Psicopedagoga nacida en Luoyang, ciudad de once dinastías, Dan Zhou llegó a Zaragoza hace 18 años casi por casualidad, atraída por los vientos de la Expo. Hoy es docente en la Universidad de Zaragoza, intérprete en servicios sociales y acaba de publicar el libro “No son cuentos chinos”, un libro que nace de diez años de observación directa en aulas, familias y contextos sociales y en el que aplica la sabiduría milenaria china. Lejos de tópicos o manuales teóricos, la obra se construye a partir de historias cotidianas que reflejan conflictos reales de la infancia: desde pequeñas frustraciones escolares hasta dilemas identitarios más profundos. Asegura que “la integración real empieza cuando desaparece la barrera del idioma”.
Zhou, que llegó a España hace casi dos décadas desde China con un visado de estudiante, ha desarrollado una trayectoria marcada por la mediación cultural y el acompañamiento educativo. Su mirada combina experiencia académica y práctica social, lo que le permite analizar con precisión fenómenos como la integración, el papel del idioma o las tensiones de la segunda generación de familias migrantes. En esta entrevista reflexiona sobre educación, identidad, estereotipos y convivencia, en un momento en el que Aragón —y especialmente Zaragoza— se consolida como un espacio de encuentro entre culturas.
PREGUNTA. ¿Cómo nace un libro titulado “No son cuentos chinos” escrito por una mujer china?
RESPUESTA. No surgió de repente. Llevo más de diez años viendo situaciones en las aulas, con niños y padres. Conflictos pequeños pero muy significativos: amistades, frustraciones, malentendidos… Todo eso se fue acumulando en mi interior. Escribir este libro es el resultado de una década de observación y reflexión. El título lo descubrí casi por casualidad. Iba contando a mis amigos españoles, con toda mi ilusión, que había escrito un libro sobre lo que pasa en los colegios, en las familias, los roces, los conflictos… Y me decían: “¡Cuentos chinos!”. Y yo: “No, no, no son cuentos chinos”. Y pensé: ese es el título.
P. Cuéntanos tu libro. ¿Entretenimiento infantil o intención pedagógica?
R. Es un libro de cuentos con enfoque psicopedagógico. Pero no es un manual, ni un libro académico, ni tampoco una simple lectura infantil. Cada capítulo es un cuento que habla de algo de la vida cotidiana de los niños: en el cole, en el patio, en casa. Tiene tres “no”: no es un manual de idioma chino, no es un libro académico de historia o cultura china, y tampoco es solo una lectura de entretenimiento. Lo que hace es conectar situaciones del día a día con la sabiduría de la filosofía china. Por ejemplo: un niño pierde su boli y está disgustado. Y el padre le dice: “Mira, en la dinastía Song, hace mil años, había un estudiante que se encontró en una situación parecida, y lo que hizo fue…”. Y el niño de repente descubre que lo que le ha pasado a él no es algo que solo le ocurre a él, que hace mil años alguien ya pasó por algo similar. Y eso le da una pequeña herramienta para pensar, para buscar su camino.
P. ¿Hay un capítulo que te resulte especialmente significativo?
R. Hay uno que habla de la filosofía de “examinarse a uno mismo tres veces al día”, que es una máxima del confucianismo. En el cuento, en clase, unos niños se critican mutuamente: “María no ha estudiado el vocabulario”, “Pues David es peor, ni ha sacado el libro”. Y la lección es: antes de criticar a los demás, mírate a ti mismo. ¿Has trabajado hoy? ¿Has dado todo lo que podías? Eso es universal. No es un valor chino que no exista aquí. Aquí también se aprecia. Al final, si somos humanos, somos más parecidos que diferentes.
El libro que he escrito, “No me cuentes cuentos chinos” tiene tres “noes: no es un manual de idioma chino, no es un libro académico de historia o cultura china y tampoco es solo una lectura de entretenimiento.
P. ¿A quién va dirigido el libro?
R. A todo el mundo. Pero si separo por edades: para los niños, quiero que cuando lean a Tariq, a Hugo, a Clara, a Katsu, piensen “esto me ha pasado a mí, esto es mi vida”. Que se sientan cerca. Y que los personajes les den una pequeña orientación. Para los padres, quiero que se asomen a lo que pasa en el cole, que muchas veces dejan a sus hijos por la mañana y ya se van al trabajo sin saber lo que ocurre en el patio. Que vean: “Ah, estos son los roces que tienen mis hijos. Es normal. También le pasó a Tariq”.
P. Ya habéis agotado la primera edición y viene una segunda. ¿Cómo está siendo la acogida?
R. Muy bien. Hicimos una presentación en la Casa de la Cultura con mucho apoyo. Hemos tenidos actividades para el Día del Libro. También en la Facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza vamos a hacer una mesa redonda esa semana. La verdad es que estoy muy contenta.
P. Naciste en Luoyang, una ciudad con once dinastías a sus espaldas. ¿Cómo se vive creciendo en un lugar así?
R. Culturalmente, nací en una tierra muy rica. Luoyang es una ciudad antigua, con una historia enorme. Mi padre es de Pekín y mi madre de Xi’an, así que tengo familia repartida por toda China. Crecí en un entorno muy diverso, con raíces muy distintas. Dentro de China también hay muchas diferencias entre provincias, mucha diversidad. Luego estudié una carrera y un máster allí, y llegué a trabajar en una universidad de Ciencia y Tecnología.

P.¿Y cómo llegaste, precisamente, a Zaragoza?
R. Quería hacer el doctorado en el extranjero y tenía varias opciones: Estados Unidos, Australia… Los destinos donde podía estudiar en inglés eran la primera opción. Tenía incluso plaza en la Universidad de Maryland, pero justo me cortaron la beca. Entonces cambié al plan B. En conferencias internacionales de investigación había conocido a un profesor de la Universidad de Valencia que me animó mucho a venir a España. Eso me abrió una ventanita. Mi padre, que siempre le llamamos el viejo sabio, me dijo: “Chica, como total vas a un país que no habla inglés, tómate un año de vacaciones, apúntate a un curso de idioma, ve en modo relajado”. Y así vine, aprovechando también el impacto de la Expo 2008 de Zaragoza.
P.¿Cómo fue llegar de China a un país y una ciudad completamente diferente?
R. Aún recuerdo mi llegada a la estación de Delicias, con un papelito preparado con la dirección escrita para dársela al taxista. Encontré una ciudad en la que si se te caía el monedero en la calle, alguien te lo devolvía. Eso me flipó. Poco a poco, empecé a defenderme con el español. Conocer el idioma es muy necesario. El idioma es la herramienta que te abre puertas y ventanas.
P.Llegas, aprendes el idioma y te quedas. ¿Hubo un momento en que dijiste “aquí me quedo”?
R. El ritmo de vida aquí es como… no digo lento, sino relajado. Y eso tiene mucho que ver con la filosofía de vida y con el estado del bienestar. Yo venía de China, donde desde que estudias tienes una identidad muy de trabajadora muy aplicada. Aquí entendí que la vida también hay que disfrutarla. Si toca descansar, descansas. Si toca vacaciones, las disfrutas. Me fui empapando de esa forma de vivir. Y con treinta y tres años conocí a mi marido. Así que aquí nos quedamos.
“La segunda generación de chinos tiene una situación mucho más complicada: ocho horas al día reciben una educación occidental y al volver a casa se encuentran con otro idioma y otra forma de pensar”
P.Tu tesis doctoral trató precisamente sobre la identidad étnica de la segunda generación de chinos. ¿Qué encontraste?
R. Es un tema apasionante porque la segunda generación de chinos tiene una situación mucho más complicada de lo que parece. Sus padres -la primera generación-a llegaron sin recursos, empezaron de cero, con muchas dificultades. Y han podido estabilizarse económicamente, dar más recursos a sus hijos. En ese sentido, los hijos han tenido más suerte. Pero cargan con una confusión de identidad muy profunda: ¿quién soy yo, a qué pertenezco? Son ocho horas al día en el colegio recibiendo una educación totalmente occidental. Y luego vuelven a casa, con otro idioma, otra forma de vivir, otra forma de pensar. Los padres de la primera generación siguen exhibiendo su modelo tradicional chino, y los hijos ya se han adaptado culturalmente al mundo español. Tienen que encontrar ese equilibrio para poder vivir entre las dos culturas..
P. Como intérprete en servicios sociales, ¿qué situaciones te has encontrado con familias chinas que no dominan el español?
R. Situaciones muy duras. Hay familias a las que llevamos acompañando nueve años. Nueve años con el mismo nivel de español. Y eso tiene consecuencias gravísimas: no manejas tu vida, dependes siempre de alguien. Pero lo más impactante es ver a un niño de diez años gestionando la factura de la luz de su familia, hablando con la empresa, haciendo de intérprete para sus padres. Un niño español de esa edad estaría jugando al fútbol en la plaza. No es culpa del niño ni de los padres, es el resultado de no haber podido aprender el idioma. Y eso genera una carga enorme sobre los menores.
“conocer el idioma es imprescindible. Sigo Viendo a niños de diez años gestionando la factura de la luz de su familia. un niño español sin ese problema está jugando al fútbol en la plaza”
P. ¿Por qué la comunidad china ha tardado tanto en abrirse lingüísticamente?
R. Porque durante mucho tiempo no lo necesitaban. La cadena del negocio chino estaba tan completa que en ningún momento había que hablar con nadie de fuera. Los productos venían de China, o de grandes almacenes de Madrid, donde también había chinos. La tienda la llevaban chinos. Los clientes podían ser de cualquier lado, pero el dependiente nunca necesitaba hablar español fluido. Era un círculo completamente cerrado. Pero eso está cambiando. Cada vez vemos más restaurantes chinos con camareros que no son chinos, más bazares con dependientes que hablan español. Conforme se rompe la barrera del idioma, la comunidad se abre. Es fundamental.
P. ¿El bullying es un problema específico para los niños chinos en los colegios?
R. Mira, yo lo veo casi al revés. El problema no es de los niños chinos, es del entorno. Hay colegios, no voy a nombrar ninguno, donde esto ocurre más. Y el trabajo no es solo del colegio, es de las familias, de la sociedad entera. Pero estamos mejorando. La gente está cada vez más normalizada viendo a alguien diferente, con diferente físico, diferente acento. Los niños pequeños reflejan exactamente la educación que reciben de sus padres, sus abuelos, su entorno. Y también me molesta cuando algunos profesores, con muy buena intención, dicen cosas como “es que los chinos son unos cracks en matemáticas”. No. Enhorabuena por tu trabajo como docente: has enseñado bien. Que tengas varios alumnos con buen nivel en matemáticas no significa que los chinos sean más listos en matemáticas. Eso también es un estereotipo.
P. ¿Qué futuro profesional están eligiendo los jóvenes de la segunda generación?
R. Hay de todo: ingeniería, medicina, comercio exterior. Tienen la ventaja de dominar dos idiomas desde la infancia y, muchos, también el inglés. Tres idiomas, con especialidades técnicas,a es un perfil muy competitivo. Aunque también hay casos de jóvenes que se acomodan en el negocio familiar. Pero eso no es algo específicamente chino, eso también pasa con chavales españoles. Y al revés: hay padres que han luchado toda su vida para tener un restaurante o un negocio potente y quieren que sus hijos lo continúen. La primera generación ya está dando el salto también: los grandes empresarios chinos de Zaragoza, los que llevan décadas aquí, ya no tienen barrera del idioma y están invirtiendo en sectores muy diversos, más allá del bazar tradicional.
Tenemos una contradicción: China predica la meditación, el taoísmo, el zen, la calma interior pero al mismo tiempo es una de las sociedades más competitivas del mundo
P. ¿Qué aporta la cultura empresarial china a una sociedad como la española?
R. Es difícil de resumir. Los valores de constancia y trabajo duro son muy marcados, eso está claro. Pero yo creo que eso está cambiando. Ya no se trata solo de trabajar muchas horas: la nueva generación de empresarios chinos está aprendiendo a calcular mejor el margen de beneficio, a ofrecer calidad, a construir un mejor modelo de negocio. Están en transición. Y luego está la velocidad. China avanza a un ritmo multiplicado. Allí si te quedas quieto, ya te han superado. Eso genera mucho estrés, sí, y hay una contradicción curiosa: es un país que predica la meditación, el taoísmo, el zen, la calma interior, y al mismo tiempo es ahora mismo una de las sociedades más competitivas del mundo.
P. Para terminar: ¿qué quisieras que se lleven los lectores de tu libro?
R. Para los niños, que se sientan reconocidos. Que piensen: “Esto me pasa a mí, no estoy solo”. Y que los personajes les den una pequeña orientación, una herramienta. Para los padres, que se asomen de verdad a la vida de sus hijos en el colegio. Y para cualquier lector, que descubra que la sabiduría china de hace dos mil años habla de las mismas cosas que nos preocupan hoy. Que somos mucho más parecidos de lo que creemos.













