Si paseas por la Avenida de Madrid, a la altura de la Plaza de la Ciudadanía, es inevitable que tu mirada se dirija al imponente palacio que se erige a uno de sus lados. Con sus 17 torres que rodean el edificio y un estilo ecléctico, testimonio de siglos de conquistas y del dominio de distintas civilizaciones, la Aljafería es uno de los máximos exponentes de la historia zaragozana. En ella conviven tanto la actualidad —actualmente es sede de las Cortes de Aragón— como las leyendas del pasado. Pues como todo castillo que se precie, el denominado “Palacio de la Alegría” por el monarca Al-Muqtadir está envuelto en un aura de misterio e imponencia, responsables de haber mantenido vivos estos mitos hasta nuestros días.
El origen de la Aljafería
La primera de estas leyendas está relacionada precisamente con la construcción del palacio. Se cuenta que el rey musulmán Al-Muqtadir ambicionaba poseer un palacio que, por su grandeza y majestuosidad, trascendiera en la memoria colectiva. Sin embargo, pronto se encontró con un inconveniente: hacer realidad ese edificio era demasiado caro, incluso para un miembro de la realeza.
Una noche conoció a un anciano quien era, en realidad, la personificación del río Ebro. Este percibió en el monarca cierta preocupación y, cuando Al-Muqtadir le confesó su anhelo frustrado, el anciano le ofreció su ayuda a cambio de que le concediera lo más preciado que poseyera.
Al día siguiente, tal como prometió aquel misterioso hombre, el rey contempló ante él su palacio soñado hecho realidad. Sin embargo, su concubina favorita, de la que estaba profundamente enamorado, había desaparecido entre las aguas del Ebro.

La torre del trovador
Las siguientes historias nos llevan directamente a la torre del Trovador, la más antigua de todo el palacio, y cuyo nombre proviene de una obra dramática escrita por Antonio García Gutiérrez, que más tarde fue transformada en ópera por Giuseppe Verdi. Esta obra narraba el enfrentamiento pasional entre Manrique, un trovador de origen incierto que se encontraba encarcelado en la torre de la Aljafería por orden del Conde de Luna, el otro protagonista de la historia, un noble que anhelaba casarse con Leonor Sesé, de quien llevaba años enamorado.
El conflicto surge el día en que Leonor, paseando por los jardines del palacio, escucha al trovador cantar y, a pesar de no haberse visto nunca, la sensibilidad y belleza de su voz la cautivan por completo. La mujer le suplica al noble que le permita conocer a Manrique, pero este, incapaz de tolerar que su enamorada ame a su enemigo, se lo prohíbe. Ante la negativa, la astuta Leonor urde un plan y le promete al conde que, si le ofrece la oportunidad de conocer al trovador, ella, pase lo que pase, se casaría al día siguiente con él. El conde, movido por su deseo de estar junto a ella, acaba aprobando el encuentro, y esa misma noche Leonor se dirige a la celda de Manrique. Sin embargo, la dama no estaba dispuesta a aceptar un futuro junto a un hombre a quien no amaba. Por esta razón, antes de entrar en la celda del trovador, bebió una botellita de veneno con la intención de morir junto a su verdadero amor.
Finalmente, el veneno acaba surtiendo efecto y Leonor fallece en brazos de Manrique, justo en el momento en que, de forma muy conveniente, el conde aparece en escena. Ante semejante panorama, acusa a Manrique de asesinato y dicta a sus soldados que le corten la cabeza. Pero el enredo no termina aquí, en el momento en que la cabeza del trovador cae al suelo, una prisionera alza la voz y le revela al conde que, el hombre al que acaba de matar, no es otro que su hermano perdido. Un final que bien podría formar parte de una telenovela de nuestra época.
El pozo de los suspiros
Dentro de esta misma torre, se encuentra un pozo de agua que alcanza el nivel freático del río Ebro. Aunque este pozo no concede deseos, en torno a él se desarrolla una leyenda que le confiere un halo inquietante y singular.
Durante el S XV, la Aljafería estuvo habitada por el rey Alfonso V y su esposa, la reina María de Castilla y Lancaster. Sin embargo, de forma habitual, la reina solía quedarse sola en palacio, pues Alfonso V pasó gran parte de su vida en Nápoles.
Un día la visitó el arzobispo de Zaragoza, don Alonso de Argüella. La monarca, como buena anfitriona, le mostró el palacio, y ya muy cansada a causa de la actividad del día, dejó escapar un suspiro. Don Alonso tomó este gesto como una señal irrefutable de amor hacia su persona, por lo que se acercó a su majestad y le susurró que ese suspiro tenía fácil remedio. Ofendida por el atrevimiento del arzobispo, la reina ordenó que, esa misma noche, fuera arrojado al pozo y a partir de ahí, jamás se volvió a saber de él.

Estos son solo algunos de los muchos secretos y leyendas que aguarda la Aljafería. Si son verdad o, por el contrario, un mero rumor, lo dejamos a la libre interpretación de cada uno. Lo que tenemos por seguro es que aún quedan muchos enigmas que desentrañar tras sus murallas, pero solo podrán descubrirlos quienes se atrevan a cruzarlas.














