Psicóloga, antropóloga y escritora, Julieta París ha construido una obra que no solo interpela la mente, sino también el alma. Su segundo libro, La belleza de la ausencia (Siglantana, 2025), propone una mirada radical: aprender a convivir con lo que no está, con lo que falta, y hallar allí una oportunidad de transformación. Con motivo de su visita a Zaragoza los días 28 y 29 de octubre, conversamos con ella sobre el vacío, el duelo, el éxito… y su propia nostalgia.
Vuelves a Zaragoza, tu ciudad natal, para presentar un libro que habla de lo que no está. ¿Qué significa para ti este regreso?
En el último capítulo del libro la palabra Volver es muy importante. Es un verbo inmenso. Por eso, volver a Zaragoza es en cierto modo volver al origen. Todavía digo “volver a casa”, aunque mi casa ya no esté en esta ciudad. Es regresar al origen. Al lugar dónde se plantó la simiente de lo que luego brotaría, aunque a varios kilómetros de distancia, y que ahora me dedico a compartir.
Tu propuesta es provocadora: mirar la ausencia no como vacío, sino como espacio fértil. ¿Cómo llegaste a esa idea?
En un primer momento el título del libro era “Lo que no es”, y así empecé a escribir, sobre lo que falta, sobre lo que no sale como una o uno planea o desea… sobre aquello que echamos de menos, y no sólo personas, si no nuestra propia salud, los hijos que no llegan, o la seguridad. Conforme iba escribiendo, iba encontrando – o más bien descubriendo- la belleza en todas esas ausencias, porque si bien la nostalgia no es siempre bella, siempre da opción a conductas bellas.
“Todos echamos de menos a alguien. Todos echamos de menos algo. Mi propuesta es: vamos a hablar de eso.”
¿Qué tipo de ausencias exploras en La belleza de la ausencia?
He escuchado a lo largo de los años a muchas personas decir que echaban de menos a alguien, pero también “esto” o “aquello”, así que me he centrado en las ausencias que más me he encontrado en consulta: echar de menos la seguridad vital, la salud, a una persona, el amor, la conexión con el otro, la alegría, el hijo no nacido, la verdad… incluso hablo de la propia ausencia. Todos echamos de menos a alguien. Todos echamos de menos algo. Mi propuesta es “vamos a hablar de eso”.
Dices que una vida llena no es necesariamente una vida plena. ¿Cómo distinguir entre lo que llena y lo que nutre?
Es muy buena pregunta porque precisamente esa es la gran confusión. Igual que no todo lo que comemos nos nutre, no todo lo que vivimos nos alimenta en lo profundo. Cuando en la vida hay un vacío, del tipo que sea, nos convertimos en personas voraces a las cuales nada les satisface. Por lo general, la gente confunde una vida llena con una vida plena, y por eso llenan sus vidas de ruidos, de cosas, de compras, o de comida… La plenitud no surge desde el vacío, si no de sentirnos completos.
En el libro hablas de “la nostalgia de uno mismo”. ¿Qué significa echar de menos a la persona que fuimos?
Significa que en algún momento del trayecto de la vida, nos perdimos. A veces nos enfrentamos a encrucijadas vitales que nos llevan por el camino equivocado – si bien al final se descubre que perderse uno es necesario para encontrarse- . Perderse a uno mismo no es tan difícil: una época de mucho trabajo. Cuidar a otros – a unos padres mayores, pero también a nuestros bebés, a un familiar o amigo dependiente, – nos lleva por un camino en el que dejamos de mirarnos, y de vernos.
“La plenitud no surge desde el vacío, sino de sentirnos completos.”
Otra idea potente que mencionas es: “¿Y si no tememos al fracaso, sino al éxito?”. ¿Puedes desarrollarla un poco más?
Existe una creencia muy compartida sobre que las personas tienen/tenemos miedo al fracaso del mismo modo que amamos el éxito. En mi experiencia como psicóloga del deporte especializada en alto rendimiento (deportistas olímpicos, e internacionales), he visto que en muchas ocasiones tememos más que las cosas vayan bien a que vayan mal. En psicología se denomina “Complejo de Jonás”, ya que es lo que le sucedió a Jonás, un profeta bíblico cuyo primer impulso fue desobedecer a Dios cuando éste le hizo un importante cargo. Si fracasamos en la vida, las cosas más o menos quedarán como están; en cambio, cuando hay éxito, son muchas las implicaciones y las decisiones a tomar, y eso creo que es lo que en última instancia tememos cuando digo que se teme el éxito.
Una frase del libro dice: “Vive, porque tú puedes. Vive por los que no pueden”. ¿Cómo se vive con esa conciencia sin caer en la culpa o la exigencia?
Porque no hablamos de rendir, hablamos de vivir. Hablamos de valorar lo que se tiene por los que no lo tienen. Hablamos de valorar este amanecer, esta oportunidad, por los que no la tienen. Cuando un ser querido, una persona amada se va, tenemos la responsabilidad de seguir viviendo, no de morir con ellos en vida.
¿Qué lugar ocupa el silencio en tu vida y en tu trabajo con pacientes? ¿Puede el silencio ser una forma de presencia?
Para mí el silencio es muy importante. También cierto tipo de música que paradójicamente me conecta con el silencio interior. Porque para mí el silencio no es únicamente la ausencia de ruido, es la ausencia de desorden, o de pensamientos. Puedo estar muchas horas en casa en silencio. En las sesiones con un paciente el silencio es en muchas ocasiones superior a cualquier palabra que podamos decir. Sostener el silencio es para mí la presencia más consistente.
“Vive, porque tú puedes. Vive por los que no pueden.”
¿Qué te gustaría que se lleve un lector después de cerrar La belleza de la ausencia?
Me encantaría que se quede con esperanza. Y que al cerrar el libro sienta un abrazo inmenso de alguien que le está diciendo – en silencio- Sé dónde has estado, porque yo también he estado ahí. Algo así.
Tu formación abarca psicología clínica, antropología, mindfulness, arte… ¿Cómo se cruzan todas esas disciplinas en tu escritura?
No puedo separarlas. No concibo una sin la otra. No imagino una psicología clínica, una psicoterapia, sin una mirada antropológica dónde el contexto de cada persona se muestra tan importante como su biología. No concibo la vida sin simbología, y el arte es un buen vehículo. Lo demás, es accesorio, pero esto es imprescindible para mí.
¿Qué hábito o gesto cotidiano recomiendas cultivar para aprender a convivir con lo que falta?
Parar al final del día unos minutos para escribir en un cuaderno; para hacer varias respiraciones conscientes. Y sobre todo, recomiendo caminar. Pasear sin rumbo, y sin prisas. Porque ahí es dónde está la vida.
Entrevista de Alfredo Cortés
















