Historiadora del arte, directora, realizadora, guionista y técnico cultural española, Isabel Soria codirige junto a Vicky Calavia “Zaragoza, pionera del cine”, el documental sobre los orígenes del cine en la capital aragonesa que ha abierto esta semana el VI Saraqusta Film Festival. Un proyecto que combina memoria, divulgación y una profunda conexión personal con la historia cultural de Zaragoza. Soria reivindica el patrimonio fílmico de la ciudad, reclama más apoyo a la creación audiovisual y anuncia nuevos proyectos sobre el mudéjar de Teruel y la identidad aragonesa. “Eduardo Gimeno -asegura- era un visionario, un hombre con un gran olfato comercial que supo ver que que el cine no solo era espectáculo, sino también negocio. Hoy estaría muy orgulloso de que su ciudad le reconociera y de haber pasado a la historia”.
PREGUNTA. ¿Cómo nace la idea de este documental?
RESPUESTA. Surge en un café, frente a San Gil, no muy lejos de donde estuvo uno de los primeros cines estables de la ciudad. Vicky Calavia y yo estábamos hablando de que se cumplían 125 años del rodaje de Salida de misa de 12 de El Pilar y dijimos: ¡oye, ¿y si llamamos a nuestros amigos y hacemos nosotros también una salida, algo performativo, una recreación, un pequeño homenaje!. Aquello fue creciendo poco a poco hasta convertirse en este documental. Ha sido un proceso muy natural. Estoy muy contenta en cómo ha acabado todo.
“Este documental nace en un café como una idea pequeña que acabó creciendo hasta convertirse en algo mucho más grande”
P. De tomar un café frente al Pilar a hacer un documental que sea el elegido para abrir el VI Saraqusta Film Festival, tan vinculado al cine histórico? ¿Cómo te sientes con el resultado?
R. Es una pasada por muchos motivos. Abrir un festival ya es importante, pero hacerlo en Zaragoza tiene un valor emocional enorme. Zaragoza y su historia para mí es todo. Soy zaragozana, mi familia ya vivía aquí en aquella época… Pensar que mis bisabuelos pudieron ser parte de ese público que iba al cine en la Plaza de la Seo te llega de una manera muy especial. Hay una conexión muy fuerte. Además, está la dimensión divulgativa: siento que aportamos una mirada que acerca esta historia al público de una forma más accesible. Al final aportas algo, bajas al público un conocimiento que hasta ahora vivía en tesis doctorales y artículos de investigación. Mis profesores Amparo Martini y Agustín Sánchez Vidal ya eran muy divulgativos, pero el documental llega a otra gente. Y eso me llena mucho.
P. ¿Es uno de tus trabajos más personales?
R. Muchísimo. Cada vez me interesa más trabajar la memoria vinculada a Zaragoza desde el audiovisual. Al final, es lo que eres y este proyecto lo vivo de forma muy intensa.
P. ¿Cuándo descubriste que Zaragoza había sido pionera en el cine español?
R. En la universidad. Estudié Filosofía y Letras y allí tuve contacto con profesores como Agustín Sánchez Vidal. Recuerdo perfectamente cuando, hacia 1996, Agustín Sánchez Vidal publicó su libro sobre los Jimeno. Fui a la presentación y aquello me marcó. Luego tuve una vinculación muy fuerte con la Filmoteca de Zaragoza y con su directora, Ana Marquesán, con quien aprendí a valorar el cine antiguo, las imágenes de archivo, su peso patrimonial. Desde entonces, el tema de Salida de misa no me ha abandonado.
P. ¿Te sorprende que sea tan poco conocida fuera de Aragón?
R. No me sorprende nada, conociendo el sector. Lo que me pregunto es cuántos zaragozanos la conocen de verdad, porque habrá, claro, pero no te creas que tanto. La cultura hay que contarla. Existe una brecha entre el conocimiento académico y el público general. Si no divulgamos, no llega.
P. ¿Qué destacarías del patrimonio cinematográfico de Zaragoza?
R. Es enorme y muy poco conocido. Y lo que casi nadie sabe es que la Filmoteca de Zaragoza tiene uno de los mayores fondos fílmicos de España: Salida de misa, las obras de los Coyne, los Tramullas… Son de los primeros materiales filmados en el país que se conservan. Hablamos de piezas únicas que son patrimonio de todos los zaragozanos. Y ese es el matiz: había más gente rodando, seguramente, pero que se conserve es otro cantar. Eso es un patrimonio inmenso que pertenece a todos los zaragozanos. Dentro de doscientos años será como tener un Velázquez.

P.¿Cómo era Eduardo Gimeno? ¿Qué te sedujo de su figura?
R. Su visión. Era un gran trabajador, un hombre con un olfato bestial para los negocios, con una visión comercial impresionante. Entendió enseguida que el cinematógrafo no solo servía para exhibir, sino también para grabar. Supo desde el primer momento que aquella máquina que su hijo se empeñó en comprar podía tener rendimientos. Y entonces pensó: voy a filmar a los zaragozanos para que se vean y vengan a comprar sus entradas a mi barraca. ¿Artista? Quizá no. ¿Artesano? En parte. Pero, sobre todo, era un profesional del espectáculo y del público con una intuición que envidiaría cualquier productor de hoy.
“Eduardo gimeno filmó a los zaragozanos para que los se vieran y compraran sus entradas en su barraca. Era un visionario con un gran olfato comercial. Entendió que aquella máquina no solo era espectáculo, sino también negocio”.
P. ¿Cómo ha sido el proceso de documentación?
R. Muy bonito. Hemos trabajado con el documentalista Luis Rabanaque y nos sumergimos en hemerotecas, archivos y fotografías antiguas. Lo más interesante es ir reconstruyendo la Zaragoza de aquella época. Ha sido muy emocionante ir descubriendo la ciudad, es un proceso muy bonito. Fuimos al archivo de la hemeroteca, encontramos fotografías, planos con la ubicación exacta de las barracas en la Plaza del Ángel, etc. Recuerdo cuando apareció el plano con aquellos pabellones: te imaginas esas construcciones de feria elegantes, un poco mágicas, y piensas que eso estaba aquí. Zaragoza miraba mucho más hacia Francia de lo que pensamos, vivía los mismos convulsos momentos políticos que el resto de Europa y, aún así, supo verlo y disfrutarlo desde el minuto cero.
P. ¿Algo que te rompiera los esquemas durante el proceso?
R. Lo que más me impactó fue comprender la velocidad a la que el cinematógrafo triunfó aquí. La rapidez con la que se desarrolla el cine en sus inicios y cómo Zaragoza se suma desde el primer momento. También entender que es un invento colectivo y que la ciudad ya tenía un público preparado para este tipo de espectáculo. El público zaragozano ya estaba sensibilizado porque había una vida cultural y espectacular muy rica. Siempre miramos el pasado con condescendencia, con ese «pobres, que no tenían luz eléctrica», pero al final todo estaba mucho más avanzado de lo que pensamos y tenían el mismo ímpetu que nosotros para plantearse el mundo. También me sorprendió la cantidad de fotógrafos y emprendedores que se lanzaron con su pequeño cinematógrafo: unos triunfaron, otros no, pero ahí estuvieron. Yo me siento parte de ese bucle que todavía sigue.
P. ¿Qué fue lo más difícil de resolver cinematográficamente?
R. El mayor reto fue el equilibrio. Hay tantísimas cosas que contar —la Zaragoza finisecular, cómo llega el cine, quién lo exhibe, dónde— que tienes que dejarte muchas en el tintero para que el resultado sea representativo sin resultar árido. Y luego está la dificultad material: la Plaza de la Seo de entonces ya no existe, como tantos otros espacios desaparecidos, la calle San Miguel, el Coso… Hacer que la gente se imagine que ahí había una feria y unos zaragozanos emocionados viendo imágenes en movimiento por primera vez tiene su miga. Para eso recurrimos a las ilustraciones de David Guirao, que además de aportar un valor artístico al documental, permiten llenar esos huecos que el material de archivo no puede cubrir.
“Siempre miramos al pasado con condescendencia. Pobre gente, que no tenía luz… Pero aquella Zaragoza pensaba en clave moderna y tenía el mismo ímpetu que nosotros para plantearse el mundo”.
P. ¿Qué te gustaría que el espectador se lleve tras ver el documental?
R. Que valore lo que tenemos. Que sienta orgullo y curiosidad por nuestra historia. Este es y ha sido nuestro objetivo desde el principio, tanto para Vicky como para mí.
P.¿Crees que Zaragoza tiene una deuda con su propio legado cinematográfico?
R. El desconocimiento de ese legado es total. Pero el problema va más allá: deberíamos plantearnos promover producciones cinematográficas desde el propio Ayuntamiento. Hay líneas de ayuda, sí, pero la dotación no tiene nada que ver con la de otras ciudades. Y no hablo solo de creación profesional, sino también de cultura de base: una asociación que quiere organizar unas jornadas de cine en un barrio se enfrenta a una burocracia que es una auténtica odisea. Si encima los recursos son tan escasos, todo se vuelve muy difícil. La Filmoteca de Zaragoza, por ejemplo: yo la he conocido con seis o siete personas trabajando en archivo y exhibición. Ahora hay una sola. ¿Qué puede hacer esa persona más que apagar fuegos? Tenemos un Velázquez guardado en un cajón y no sabemos qué hacer con él.
P.¿Qué referentes tienes en el género documental?
R. Más que referentes plásticos, tengo referentes narrativos. Me interesa especialmente cómo se aborda un tema de forma original, qué recursos se emplean, qué da unidad a la historia. En ese sentido, López Linares me parece que está en lo más alto: tiene además una visión histórica muy afín a la mía. Y aquí en Aragón hay gente haciendo cosas extraordinarias: José Manuel Leray, Mireia Ruiz, Javier Calvo, la propia Vicky. Siempre se nota cuando alguien está enamorado de su tema y lo vive con las tripas. Eso se traslada al espectador de una manera que no tiene sustituto.

P. Está siendo una semana intensa. Esta mañana participaste en las Jornadas Arte y Salud, donde anunciaste “La peli de mi vida”. ¿En qué consiste?
R. Es un proyecto de memoria audiovisual para particulares. “La peli de mi vida”. La idea es crear vídeos que recojan historias familiares, como un álbum de fotos pero en formato audiovisual. Es una forma de preservar recuerdos. Creo que en el ámbito de la memoria hay mucho por hacer y estoy convencida de que es un formato que tiene muchísimo potencial.
“Tengo un proyecto, “aragón también tiene sed”, sobre los únicos momentos en que todos los aragoneses nos hemos puesto de acuerdo, que tiene mucho que ver con el agua y la identidad aragonesa. Estamos en un momento político complicado y hay que poner las cosas en su sitio”.
P. ¿En qué otros proyectos estás trabajando ahora?
R. Estoy con un documental sobre el techo mudéjar de la Catedral de Teruel, que cumple cuarenta años de su declaración como Patrimonio de la Humanidad. Tuvimos suerte con las ayudas y ahí estamos. Y un par de proyectos más. A ver si salen. Uno se titula Aragon tiene sed, que pretende abordar los únicos momentos en los que todos los aragoneses nos hemos puesto de acuerdo, que tiene mucho que ver con el agua y con la identidad aragonesa. Me llama mucho la atención, pero no sé si lo voy a poder levantar económicamente. Ponerlo todo delante de los ojos con una mirada histórica serena yo creo que es muy interesante. Y no nos vamos a engañar: estamos en un momento político complicado, y hay que poner las cosas en su sitio.
P. Si pudieras hablar hoy con Eduardo Gimeno, ¿qué le dirías? ¿qué crees que pensaría de que alguien haya hecho una película sobre su película 125 años después?
R. Con su pragmatismo empresarial, creo que se sentiría, sobre todo, muy contento de que le reconocieran en su ciudad. Era muy zaragozano, aunque luego la vida le llevara a Madrid. Probablemente no imaginaba que aquello que empezó como un negocio acabaría siendo historia del cine. Pero tuvo intuición, y no le falló. Se sentiría orgulloso de que las primeras imágenes estuvieran ligadas a su negocio y de que aquel clan familiar fuera un momento importante para el cine español. Y luego, claro, lo que entonces era una tentativa, fíjate en lo que se convirtió. No le falló para nada la intuición. Y como tuvo la suerte de no arruinarse como productor, eso debió ser un milagro.













