Aragón: el secreto mejor guardado del audiovisual español (y ya va siendo hora de dejar de esconderlo)

John Ford decía que cuando la leyenda supera a la realidad hay que imprimir la leyenda. Era un consejo magnífico para hacer cine, pero bastante malo para construir un territorio. Y es que Aragón lleva décadas atrapado justo en el problema contrario, porque aquí la realidad supera con creces a la leyenda, pero nadie se ha molestado demasiado en contarla.

Aragón siempre acaba siendo la tierra de la que todo el mundo se enamora… después de haber rodado en ella. Antes no. Antes toca convencer, explicar, enseñar fotografías, enviar dosieres y repetir la misma frase una y otra vez: “No, Aragón no es solo el Pilar”.

Hay una escena que me ha tocado vivir, en varias ocasiones, al reunirme con productoras nacionales e internacionales. Un director o responsable de arte despliega fotografías de posibles localizaciones. Alguien señala una imagen.

—Esto parece Utah.

No.

Otra.

—¿Marruecos?

Tampoco.

Otra más.

—¿Será algún valle de Escocia?

Frío.

La respuesta suele provocar la misma cara de sorpresa.

—Es Aragón.

Y entonces aparece esa expresión que conocemos todos los que llevamos tiempo en este oficio.

“Eso no puede ser Aragón.”

Julia Paris y Fernando Monzón

Y ahí empieza siempre la misma conversación. La de descubrir que llevamos décadas viviendo sobre uno de los mayores platós naturales de Europa sin haber hecho demasiado ruido. Como si nos diera vergüenza presumir de ello. Muy aragonés todo.

Rodar en Aragón tiene sus ventajas

Hubo un tiempo en el que rodar en Aragón se tradujo en producciones como Jamón, jamón, los spaghetti western de los Monegros o Las aventuras del Barón Munchausen. Y mientras algunos seguían pensando que aquí sólo se rodaban recuerdos, Guy Ritchie convertía la Base Aérea de Zaragoza en Afganistán para The Covenant, Marvel elegía los Mallos de Riglos y el río Gállego para Venom: El último baile, Amazon utilizaba La Aljafería para la serie de El Cid y Oliver Laxe rodaba Sirat en los Cañones Rojos de Barrachina.

La realidad es que Aragón lleva mucho tiempo trabajando para jugar en la primera división del audiovisual y por fin lo está consiguiendo. En solo cuatro años, la Zaragoza Film Office y la Aragón Film Comission han conseguido gestionar más de doscientos proyectos anuales, generando un impacto económico millonario para la región.

Y eso se debe no sólo a la variedad de sus variados y bonitos paisajes, sino a una maquinaria capaz de hacer que cada día de rodaje funcione como un reloj suizo. Porque cuando un territorio consigue que producir sea fácil, deja de competir por simpatía y empieza a competir por rentabilidad. Ese es el verdadero idioma que habla la industria.

Creo que hay algo profundamente sexy en un territorio que no pone obstáculos, sino soluciones. Que entiende que un permiso no puede tardar tres semanas porque un rodaje vive a la velocidad de un café mal bebido. Que comprende que, detrás de una cámara, no hay glamour, sino un ejército de personas intentando que todo salga bien antes de que se haga de noche.

El audiovisual es una industria despiadada. Muy romántica cuando entregan los Goya, pero bastante menos cuando hay que levantar un rodaje de cuarenta millones de euros y cada minuto de retraso cuesta lo mismo que un piso en el centro de Zaragoza. No solo consiste en tener un buen decorado, sino en estar seguros de que habrá alguien sosteniendo el decorado cuando sople el viento.

La buena noticia es que Aragón ya no solo vende paisajes, sino que empieza a vender confianza y eso vale muchísimo más. De hecho, la mejor promoción cinematográfica para un territorio es que el productor quiera volver. Que cuando alguien termine un rodaje aquí se marche diciendo aquello de “ha sido sorprendentemente fácil”. No existe campaña de marketing más poderosa que esa frase.

Lo fascinante es que Aragón tiene una ventaja competitiva de la que apenas hablamos. No está saturado. Todavía conserva esa maravillosa capacidad para decir “sí” antes de empezar a explicar por qué no. Parece una tontería, pero en una industria acostumbrada a pelearse con permisos, administraciones y agendas imposibles, encontrarte con alguien que busca soluciones produce una emoción difícil de describir. 

Porque si me preguntan, como productor, dónde rodaría mi película, probablemente no elegiría el lugar con paisajes más bonitos, sino aquel en el que consiguiera gente que me permitiera dormir más tranquilo.

Distrito 7, hacia la consolidación del ecosistema

Mientras muchos territorios siguen peleándose por atraer la siguiente serie de Netflix, como quien espera que le toque la lotería, en Aragón empieza a dibujarse una idea mucho más ambiciosa: crear un ecosistema permanente donde producir, innovar, desarrollar talento, generar empresas tecnológicas, atraer inversión internacional y consolidar una auténtica economía audiovisual.

Ese es el ambicioso planteamiento de Distrito 7, un proyecto del Ayuntamiento de Zaragoza que llega en un momento en el que el sector mundial busca nuevos polos de producción fuera de los grandes mercados saturados. 

Reconozco que cuando escuché el nombre por primera vez pensé que sonaba a refugio secreto de superhéroes y, salvando las distancias, no iba tan desencaminado. Distrito 7 no habla únicamente de construir platós, sino de tejer industria, dos cosas muy distintas. Porque los platós se alquilan pero la industria se queda.

Y cuando una industria se queda, empiezan a ocurrir cosas maravillosas. El talento deja de marcharse. Las empresas empiezan a crecer. Llegan otras nuevas. Los jóvenes dejan de pensar que su futuro está a seiscientos kilómetros de casa. Las ideas encuentran un lugar donde convertirse en negocio. Y, casi sin darte cuenta, una comunidad deja de competir por proyectos aislados para convertirse en un lugar donde pasan cosas todos los días.

Porque el verdadero éxito del audiovisual de un territorio no consiste en que una estrella de Hollywood se haga un selfi junto al Pilar, sino en que cuando esa estrella se marche siga habiendo trabajo el lunes siguiente. Me interesa mucho más que dentro de diez años haya empresas aragonesas diseñando efectos visuales para medio mundo, estudios desarrollando producción virtual, técnicos especializados que sean referencia internacional y productores extranjeros llamando porque saben que aquí las cosas funcionan

Obviamente, queda muchísimo trabajo por hacer y sería absurdo pensar lo contrario. El audiovisual es una carrera de fondo y nadie gana por haber corrido bien un kilómetro. Hay que seguir invirtiendo, formando profesionales, atrayendo empresas y creyéndose, de una vez por todas, que Aragón puede jugar en la liga de los grandes. 

Un futuro prometedor

Nuestro territorio tiene una virtud muy poco cinematográfica pero realmente útil: todavía sorprende. Y sorprender es el combustible del cine. Estoy convencido de que si Los Monegros estuvieran en California tendrían un centro de interpretación, una tienda de merchandising, un documental narrado por Morgan Freeman y una cola de turistas haciéndose selfis al amanecer. Pero como están aquí, todavía hay quien pregunta si allí llega internet.

Sin embargo, tengo la sensación de que dentro de unos años veremos una gran película o una serie internacional que hará que millones de espectadores busquen en Google dónde demonios está ese lugar imposible donde sucede la historia. Solo entonces muchos descubrirán que estaba aquí al lado todo el tiempo.

Y sonreiré cuando aparezca el inevitable listillo diciendo:

—Yo ya sabía que Aragón tenía potencial.

Mentirá. Como mentimos todos cuando descubrimos un restaurante extraordinario y fingimos que llevamos años reservando mesa. 

La diferencia es que Aragón ya no necesita que lo descubran, necesita que alguien se atreva, de una vez, a contar la historia como merece. Porque las grandes películas empiezan siempre de la misma forma, con alguien que decide dejar de mirar donde mira todo el mundo, apostando por un territorio que todavía conserva el lujo más difícil de encontrar en el cine contemporáneo: la capacidad de sorprender. Y, créanme, eso no hay estudio de Hollywood capaz de fabricarlo.

Fernando Monzón, Productor Ejecutivo de Milyuna Historias

 

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