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Begoña Pérez, La Ordenatriz: «El orden tiene que estar a nuestro servicio, no nosotros al servicio del orden»

Una casa no se organiza de una vez y para siempre. Cambian las personas que viven en ella, sus horarios, sus necesidades y, a veces, la vida entera. Begoña Pérez, conocida como La Ordenatriz, habla de armarios y rutinas, pero también de carga mental, enfermedad, familia y de algo que suele costar más que ordenar: aceptar que no podemos controlarlo todo.

Una silla de ruedas que no pasa por una puerta. Un bebé que empieza a gatear. Una persona que, de pronto, ya no puede hacerse cargo de las tareas que asumía cada día. En situaciones así, ordenar no consiste en colocar mejor las cosas, sino en preguntarse qué necesita ahora la casa para seguir funcionando.

Esa es la idea que atraviesa Contigo en cada cambio. Pérez, madre de siete hijos, defiende una organización capaz de adaptarse a quienes viven en el hogar, incluso —o sobre todo— cuando los planes se tuercen. «El orden tiene que estar a nuestro servicio y no nosotros al servicio del orden», resume.

Hacer planes sin esperar que se cumplan

«Con 52 años ya sé que ningún día va a salir exactamente como yo había previsto», dice. Algunos imprevistos son bienvenidos; otros, no. «Hay imprevistos muy bonitos y otros que me gustaría que no hubieran ocurrido».

«Despídete, agradece a ese objeto la función que ha tenido y déjalo en una bolsa sin verlo»

Para Pérez, organizarse no significa intentar evitar lo inevitable. Significa contar con una base que ayude a responder cuando algo cambia. Una compra planificada o unas tareas claras pueden parecer asuntos menores, pero permiten que la casa siga adelante si alguien tiene que ausentarse o deja de poder ocuparse de lo que hacía habitualmente.

El trabajo que nadie ve

Poner la comida en la mesa es una tarea visible. Decidir el menú, comprobar qué queda en la despensa, hacer la lista, ajustar el presupuesto y encontrar tiempo para comprar suele serlo bastante menos. Esa parte también pesa.

«La organización es el paraguas», explica Pérez. Bajo él están las tareas, pero también las decisiones necesarias para que alguien pueda hacerlas. «Una cosa es que yo haga la comida y otra que vaya a comprar, haga la lista o prepare el menú». Repartir quién cocina o quién limpia no basta si la responsabilidad de preverlo todo sigue recayendo en la misma persona.

«No juzgar y ayudar. Más amor»

Cuando llega una situación difícil, esa organización puede convertirse en una forma muy concreta de cuidado. «De repente todos nos ponemos al servicio de todos», señala. Quien nunca había puesto una lavadora empieza a hacerlo porque otra persona ya no puede. Se modifica una vivienda para que pase una silla de ruedas o se despeja el suelo para que un bebé pueda moverse con seguridad. Las rutinas cambian porque las necesidades han cambiado.

Por eso, insiste, no tiene sentido conservar un sistema doméstico solo porque antes funcionaba. Si ahora complica la vida, toca revisarlo.

La bolsa de las dudas

Adaptar una casa también implica decidir qué se queda en ella. Y no siempre es fácil: un vestido puede ocupar poco espacio y, sin embargo, guardar el recuerdo de una etapa o el cariño de quien lo regaló.

Pérez propone reconocer ese vínculo antes de tomar una decisión. «Despídete, agradece a ese objeto la función que ha tenido y déjalo en una bolsa sin verlo». Es su «bolsa de las dudas»: apartar aquello que cuesta soltar y comprobar, pasado un tiempo, si realmente se ha echado de menos. Si transcurre un año sin necesitarlo, plantea reciclarlo, donarlo o venderlo.

No lo presenta como un gesto sencillo ni instantáneo. «Cuantas más veces lo haces, más rápido eres capaz de decidir llegado el momento», afirma. Se trata de practicar, no de desprenderse de todo sin mirar atrás.

Fotógrafo Javier Ocaña

Recibir sin sentirse a examen

Esa misma distancia frente a la perfección vale para las celebraciones. Preparar una comida o abrir la casa a la familia puede acabar convertido en una carrera para que la mesa, el menú y cada rincón estén impecables. Pérez cree que entonces se pierde de vista lo importante: estar juntos.

«Un encuentro familiar en Navidad, una cena o cualquier celebración nunca se puede convertir en un examen», advierte. Quien llega puede ayudar llevando algo, recogiendo la mesa o poniendo los platos en el lavavajillas. «No juzgar y ayudar. Más amor».

Y cuando el problema ya no es una celebración, sino la sensación de no llegar a nada, su consejo inicial tampoco pasa por añadir tareas a la agenda. «Parar, parar y parar».

Detenerse permite averiguar qué falla de verdad. Si alguien llega tarde cada día al trabajo, quizá deba empezar por un ajuste tan pequeño como levantarse cinco minutos antes. No es una receta para todo, sino un ejemplo de cómo un problema concreto puede quedar oculto bajo una sensación general de descontrol. «Cuando uno se para y ve el problema, puede encontrar la solución».

«Muchas veces vamos corriendo a lo bestia y no vemos ni siquiera cuál es el problema y, por supuesto, tampoco vemos la solución», dice. Su propuesta empieza ahí: observar la vida que sucede dentro de la casa antes de exigirle a la casa —o a quienes la habitan— que encaje en un orden perfecto.

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