me refiero a que, cuando se abordan cuestiones relacionadas con este caso, con un objeto vinculado a la fe y al cristianismo, por primera vez me di cuenta de que todavía existe una marcada cristianofobia. Me sorprendió muchísimo porque, hasta entonces, sinceramente, no pensaba que eso existiera y me di cuenta de que sí. En pocos días, la noticia apareció en medios de comunicación de muchos países. A mí me sorprendió particularmente porque fue una etapa de mucho trabajo en la universidad y llamaron de muchos medios. Mi compañero Ortega del Río y yo nos dividimos el trabajo de responder. Me llamaban compañeros que estaban, por ejemplo, en Estados Unidos y me decían: «Oye, que te he visto con tu amigo en un telediario en Estados Unidos». También llamaron de los dos principales medios rusos, Pravda e Izvestia, porque querían conocer nuestras impresiones. Y, cuando lo vimos publicado en chino, aquello ya fue como: «¿Cómo?». Es como: «Dios mío, esta noticia se ha escapado de todo». Hubo solicitudes de entrevista de lugares muy alejados de España. A ver, las razones son comprensibles; recuerdo todavía la entrevista que hice para la BBC, la entrevistadora me comentaba al final, con ese inglés tan británico de la BBC: «Entonces, ¿podemos afirmar que la búsqueda ya ha terminado?». Y yo le dije: «Bueno, en parte, sí». Desde luego, es comprensible, porque el cáliz de Cristo es la base de la leyenda del Grial y el Santo Grial forma parte de esas grandes tradiciones culturales de Occidente: está en la literatura, en la iconografía y en la cultura popular. Y que la copa de la Última Cena, el Calix Domini, venerada durante siglos en Jerusalén, en la iglesia imperial del Santo Sepulcro, apareciera en León después tiene su importancia.
La repercusión mediática también plantea riesgos, porque una investigación no se corresponde con un titular periodístico. Afirmar que el Santo Grial está en León es mucho más sencillo que explicar todos los pormenores previos, como estamos haciendo en esta entrevista. Así que nosotros, en todo momento, comentamos que nuestra propuesta se basaba en documentos, en el propio análisis del cáliz, que es del siglo I, en la reconstrucción del itinerario, en las crónicas, en los datos, en fuentes árabes y en todo tipo de informaciones. Pero era un tema de investigación; no era un debate religioso ni antirreligioso. A partir de ahí, cada uno fue preguntando sobre lo que más le apetecía saber. Eso generó una diversidad de entrevistas que también fueron muy enriquecedoras.
Fue muy interesante observar cómo reaccionaban las personas que estaban en San Isidoro. Había muchas que iban movidas por una gran incredulidad; otras consideraban que los datos eran totalmente correctos y, llevadas por la fe, se les caían las lágrimas en presencia del cáliz. Es cierto que esa investigación permitió a muchas personas descubrir esa parte de la historia de León, de San Isidoro y de la propia infanta doña Urraca, que quedaba para un pequeño grupo de historiadores y no había trascendido tanto como debiera a otras esferas.
No todas las reacciones fueron favorables; también las hubo desfavorables, como en cualquier campo. Hay un dicho que me enseñó un sacerdote y que considero que es así. Desde entonces lo he aplicado a otras circunstancias de mi vida y he comprendido que es una verdad absoluta. El dicho dice: «Cuando algo es de Dios, el demonio menea el rabo; y cuanto más lo menea, más de Dios es la obra». En este caso, el demonio ha meneado el rabo bastante, así que creo que también es bastante de Dios la obra.
La Edad Media sigue alimentando nuestro imaginario, desde las reliquias hasta las órdenes de caballería y las leyendas artúricas. ¿Qué tiene aquella época para conservar semejante capacidad de seducción?
Como medievalista, en mi opinión la Edad Media continúa fascinándonos porque, en realidad, no es un mundo tan lejano como a veces pensamos, puesto que muchas de las estructuras políticas, culturales o religiosas que todavía condicionan nuestra manera de entender Europa y el mundo siguen funcionando sobre parámetros reconocibles desde la Edad Media. Incluso ahora mismo estamos replicando ciertos modelos que algunos historiadores, algunos medievalistas, denominamos neofeudalización o refeudalización. Esto nos llevaría a un debate muy interesante sobre si estamos viviendo un tránsito o una vuelta a la Edad Media, casi sin darnos cuenta, en esta sociedad tan tecnológica.
Pero, volviendo a la fascinación por esa Edad Media que conocemos, piensa que las monarquías, las ciudades, las universidades, las distintas lenguas romances o las identidades territoriales forman parte, junto con las tradiciones y la religión, de nuestro imaginario histórico, artístico, literario y político. Hay una razón todavía más profunda, y es que la Edad Media nos presenta una sociedad que interpreta el mundo de una manera distinta a la nuestra, pero que, al mismo tiempo, nos resulta extraordinariamente reconocible. Sus hombres y mujeres se enfrentaban a preguntas que siguen siendo actuales: el sentido de la vida, la muerte, la enfermedad, la guerra, la justicia, el poder, la revelación, la relación entre lo visible y lo invisible, la salvación. La diferencia es que articulaban esas preguntas mediante un lenguaje simbólico y religioso que, en buena medida, hoy hemos perdido o transformado. Por ejemplo, para alguien medieval una catedral no era únicamente un edificio, era una representación del universo; una reliquia no era un objeto antiguo, sino una presencia, una forma de establecer un puente con lo trascendente, con aquello que está muy por encima de las personas. Una coronación, por ejemplo, no era solo una ceremonia política, sino que expresaba una concepción sagrada del poder. Comprender esta mentalidad exige abandonar por un momento nuestras categorías contemporáneas y darnos cuenta de que los hombres y las mujeres de aquellos siglos tenían su propia lógica interna.
Hay un gran tópico asociado a la Edad Media según el cual esta época nos atrae porque fue momento de contrastes extraordinarios, como si fuera un tiempo de violencia, desigualdad y epidemias; también estamos viviendo eso ahora. Pero fue asimismo un tiempo de gran creación intelectual, de innovación técnica, de expansión urbana y de desarrollo artístico. En ocasiones, nos aparece como una etapa oscura y homogénea, cuando en realidad fue un periodo amplísimo, de enorme diversidad y transformación. Piensa que durante la Edad Media convivieron y se enfrentaron tradiciones cristianas, judías y musulmanas; se desarrollaron redes comerciales de gran alcance y se fundaron las universidades. Se tradujeron textos científicos y filosóficos, se construyeron maravillosas catedrales e incluso obras de gran complejidad. Así que la imagen de una Edad Media inmóvil no resiste ni el más mínimo análisis histórico.
Además, vivimos en una época muy marcada por cierta fatiga ante la aceleración tecnológica. La sociedad medieval, con todas sus limitaciones, nos ofrece la imagen de un mundo donde los objetos tenían una duración distinta, los rituales organizaban el tiempo y la memoria colectiva se transmitía de otras formas. Esa distancia puede resultarnos muy atractiva; incluso llegamos a idealizarla.
En el caso concreto del Grial, se unen el misterio, la espiritualidad, las aventuras, el poder, la memoria, la historia y las reliquias. Y, seamos sinceros, como medievalista considero que no es necesario convertir la Edad Media en un mundo de fantasía para que sea apasionante, porque la realidad histórica es muchísimo más compleja e interesante. A mí me interesa especialmente mostrar que, a veces, detrás de una leyenda o de un romance hay toda una tradición real, y que el mundo en el que se movían los reyes era mucho más amplio de lo que pensamos. Creo que, al estudiarla, descubrimos un pasado que no está muerto, sino que continúa actuando sobre nosotros. Incluso podemos reconocer sus huellas y, como te decía antes, algunos historiadores consideramos que estamos en un proceso de neofeudalización.
¿Qué encontró usted en la Edad Media para decidir dedicarle su vida? ¿Recuerda de dónde nació ese interés?
En gran medida, la influencia viene de mi familia. Mi madre, que era una mujer extraordinaria, me enseñó a amar la historia. Yo no crecí con los cuentos de Caperucita ni con los cuentos infantiles; crecí con los relatos de las grandes hazañas, las historias y las biografías de nuestros grandes héroes. Crecí amando la historia. Te confieso que me apasiona igualmente la época romana. Todo lo que representa el Imperio romano me atrae mucho, quizá porque, como leonesa, soy en gran medida hija de las dos legiones que controlaron Hispania después de la conquista por parte de Octavio Augusto del último territorio indómito de la península ibérica: las tierras de mis antepasados, los cántabros y los astures. Entonces, me gusta mucho ese periodo. De hecho, también he trabajado la transición entre la Antigüedad y la Edad Media, aunque la Edad Media era el periodo que más me atraía, quizá porque se me daba muy bien el latín. También la paleografía; eso facilitó mucho las cosas.
Cuando te educas comprendiendo el pasado y te enseñan a amarlo desde el principio, entiendes que todos los testimonios y todas las fuentes van creando una realidad que no puedes interpretar de manera aislada. Yo no consigo entender la Edad Media sin los siglos del Imperio romano, ni tampoco su transición a la Edad Moderna.
Aprendí que una de las grandes características de la vocación de una historiadora, algo que me enseñó mi madre, es la paciencia y también la humildad, porque hay preguntas que se pueden resolver de forma inmediata y otras que son silencios imposibles de llenar. Hay que convivir con la incertidumbre sin renunciar a formular hipótesis. Creo que el pasado nunca se entrega de manera íntegra, sino que tenemos que reconstruirlo a partir de fragmentos, y cada fragmento exige ser tratado con rigor. Pero eso no es una limitación; al contrario, es un estímulo.
Solemos imaginar al historiador entre archivos y documentos antiguos, pero ¿qué hay de emoción y de intuición en ese trabajo? ¿Recuerda algún hallazgo que la sorprendiera especialmente?
La investigación histórica tiene mucho más de emoción de lo que habitualmente se puede imaginar, porque hay una imagen muy extendida del historiador como alguien que se pasa toda la vida rodeado de documentos antiguos, examinando pergaminos con lupas y tratando de descifrar escrituras que hace siglos dejaron de utilizarse. Una parte de nuestro trabajo consiste en ello, pero detrás de esa labor hay toda una extraordinaria aventura intelectual, mucho más amplia. A veces tienes que viajar a los lugares para comprender desde dónde sale el sol, hasta dónde se pone, y entender así el desarrollo de una batalla. Y tienes que hacerlo con toda la humildad del mundo, porque esa es una de las grandes enseñanzas que he recibido. Puede ocurrir que, después de estar un año investigando sobre una familia noble, llegues a un humilde pueblo de Palencia, entres en una iglesia y una señora del pueblo te cuente, en un cantar transmitido de generación en generación, la misma genealogía, la misma historia que llevas un año entero investigando. Por eso considero que es un trabajo maravilloso, pero no podemos desechar nunca ningún testimonio.
En este aspecto, junto con esa emoción inmensa que uno siente cuando descubre un dato, cuando recompone algo y la intuición te va guiando, hay una especie de sexto sentido, muy trabajado: trabajado con horas de estudio, lecturas en muchos idiomas, trabajo de campo y revisión de fuentes de todo tipo, crónicas, documentos, arqueología y otras fuentes antropológicas. Al final, eso que llamamos intuición yo lo llamo horas y horas de trabajo, que desarrollan ese fino sexto sentido que te conduce hasta ese dato clave, que te hace como una especie de resorte mental y te lleva a un descubrimiento. Y la emoción es absoluta. Es impresionante.
Recuerdo que, en los primeros años de investigación, a propósito de mi tesis sobre los linajes nobiliarios, era capaz de establecer los lazos. Para mí aquello era todo un hallazgo. Uno de los ejemplos fue cuando comprendí cuál era la verdadera genealogía del Cid Campeador. Recuerdo que se lo comenté a un catedrático, ya difunto, de la Universidad de Cambridge, Colin Smith. Le expliqué cómo iban mis investigaciones y cómo consideraba que el Cid, lejos de ser un caballero de tercera división, pertenecía a una de las familias nobles más importantes del reino de León y que había sufrido una purga en tiempos de Fernando I. Él quedó absolutamente emocionado y me invitó a ir a su universidad.
Años después sería otro maravilloso historiador, el profesor Peter Linehan, gran medievalista, también fallecido recientemente, quien formalizó esa invitación. Tuve la ocasión de disfrutar allí de una especie de premio, porque esa universidad, con su maravillosa biblioteca, es un grandioso premio para una historiadora y más aún para una medievalista: allí pierdes la noción del tiempo y del espacio, rodeada de todos los libros y de todas las fuentes que se te pueda ocurrir consultar, que están a tu disposición. No me refiero a las publicadas, lógicamente.
En Ocultura compartirá una conversación con

sobre los dos griales de España. ¿Cómo entiende la tradición del cáliz de San Juan de la Peña o de Valencia frente a la del cáliz de León?
He pasado tres años de mi vida viviendo en Zaragoza, que mi padre está enterrado allí, en la ciudad en la que vivió sus últimos años, y que parte de mi familia es aragonesa. Son de la zona de Biescas, del entorno de Jaca, así que desde siempre he conocido el cáliz de San Juan de la Peña. Evidentemente, es un cáliz que tiene una tradición detrás, basada en leyendas piadosas y en una tradición oral que ha ido transmitiéndose y que, a partir del siglo XV, queda más documentada. Pero no hay datos previos: ni en la documentación de Alfonso I el Batallador, ni en la del propio monasterio de San Juan de la Peña, ni en la del rey Ramiro el Monje, que también fue monje allí, encontramos referencias a esto. Pero no es menos cierto que estamos ante una copa de factura romana. Es una pieza enriquecida con otra pieza inferior que procede de los talleres cordobeses, ya de cronología medieval, y después adornada con metales preciosos y también con piedras preciosas, a la manera del cáliz de León.
Hay muchas diferencias entre uno y otro. Para empezar, el cáliz de León está compuesto por dos piezas coetáneas, del siglo I. En segundo lugar, presenta las características que aparecen en las descripciones documentales. Y algo evidente y muy importante es la cronología: juega a favor del cáliz de León y no tanto a favor del de Valencia. ¿Qué se asocia tradicionalmente con el cáliz de Valencia? Su pertenencia y vinculación con los papas, con san Pedro, en tanto que figura de los papas. Y creo que no debemos entrar en una competencia. Para mí, como para mi compañero Ortega del Río, el cáliz venerado por las comunidades cristianas como Calix Domini es el que se trajo desde el Santo Sepulcro, vía Egipto y Dénia, hasta León. Está representado en las pinturas del Panteón Real de San Isidoro de León, el lugar donde reposan los restos de los reyes leoneses. Es decir, ellos tenían muy claro qué tenían. Y eso creo que no resiste ningún tipo de duda.
El cáliz de Valencia hay que vincularlo con la tradición de los papas, que es realmente con lo que se relacionan sus fuentes más antiguas. Me parece que hablar de que en España tenemos dos cálices muy poderosos —por una parte, el traído a Hispania según recuerda la tradición del cáliz de San Juan de la Peña, o cáliz de Valencia, que hoy está en Valencia; y, por otra, el Calix Domini, venerado por las comunidades cristianas desde el siglo IV en el Santo Sepulcro y hoy en León— nos habla de la importancia de las grandes reliquias asociadas con Cristo en la península ibérica.
Creo que debemos felicitarnos por ello y no buscar una competencia que en modo alguno puede llevar a buen camino. Desde luego, en mi caso juega siempre a favor el cáliz de León. Así que, si tuviera que resumirlo en una frase, te diría que el Calix Domini está en León y que el cáliz de los papas está en Valencia.
Además de historiadora, es escritora de novelas históricas. ¿Qué le permite la literatura que no puede permitirse la investigación académica?
En esto te puedo decir que tiene buena parte de culpa un queridísimo amigo y admirado referente, José Luis Corral. Él dio ese primer paso valiente que nos permitió a los historiadores y a los medievalistas… Él, junto con José Calvo Poyato, que es el otro gran referente para todos nosotros, maestro y amigo siempre generoso, nos permitió ver que se puede hacer historia seria, es decir, historia académica, y al mismo tiempo soñar, como escritor y amante de la literatura, con rellenar esos huecos que a veces la historia académica no nos permite.
La investigación histórica y la novela histórica son dos formas distintas, pero complementarias, de acercarse al pasado, porque las dos nacen de una inquietud intelectual: comprender a los hombres y las mujeres que nos precedieron, reconstruir el mundo en el que vivieron y explicar sus decisiones, sus esperanzas, sus conflictos y sus contradicciones.
Como historiadora, mi primera responsabilidad son las fuentes. No podemos afirmar, salvo como hipótesis, más que aquello que podemos avalar, más o menos, con datos. El historiador tiene que aceptar que hay algunas preguntas que, de momento, no tienen una respuesta definitiva. Pero sí es verdad que el pasado nos ha legado, de manera fragmentaria, ciertos acontecimientos, instituciones y personajes que nos permiten abordar e intentar reconstruir los sentimientos, o saber un poco más sobre las experiencias, de quienes habitaron los siglos XI, XII o XIII, pongamos por caso.
La novela histórica nos permite explorar precisamente esos espacios en los que la documentación guarda silencio, porque el novelista puede imaginar una conversación, reconstruir una escena doméstica e intentar expresar un pensamiento. Esta distinción me parece fundamental: estamos creando literatura con un escenario histórico que debe ser coherente. Cuando escribo ficción histórica, procuro que el universo en el que se desarrolla la acción lo sea, y me interesa que los personajes se comporten de acuerdo con las posibilidades, los valores, las creencias y las limitaciones de su tiempo. Es decir, que los personajes del siglo XII no sean realmente personajes del siglo XXI, con comportamientos del siglo XXI, disfrazados con una túnica o un brial, o calzando unas espuelas de caballero.
Por eso hay que comprender muy bien la época y no hacer una caricatura de ella. Si queremos escribir una buena novela histórica, eso es lo que nos han enseñado el maestro Corral y también el maestro Calvo Poyato: tenemos que comprender su lógica interna. La investigación académica nos proporciona una riqueza extraordinaria. Las historias que nos cuentan los documentos —conflictos familiares, matrimonios, enfrentamientos de reyes que pierden su corona, etcétera— podemos llevarlas después a la literatura y completar esos huecos, pero siempre desde una realidad histórica que a veces sorprende, porque puede superar con mucho a la ficción.
Creo que, en este aspecto, el profesor Corral, que es catedrático de Historia Medieval, ha abierto un camino: el de los profesores universitarios de Historia que aman la literatura y, sobre todo, aman el pasado y quieren comprender a las personas que estudian. Ese camino lo hemos intentado seguir, con mayor o menor éxito. Para quienes vienen después, siempre es mucho más fácil caminar sobre las huellas que otros han dejado.
las leyendas deben estudiarse como testimonios de una forma de entender la realidad, no tanto como testimonios de unos hechos ocurridos
Cuando una leyenda sobrevive durante siglos, ¿es más importante averiguar cuánto tiene de verdad o comprender por qué tantas generaciones han sentido la necesidad de transmitirla?
Averiguar cuánto hay de verdad en una leyenda es una tarea fundamental para un historiador, pero comprender por qué sobrevive durante siglos puede ser igual de importante para conocer una sociedad. Por mi propia experiencia, sé que a veces esas leyendas o esos cantares nos remiten a datos que llevan vivos mil años. Creo que esto nos lleva a considerar que ambas cuestiones son inseparables, aunque pertenecen a niveles diferentes del conocimiento. Las leyendas no son solo historias falsas ni narraciones destinadas a entretener, son una construcción cultural mediante la cual una comunidad explica su pasado, expresa sus valores, legitima determinadas instituciones o da sentido a acontecimientos significativos.
Por eso, las leyendas deben estudiarse como testimonios de una forma de entender la realidad, no tanto como testimonios de unos hechos ocurridos. Una tradición puede contener un recuerdo, pero deformado, de un acontecimiento real; puede conservar un nombre histórico o transmitir la memoria de un lugar, pero también incorporar elementos simbólicos o maravillosos, o reinterpretarse. Y, al pasar de una generación a otra, puede responder a las necesidades de distintos momentos históricos. Por eso es obligación del historiador distinguir entre todos estos estratos.
Tenemos todos los ejemplos que queramos, desde el propio Carlomagno hasta la leyenda artúrica del Grial. Se puede deducir cuándo empieza una leyenda e incluso fijar qué elementos históricos pueden estar detrás de ella, pero a mí me interesa mucho, como historiadora, estudiar también el significado simbólico: por qué se crea esa leyenda o esa tradición. Las leyendas nos hablan de aquello que los seres humanos, a lo largo de las generaciones, han considerado digno de ser recordado. Precisamente por eso, me merecen un inmenso respeto.
Vivimos rodeados de información y de respuestas inmediatas. ¿Cree que estamos perdiendo la capacidad de asombro o seguimos necesitando grandes misterios tanto como nuestros antepasados?
Yo creo que el ser humano no ha perdido su capacidad de asombro porque forma parte de su naturaleza. Lo que sí ha cambiado es nuestra relación con el conocimiento, con el tiempo y con el misterio. ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad que ha convertido lo inmediato en un valor fundamental. Estamos acostumbrados a formular una pregunta y obtener una respuesta en cuestión de segundos, a veces sin tomarnos tiempo para reflexionar. Tenemos a nuestro alcance tal cantidad de información que eso habría sido impensable en otros tiempos. Pero disponer de información no significa poseer conocimiento, y mucho menos comprender aquello sobre lo que nos informamos o informamos a otros. Esta distinción me parece fundamental, porque el conocimiento de verdad exige tiempo, capacidad crítica, reflexión y, sobre todo, la disposición a reconocer lo que todavía ignoramos. La información puede acumularse casi de manera ilimitada, pero la sabiduría requiere un esfuerzo intelectual que ninguna tecnología puede sustituir por completo. Los hombres y las mujeres medievales vivían rodeados de misterio, pero sería un error pensar que aceptaban el misterio sin más o que carecían de curiosidad intelectual. También tenían grandes preguntas, investigación y debate. Lo vemos en las universidades, en las grandes controversias y en personajes como Tomás de Aquino o Alberto Magno. Buena parte de los grandes intelectuales medievales intentaban reflexionar filosóficamente y comprender tanto la naturaleza como al ser humano y a Dios. Es verdad que la diferencia fundamental entre aquellas personas y nosotros es que hoy hemos adquirido una extraordinaria capacidad para explicar los mecanismos del mundo físico. Pero seguimos enfrentándonos a preguntas que no pueden resolverse mediante respuestas técnicas. Podemos conocer cómo se compone una estrella o el genoma humano y, al mismo tiempo, continuar preguntándonos por la muerte, por el origen de la realidad o por la naturaleza del bien y del mal; por esas preguntas que trascienden nuestra experiencia inmediata y que acompañan a la humanidad desde sus mismos orígenes.
Creo que precisamente por eso seguimos necesitando el misterio. Cuando se aborda con rigor, nunca es enemigo del conocimiento, sino uno de sus grandes motores. Un peligro de nuestra época es confundir la rapidez de respuesta con la profundidad del conocimiento. Como te decía, creo que el verdadero peligro es perder la curiosidad para preguntar y para interrogarnos sobre esos grandes misterios.
Después de tantos años investigando el pasado, ¿hay todavía algún misterio histórico que le gustaría especialmente resolver?
¡Madre mía, muchísimos! Y creo que esa es una de las mayores satisfacciones de la vida investigadora, porque cuanto más investigamos el pasado, más conscientes somos de la cantidad de preguntas que quedan todavía abiertas y sin respuesta. A veces uno tiene la impresión de que la historia está escrita y que nosotros tenemos que transmitirla, porque ya está todo descubierto. En realidad, no hay nada más alejado de la verdad. Naturalmente que sí, me quedan muchas cuestiones. No sé cuánto tiempo tendré disponible en la vida. En mi forma de entender el mundo —soy cristiana católica practicante—, considero que no soy yo quien decide cuándo acabará mi vida. Pero, en el tiempo que me quede, me gustaría seguir investigando, no solo sobre las reliquias como objetos de poder, a las que he dedicado mi último libro, sino también sobre la mentalidad de esos hombres y mujeres que nos precedieron, por quienes guardo un profundísimo respeto. Las trayectorias que hay detrás de cada una de esas reliquias, o la mentalidad de los hombres y mujeres que protagonizaron aquellos momentos y se maravillaron y sorprendieron, pueden resultar de gran interés. Ahora mismo estoy detrás de una investigación que todavía no puedo desvelar, pero que, en el fondo, también responde a uno de esos misterios.
Así que me vas a permitir que cierre aquí este encuentro tan maravilloso dejando un poco en el misterio el tema que abordaré en mi siguiente libro. Espero que sea igual de interesante que el que voy a presentar, El poder de las reliquias. Los objetos sagrados que cambiaron la historia.
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Margarita Torres se despide sin desvelar el misterio que ocupará su próxima investigación. Como recuerda la historiadora, el pasado está lejos de haber entregado todas sus respuestas y cada hallazgo abre nuevos interrogantes. Entre documentos, reliquias y leyendas, su búsqueda continúa, impulsada por una curiosidad que permanece intacta después de toda una vida dedicada a la historia.

















