La inteligencia artificial generativa se ha incorporado con rapidez al trabajo cotidiano de empresas y profesionales. Redactar un correo, resumir un informe, traducir un documento o buscar información son ya usos relativamente habituales. La industria tecnológica, sin embargo, trabaja en un escenario bastante más ambicioso: que la IA no se limite a responder cuando alguien le pregunta, sino que pueda recibir un encargo y realizar por su cuenta una parte del trabajo necesario para completarlo.
Los llamados agentes de inteligencia artificial están en el centro de esa evolución. Huawei acaba de poner cifras a lo que espera que ocurra durante la próxima década y sus previsiones son de una escala difícil de ignorar. La compañía china calcula que en 2035 más del 90% del tráfico de tokens generado por la IA procederá de agentes y que el consumo mundial anual de estas unidades de procesamiento podría multiplicarse por 100.000.
Son estimaciones de Huawei, no una previsión independiente sobre la evolución del mercado. Aun así, resultan interesantes porque reflejan hacia dónde están orientando sus inversiones algunas de las mayores compañías tecnológicas y ayudan a entender por qué la capacidad de computación se ha convertido en uno de los grandes campos de competencia internacional.
Cuando la IA deja de esperar instrucciones
Un agente puede recibir un objetivo y encadenar distintas acciones para intentar cumplirlo. Puede consultar información, utilizar aplicaciones, analizar datos o preparar documentos sin que una persona tenga que indicarle cada paso de forma individual.
Llevado a una empresa, las posibilidades son amplias. Un sistema podría revisar periódicamente determinados datos comerciales, detectar desviaciones y preparar un informe para el responsable del área. Otro podría clasificar consultas de clientes, recuperar la información necesaria para responderlas y dejar preparada una contestación. En administración, compras o logística podrían automatizarse igualmente secuencias de tareas que ahora obligan a pasar de una aplicación a otra.
Nada de esto implica necesariamente entregar el proceso completo a una máquina. De hecho, uno de los asuntos que tendrán que resolver las empresas será precisamente hasta dónde quieren permitir que llegue esa autonomía.
La diferencia es importante. Una cosa es utilizar inteligencia artificial para preparar el borrador de un correo y otra permitir que tenga acceso al correo corporativo y pueda enviarlo. Lo mismo ocurre con un sistema que analiza facturas frente a otro autorizado para aprobar operaciones o con uno que consulta información comercial frente a otro capaz de modificarla.
A medida que los agentes entren en los procesos empresariales, las decisiones sobre permisos, acceso a datos, seguridad y supervisión serán tan importantes como la elección de la propia tecnología.
Detrás de los agentes hay una enorme infraestructura
Las previsiones presentadas por Huawei tienen también una lectura industrial. Si los agentes trabajan durante más tiempo y realizan varias operaciones para completar cada encargo, necesitan mucha más capacidad de computación que una consulta aislada a un asistente de IA.
Huawei calcula que durante la próxima década será necesario multiplicar por cien la escala de los grandes sistemas de computación y reducir considerablemente el coste de las tareas realizadas por agentes. Esa demanda explica parte de las inversiones que están realizando las grandes tecnológicas en procesadores, centros de datos, redes y almacenamiento.
La compañía china presentó esta semana en Shanghái nuevos sistemas de computación para inteligencia artificial y una arquitectura con la que pretende conectar un número muy elevado de procesadores especializados. Entre sus planes figura llegar a configuraciones de hasta un millón de NPU trabajando de manera coordinada.
Huawei intenta así ganar capacidad en un mercado condicionado además por las restricciones de Estados Unidos al acceso de China a determinados semiconductores avanzados. La compañía está desarrollando nuevas generaciones de sus procesadores Ascend mientras afronta una demanda interna que, según ha reconocido, supera actualmente su capacidad de producción de equipos de computación para IA.
El escenario que describe Huawei para 2035 está, por tanto, relacionado con su propio negocio. La compañía es al mismo tiempo autora de la previsión y uno de los fabricantes que aspiran a suministrar parte de la infraestructura necesaria si ese crecimiento acaba produciéndose. Es un contexto que conviene tener presente al interpretar unas cifras tan elevadas.
Para las empresas, el cambio será menos espectacular y más práctico
La mayor parte de las compañías españolas no tendrá que preocuparse por construir centros de datos ni por decidir qué procesadores utilizar. Su problema será bastante más cercano: encontrar aplicaciones de la IA que realmente mejoren su funcionamiento.
Hasta ahora, buena parte de la adopción de la inteligencia artificial generativa se ha producido a través de herramientas independientes y del uso que hacen de ellas los propios trabajadores. Los agentes pueden llevar esa incorporación un paso más allá porque obligan a entrar en los procesos internos de la empresa.
Antes de encargar una tarea a un sistema autónomo habrá que saber qué información necesita, qué aplicaciones debe consultar, qué decisiones puede tomar y cuáles deben quedar reservadas a una persona. También habrá que determinar quién responde cuando el sistema se equivoca y cómo se puede reconstruir lo que ha hecho.
En ese terreno, la dificultad no será únicamente tecnológica. Muchas empresas tendrán que revisar procesos que se han construido durante años a partir de hábitos, hojas de cálculo, correos electrónicos y aplicaciones que no siempre están conectadas entre sí. Automatizarlos exigirá primero entenderlos.
La formación será otra parte de ese proceso. Huawei, por ejemplo, asegura que su Spain Academy formó a 10.000 personas durante 2025 en competencias digitales y mantiene el objetivo de alcanzar las 50.000 en cinco años. Inteligencia artificial, computación en la nube, conectividad y ciberseguridad figuran entre las materias de sus programas.
La iniciativa de Huawei es una entre las muchas que están apareciendo alrededor de estas tecnologías. Para las empresas, especialmente para las pequeñas y medianas, el reto probablemente estará menos en disponer de especialistas capaces de desarrollar modelos propios que en contar con personas que sepan utilizar las herramientas disponibles, integrarlas en el trabajo diario y reconocer también dónde no conviene utilizarlas.
Las cifras que Huawei proyecta para 2035 pueden cumplirse o quedarse lejos de la realidad. Nueve años son mucho tiempo en un sector que cambia a gran velocidad. Lo relevante para las empresas está más cerca: los agentes empiezan a salir de las demostraciones tecnológicas y a incorporarse a productos y aplicaciones de uso profesional.
Eso introduce una cuestión nueva en la adopción de la inteligencia artificial. Hasta ahora las compañías se han preguntado principalmente para qué podían utilizarla. A partir de ahora tendrán que decidir también qué tareas están dispuestas a dejar en sus manos.



















