Santiago Vicente (Volador): «Tenemos curiosidad por descubrir a qué suena Volador en 2026»

Volador regresa al Vive Latino después de reencontrarse con sus canciones y con un público que no los ha olvidado. Santiago Vicente recuerda los comienzos de la banda, los años de furgoneta, el cambio de la industria musical y la separación de 2011, y adelanta que el grupo trabaja ya en nuevo material: «Tenemos curiosidad por descubrir a qué suena Volador en 2026».

Volador no ha vuelto para repetirse. La banda aragonesa ha regresado a los escenarios para reencontrarse con unas canciones que llevaban años en silencio, comprobar que todavía existe un público dispuesto a escucharlas y enfrentarse a una pregunta que va mucho más allá de la nostalgia: ¿a qué suena Volador en 2026?

Santiago Vicente —Anazul dentro del grupo— responde desde ese lugar extraño en el que conviven la memoria y la incertidumbre. Recuerda los primeros ensayos, las giras en furgoneta, los años en los que la banda parecía estar siempre a punto de dar el salto definitivo y la decisión de parar en 2011. Pero habla, sobre todo, de lo que todavía queda por descubrir, porque Volador ya prepara nuevas canciones y quiere comprobar si, después de todos estos años, la esencia de la banda sigue ahí.

Tres canciones para una

Volador nació alrededor de tres amigos: Óscar —Antílope dentro de la banda—, Eduardo —Draco— y el propio Santiago, Anazul. Con el tiempo se incorporaron Miguel Mercadal, a la batería, y Sergio Rodrigo, al bajo. Aunque la formación fue cambiando, Vicente considera que aquellos dos músicos terminaron convirtiéndose en parte esencial de la historia del grupo: «El núcleo siempre hemos sido los tres, pero con Miguel y Sergio vivimos la época dorada de Volador. Son parte del grupo y buena parte de que la banda suene bien en directo se la debemos a ellos».

Santiago y Óscar se conocen desde que tenían cuatro años. A Eduardo lo conocieron cuando rondaban los 15 o 16. Ninguno procedía de una familia vinculada profesionalmente a la música y los primeros pasos estuvieron más cerca del entusiasmo que de la técnica. «Empezamos prácticamente desde cero. Recuerdo que con el primer sueldo que gané me compré un teclado. Óscar se pagó unas clases de canto, compramos una guitarra… y así fuimos evolucionando».

Eduardo, explica Vicente, ya era un guitarrista extraordinario desde muy joven. Los demás tuvieron que aprender sobre la marcha y aquellos primeros ensayos estuvieron llenos de improvisación. En una de esas primeras formaciones llegaron a tener incluso un batería que no sabía tocar la batería, pero al que le gustaba decir que era batería «para ligar».

La falta de experiencia no impidió que desde el principio existiera una ambición concreta: hacer canciones y hacerlas juntos. Los tres componían, lo que podía convertirse tanto en una riqueza como en un problema. «Los tres teníamos canciones en la cabeza y de esas tres tenía que salir una. Ese era posiblemente el reto más importante del grupo. Es como un matrimonio a tres. Durante muchos años creo que supimos compaginarlo bien».

 

En esa convivencia creativa estaba una de las claves de Volador. Eduardo aportaba sus referencias del pop anglosajón; Óscar llegaba desde el pop español y desde propuestas menos comerciales, mientras que Santiago se acercaba más a la electrónica y al pop electrónico. Tenían gustos diferentes, pero también territorios comunes, como Radio Futura, el pop épico de Muse y buena parte de la escena aragonesa que había abierto camino antes que ellos.

Las Novias, Niños del Brasil y Héroes del Silencio formaban parte de aquel paisaje musical. Vicente conserva todavía la entrada del concierto celebrado en La Romareda en el que coincidieron varias de aquellas bandas. Con el tiempo, Volador versionaría canciones de Bunbury y compartiría escenario y colaboraciones con músicos que habían formado parte de sus referencias juveniles.

¿Cómo definir la música de Volador? Óscar encontró en su momento una expresión: pop onírico. Santiago la acepta, aunque conserva otra definición que considera todavía mejor: «La mejor crítica que nos han hecho fue la de un periodista que escribió que “Volador suena a Volador”. Creo que es lo mejor que te pueden decir. Si has conseguido eso, ya está».

Aprender el oficio

La evolución de Volador no fue lineal. El grupo empezó con escasos conocimientos musicales, pero muy pronto encontró a personas capaces de transformar aquel entusiasmo en un proyecto profesional. Uno de los nombres decisivos fue el de Laurent Castagnet, primer productor de la banda y batería durante años de Loquillo. Su trabajo no se limitó al estudio: «Nos enseñó cómo tenían que cabalgar las canciones en directo, cómo componerlas y cómo estar en el escenario. Aprendimos muchísimo con él».

También fue fundamental Kike Gallego, vinculado a las carreras de Héroes del Silencio y Amaral y posteriormente mánager de Volador. La llegada de ambos hizo que aquellos jóvenes comenzaran a entender que una banda no solo necesita canciones: hay que saber tocarlas, defenderlas en directo, grabarlas, presentarlas y encontrar el momento adecuado para que lleguen al público.

Después llegó Madrid. En su primer concierto en la capital, Warner se interesó por el grupo nada más terminar la actuación. «Acabamos de tocar y nos dijeron que querían firmar un contrato editorial con nosotros porque les gustaba lo que componíamos. Rondábamos los veinte años, era la primera vez que tocábamos en Madrid y una multinacional te decía que veía algo en el grupo».

No era todavía un contrato discográfico, pero sí una señal inequívoca de que algo estaba ocurriendo. Volador había conseguido llamar la atención justo cuando el modelo tradicional de la industria musical empezaba a transformarse, y la banda vivió en primera persona la transición entre las discográficas como principal puerta de entrada, la aparición de internet, los estudios domésticos, las descargas y el streaming.

Años después, todavía recuerdan una frase que resumía aquella transformación: «Si hubierais venido seis años antes, os habríamos puesto 20.000 euros encima de la mesa para grabar un disco. Me encantáis, pero ahora no puedo hacer nada». Para Vicente, contar con alguien que conozca la industria sigue siendo importante, aunque el mapa actual sea mucho más amplio: «Hay una parte artística y otra técnica: saber enfocar las canciones, cómo venderlas y qué hacer o qué no hacer en cada momento. Tener a alguien de la industria que apueste por tu proyecto y se ilusione con él sigue siendo clave».

La furgoneta y el desgaste

Miguel Mercadal fue quien empujó a Volador a salir de Zaragoza. «Cuando entró Miguel nos dijo: “Aquí en Zaragoza sois los reyes del mambo, pero hay que coger la furgoneta e irse por ahí”. Y tenía razón». La banda empezó a organizar sus propias giras, a buscar salas, a concertar entrevistas y a construir una red de contactos fuera de Aragón. Galicia, Andalucía, Alicante y otras ciudades entraron en el mapa de un grupo que avanzaba a base de insistencia.

«Era pico y pala. Tocabas el viernes en un sitio, el sábado en otro y durante la semana todos teníamos nuestros trabajos. Era muy duro, pero también muy divertido. Lo recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida». Volador fue, durante años, una banda de carretera. Esa experiencia les permitió crecer como músicos y como grupo, pero también alimentó una sensación que acabaría siendo agotadora: la de estar permanentemente a punto.

A punto de dar el salto, de conseguir el siguiente contrato o de consolidarse definitivamente. En 2011 decidieron parar, aunque no atravesaban un mal momento artístico. Habían publicado nuevo material, realizado giras y desarrollado proyectos ambiciosos; en los dos últimos años habían ofrecido decenas de conciertos por Galicia, Andalucía y otros lugares.

«Durante muchos años estuvimos ahí, ahí, ahí… a punto. Y creo que estar siempre a punto nos terminó quemando». La explicación no está en una ruptura traumática, sino en el desgaste natural de una relación personal y creativa. «Esto es un matrimonio a tres y las relaciones personales inevitablemente se queman y necesitan espacio. Pensamos que el proyecto se había agotado y que era el momento de dejarlo».

Durante el tiempo de separación, los integrantes de Volador dejaron de escuchar sus propias canciones. Cuando volvieron a ellas para preparar el reencuentro, descubrieron algo inesperado: no les resultaban ajenas ni desfasadas. «Nos sorprendimos. Decíamos: “Esto me gusta, esto era muy bueno”. Si escuchara algunas de estas canciones ahora, sin saber que son nuestras, serían canciones que nos gustarían».

Esa mirada hacia el pasado también dio lugar a “Basura cuántica, tatuajes existenciales y otros atardeceres de juventud”, un trabajo en el que recuperaron canciones, ideas y materiales que habían quedado a medio camino o que pertenecían a la etapa más experimental del grupo. Vicente atribuye la resistencia de aquellas canciones al paso del tiempo a que Volador nunca intentó perseguir una moda concreta: «Hacíamos lo que nos gustaba hacer. Ahora escucho aquellas canciones y creo que pueden sonar perfectamente hoy. En cierta manera, son atemporales».

El regreso

La vuelta comenzó con la idea de ofrecer un único concierto en el Teatro de las Esquinas. Querían hacerlo como siempre habían imaginado sus grandes actuaciones: con invitados, metales, cuerdas, cantantes, proyecciones y una puesta en escena ambiciosa. «Volador siempre ha sido muy de parafernalia. Si hubiéramos podido meter elefantes, bailarinas y fuegos artificiales, los habríamos metido».

Después llegó la oportunidad de tocar en las Fiestas del Pilar, una fecha especialmente significativa para una banda que actuó durante años en esa celebración. Más tarde apareció el Vive Latino y lo que iba a ser un concierto se convirtió en tres escenarios y en una vuelta más amplia de lo previsto. «Para nosotros es el colofón perfecto. Poder estar en el festival de referencia que se celebra en Zaragoza y en un escenario de esa envergadura completa de una manera ideal esta vuelta».

Los primeros ensayos demostraron que las canciones seguían ahí, aunque algunas parecieran olvidadas. «Empezabas a tocar y, de repente, aparecía todo. Se queda grabado en la cabeza aquello que has repetido tantas veces durante tu juventud». También seguían ahí Miguel Mercadal y Sergio Rodrigo, cuya presencia proporciona seguridad a una banda que regresa después de años sin tocar junta: «Tenemos dos músicos extraordinarios. Cuando esa base rítmica está debajo, puedes disfrutar mucho más del directo».

La respuesta del público ha sido, sin embargo, la mayor sorpresa. Vicente pensaba que quizá Volador había desaparecido de la memoria colectiva, pero han recibido mensajes de antiguos seguidores que celebran el regreso y preguntan por los próximos conciertos. También se han encontrado con jóvenes que no vivieron la primera etapa del grupo: «Después de Pilares se nos acercaron unos veinteañeros y nos dijeron que les había gustado mucho y que querían saber cuándo sería el próximo concierto. Que las nuevas generaciones te digan que les gusta lo que haces significa que las canciones todavía tienen cierta validez».

Ese público escucha de otra manera. La música ya no se organiza necesariamente alrededor de bandas, discos o escenas, sino que se mezcla en listas de reproducción en las que pueden convivir Bad Bunny, Queen, Rosalía, reguetón y cualquier otro género. «La playlist ha matado el disco», afirma Santiago, aunque no rechaza las plataformas. Paga Spotify, descubre artistas a través de sus recomendaciones y reconoce que el acceso actual a la música es incomparablemente mayor: «Pensé: “Por diez euros puedo escuchar todas las novedades y descubrir cosas que no conocía”. Esa es la parte buena».

La parte negativa está en la remuneración de los artistas, la dependencia de los algoritmos y la cantidad de canciones que se incorporan cada día a las plataformas. También en la pérdida del álbum como relato completo. Volador intentaba que sus discos tuvieran un concepto, un hilo conductor y una historia: «Cuando existe un concepto detrás y una historia que quieres contar, la gente lo entiende. Hay discos que están pensados para escucharlos seguidos, como una obra completa».

Por eso Santiago observa con interés que algunos jóvenes estén recuperando el vinilo y la escucha del álbum entero. No como una vuelta nostálgica al pasado, sino como una forma distinta de prestar atención. Y en esas nuevas formas de escuchar también puede caber Volador.

La canción que falta

El regreso no termina en el Vive Latino. La banda ya trabaja en nuevas composiciones, aunque una gira estable todavía resulte complicada de compatibilizar con las vidas actuales de sus integrantes. Lo que les mueve ahora no es la obligación de volver ni la necesidad de demostrar algo, sino la curiosidad.

«Tenemos mucha curiosidad por descubrir a qué suena Volador hecho en 2026. No queremos simplemente recuperar canciones antiguas. Queremos hacer una canción desde cero ahora y ver qué ocurre».

La tecnología ha cambiado. También los gustos, las herramientas de producción y la experiencia de cada uno. La incógnita consiste en saber qué parte de aquel Volador permanece y cómo puede convivir con quienes son hoy. «Queremos comprobar si hemos mantenido la esencia y hemos sabido acomodarla a lo que somos ahora».

En el Vive Latino no quieren disfrazar las canciones antiguas de algo que no son. Quieren tocarlas con la energía de siempre: melodía, estribillos, elegancia, electrónica, guitarras contundentes y una base rítmica capaz de sostenerlo todo. «Siempre hemos sido melódicos, cantables, bailables y también oníricos, pero nos gusta que haya caña. Todo eso forma parte de nosotros».

Más de dos décadas después de aquellos primeros ensayos, Volador vuelve a tener canciones en la cabeza. La diferencia es que ahora no saben todavía cómo sonarán.

Y precisamente por eso quieren descubrirlo.

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