Vive Latino 2026: Zaragoza vuelve a encontrarse con la música de las dos orillas

Vive Latino 2026 arrancó en Zaragoza con 22.000 asistentes, altas temperaturas y una jornada marcada por el encuentro entre generaciones y músicas de España y Latinoamérica. Julieta Venegas, Amaia, M-Clan, Loquillo y Rigoberta Bandini protagonizaron algunos de los grandes momentos del viernes.

La primera jornada del festival reunió a 22.000 personas en el recinto Expo y dejó algunos de sus mejores momentos con Julieta Venegas, Amaia, M-Clan, Loquillo y Rigoberta Bandini. El calor acompañó una tarde y una noche en las que volvieron a encontrarse generaciones, estilos y artistas de España y Latinoamérica.

A las cinco de la tarde todavía apretaba el calor en Zaragoza y caminar por la explanada de la Expo no era precisamente el mejor plan para combatirlo. Pero el Vive Latino tiene sus propias reglas. Miles de personas habían comenzado ya a ocupar el recinto cuando arrancaron los primeros conciertos y, mucho antes de que llegaran los grandes nombres de la noche, quedaba claro que el festival iba camino de vivir una de sus jornadas más multitudinarias.

Al final fueron 22.000 personas las que pasaron el viernes 4 de septiembre por el recinto Expo. Una cifra que acompañó otro dato significativo de esta quinta edición: por primera vez desde que el Vive Latino llegó a Zaragoza se habían agotado los 15.000 abonos puestos a la venta para las dos jornadas.

La tarde comenzó repartiendo al público entre los tres escenarios y obligando desde muy pronto a tomar decisiones. El Practicante tuvo el cometido de abrir la programación, mientras Niña Polaca encontraba respuesta pese a una hora poco agradecida para cualquier concierto al aire libre. También había una cita especial para el público aragonés: Volador regresaba a los escenarios ante el público zaragozano quince años después de su separación.

Pero una de las primeras grandes concentraciones llegó con Julieta Venegas. La mexicana apareció con su acordeón y con una ventaja difícil de igualar en un festival: un repertorio que el público conoce casi sin darse cuenta. “Andar conmigo”, “Lento”, “Limón y sal” o “Me voy” fueron transformando el escenario Ámbar en un coro multitudinario. No necesitó grandes artificios. Las canciones hicieron el resto.

Era también una buena muestra de lo que sigue diferenciando al Vive Latino de buena parte de los festivales que recorren España cada verano. En Zaragoza pueden coincidir en unas pocas horas una compositora mexicana como Venegas, una de las figuras más reconocibles del nuevo pop español como Amaia, el rock de M-Clan y Loquillo, una banda argentina como El Kuelgue o una formación mexicana como Plastilina Mosh. Ese diálogo entre las dos orillas continúa siendo la seña de identidad de un festival nacido en México y que encontró en Zaragoza su sede europea.

Amaia reúne generaciones

Pignoise tomó después el escenario Caja Rural de Aragón apelando a otro tipo de memoria. Canciones como “Nada que perder”, “Te entiendo” o “Sigo llorando por ti” demostraron hasta qué punto el pop-rock de los primeros años del siglo XXI ha entrado ya en el territorio de la nostalgia colectiva.

Y entonces llegó Amaia.

Su concierto fue uno de los momentos centrales de la jornada y reunió una de las mayores concentraciones de público del viernes. Podía esperarse una primera fila joven, pero alrededor había muchas más edades. Esa transversalidad terminó siendo una de las imágenes de la noche.

Amaia apareció con la naturalidad que se ha convertido en parte de su personalidad sobre el escenario y con un repertorio que ya le permite sostener sin problemas un concierto ante miles de personas. Sonaron temas como “Yamaguchi”, “Tengo un pensamiento” y “Bienvenidos al show”, mientras el público acompañaba canciones que en algunos momentos pedían algo poco habitual en un festival de estas dimensiones: escuchar.

Incluso el calor terminó entrando en el concierto. La cantante bromeó con los abanicos que veía entre el público y pidió que le lanzaran alguno al escenario. Más tarde protagonizaría una de las escenas más comentadas de su actuación al bajar para acercarse a las primeras filas y encontrarse allí con su padre.

A pocos metros, El Kuelgue ofrecía una alternativa completamente distinta. La banda argentina volvió a demostrar que su música funciona precisamente porque resulta difícil encerrarla en una etiqueta. Teatro, humor, improvisación y cambios de estilo fueron llevando el concierto por terrenos imprevisibles y confirmaron una de las virtudes del Vive Latino: alejarse de los escenarios principales sigue ofreciendo recompensas.

De M-Clan a Loquillo, el rock conserva territorio

Con la caída del sol llegó otro público y otro lenguaje.

M-Clan apareció en el escenario Caja Rural de Aragón celebrando tres décadas de trayectoria. Carlos Tarque sigue poseyendo una de esas voces capaces de imponerse incluso en un espacio abierto y ante miles de personas. “Llamando a la Tierra”, “Miedo” o “Quédate a dormir” fueron preparando un terreno que inevitablemente terminó en “Carolina”. Bastaron los primeros compases para que el público asumiera la canción como propia.

Después, Loquillo volvió a demostrar que determinados repertorios atraviesan generaciones con una facilidad sorprendente. El barcelonés recorrió una carrera de casi cinco décadas apoyándose en canciones como “El rompeolas”, “El ritmo del garaje”, “Feo, fuerte y formal” o “Rock and Roll Star”.

No había demasiada necesidad de explicar lo que estaba ocurriendo. Había padres cantando junto a hijos que probablemente conocieron esas canciones muchos años después de que fueran publicadas. Esa convivencia generacional, que ya se había percibido con Amaia desde el extremo contrario, terminó siendo una de las características más reconocibles de la jornada.

Mientras tanto, el mexicano Ed Maverick proponía desde Escena VL bajar las revoluciones. Su concierto recordó que el intercambio musical entre España y Latinoamérica que propone el festival no pasa necesariamente por grandes himnos. También puede construirse desde canciones íntimas y una guitarra.

Y poco después apareció otro pedazo de historia de la música alternativa mexicana. Plastilina Mosh trasladó a Zaragoza aquella mezcla de rock, electrónica, funk y cultura pop que convirtió al grupo de Monterrey en uno de los nombres emblemáticos de la llamada Avanzada Regia de finales de los noventa.

Rigoberta cambia el tono de la noche

Si el rock había dominado buena parte de las horas anteriores, Rigoberta Bandini cambió completamente el paisaje.

Su concierto fue concebido como una celebración colectiva. “In Spain We Call It Soledad”, “Perra” o “Ay mamá” encontraron a un público dispuesto a cantar y bailar, mientras “Pamela Anderson” conectó el espectáculo con su repertorio más reciente.

A esas alturas el Vive Latino había dejado atrás definitivamente la lógica de los conciertos aislados. El movimiento constante entre escenarios, las colas, los encuentros, la lucha libre mexicana, los puestos de comida y los miles de personas recorriendo la Expo habían construido esa pequeña ciudad dentro de la ciudad que Zaragoza conoce ya desde hace cinco ediciones.

Todavía quedaba noche.

Sanguijuelas del Guadiana apareció pasada la medianoche con una propuesta que mezcla rock, rumba y referencias al mundo rural desde una mirada generacional. Rawayana llevó después al escenario principal su combinación de reggae, funk, pop y ritmos caribeños, prolongando el baile cuando la jornada llevaba ya muchas horas acumuladas.

Y mientras una parte del público comenzaba a emprender el camino de regreso, otros todavía tenían energía para elegir entre La Chiva Gantiva y Modelo. Estos últimos cerraban además un pequeño círculo aragonés: músicos de la tierra habían estado presentes desde las primeras horas del festival y volvían a aparecer cuando el reloj superaba ampliamente las dos de la madrugada.

La primera jornada había arrancado bajo un sol difícil de soportar y terminaba casi diez horas después con miles de personas todavía frente a los escenarios.

No fue únicamente una cuestión de cifras, aunque las cifras ayudan a entender la dimensión alcanzada por el festival. Vive Latino ha llegado a su quinta edición zaragozana después de reunir 155.000 asistentes en sus cuatro primeras convocatorias y de generar, según los datos municipales, un impacto económico acumulado superior a los 25 millones de euros.

Pero hay algo menos cuantificable que empieza a resultar igualmente importante. El festival ya forma parte del calendario de Zaragoza. Durante dos días, la ciudad recibe músicos y público de procedencias muy diferentes y se convierte en uno de los puntos de encuentro de la música en español a ambos lados del Atlántico.

El viernes lo volvió a demostrar. Julieta Venegas hizo cantar canciones que llevan dos décadas viajando entre México y España; Amaia confirmó que pertenece ya a otra generación de grandes nombres; M-Clan y Loquillo recordaron la resistencia del rock; Rigoberta Bandini convirtió la noche en una fiesta y las propuestas latinoamericanas mantuvieron abierto ese viaje musical que constituye la razón de ser del festival.

Cuando se apagaron los últimos escenarios todavía quedaba otro día entero de Vive Latino. Zaragoza ya estaba dentro del festival.

 

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