La inversión china en España ya no se limita a comprar. Empieza a fabricar. Y esta vez, Aragón no mira el fenómeno desde fuera: está en el centro de él.
Automoción, baterías, energía y logística concentran ahora el interés de las empresas chinas en el país. En ese mapa, la gigafactoría de baterías que CATL construye junto a Stellantis en Figueruelas convierte a la comunidad aragonesa en una pieza clave de la nueva relación industrial entre España y China, y en una de las señales más claras de hacia dónde se mueve esa inversión.
Hace una década, el capital chino llegaba sobre todo a través de compras de empresas ya existentes, operaciones inmobiliarias o participaciones minoritarias. Ese patrón ha cambiado. Ahora llegan fábricas, tecnología y proyectos con vocación de permanencia.
Los datos lo confirman. Según elEconomista, la inversión china acumulada en España se ha triplicado en diez años y ronda ya los 12.000 millones de euros. El volumen es un dato. El tipo de proyecto que atrae ese dinero, otro más revelador.
El informe Chinese FDI in Spain: Global Outlook 2026, elaborado por ICEX-Invest in Spain y KPMG, va en la misma dirección: la automoción y las baterías ganan peso entre las actividades de las compañías chinas instaladas en territorio español. España ha dejado de ser únicamente un mercado donde vender coches para convertirse también en un lugar donde fabricarlos. Y dentro de ese giro, Figueruelas es ya uno de los nombres propios.
De vender coches a fabricarlos aquí
El automóvil es el ejemplo más claro. Las marcas chinas han ganado cuota en el mercado europeo a un ritmo notable en los últimos años, y el paso lógico —trasladar parte de la producción al continente— ya ha empezado.
España tiene argumentos para atraer esa producción: tradición industrial en el sector, plantas ya operativas, una red de proveedores consolidada y buenas infraestructuras logísticas. Su posición geográfica ayuda además como puerta hacia Europa, el norte de África y Latinoamérica.
Según ICEX y KPMG, esas son precisamente las razones que citan las empresas chinas: infraestructuras, plataformas logísticas, calidad de vida y buenas relaciones institucionales entre ambos países. El informe describe a España como un posible puente hacia Europa y América Latina.
Ya hay ejemplos funcionando. En Barcelona, la alianza entre Ebro Motors y Chery ha resucitado la antigua planta de Nissan en la Zona Franca. A mediados de 2026, ambas compañías habían invertido más de 150 millones de euros en su transformación, según datos de ICEX. A ese proyecto se suman ahora otros ligados al vehículo eléctrico, sobre todo a uno de sus componentes más críticos: las baterías.
Figueruelas, el punto de Aragón en el mapa
Ahí entra Figueruelas. A pocos kilómetros de Zaragoza se levanta uno de los mayores proyectos industriales con capital chino de cuantos se han planteado en España: la gigafactoría de baterías de Stellantis y CATL, con una inversión prevista de unos 4.100 millones de euros. Es una cifra que coloca a Zaragoza como pieza relevante de la futura cadena europea del vehículo eléctrico.
La elección de Aragón no es casualidad. La comunidad lleva décadas construyendo experiencia en automoción alrededor de la planta de Figueruelas y de su industria auxiliar. A eso se suma la posición logística de Zaragoza, en el eje que conecta Madrid, Barcelona, Valencia y el norte peninsular, y una disponibilidad creciente de energía renovable.
La llegada de CATL cambia algo más que la escala del proyecto. Esto ya no va solo de coches: las baterías se han convertido en una de las piezas decisivas de la competencia industrial mundial. Quien controle su fabricación —componentes, tecnología, cadena de suministro— retendrá buena parte del valor del automóvil en las próximas décadas.
Por eso Figueruelas importa más allá de Aragón. Forma parte de la carrera europea por conservar capacidad industrial frente a la transformación tecnológica del sector, en un terreno donde China lleva ventaja en buena parte de las tecnologías de movilidad eléctrica.
Una oportunidad para la industria española
El momento no podría ser más delicado para la industria europea. La transición al coche eléctrico exige inversiones enormes justo cuando los competidores asiáticos ganan cuota de mercado y capacidad tecnológica a gran velocidad.
España puede aprovechar ese contexto. Mientras otros países europeos afrontan cierres de plantas y recortes, varios fabricantes y proveedores asiáticos estudian —o ya ejecutan— proyectos en territorio español.
La oportunidad parece evidente: modernizar fábricas, sostener empleo industrial y entrar en las nuevas cadenas de valor con capital extranjero. Pero deja abierta una pregunta incómoda: cuánto de ese valor añadido se queda realmente en España.
No es lo mismo montar productos diseñados en otro país que construir un ecosistema industrial propio. El reto está en que, alrededor de las grandes plantas, crezcan proveedores locales, centros tecnológicos, ingeniería, formación especializada y empresas capaces de integrarse en esas cadenas de suministro. De eso dependerá el impacto real de estas inversiones.
España, entre China y Europa

La presencia creciente de capital chino no puede leerse al margen de la geopolítica. La Unión Europea mantiene con Pekín una relación difícil de resumir en una palabra: socio comercial, competidor industrial y rival en varias tecnologías estratégicas, todo a la vez.
La automoción eléctrica concentra esa contradicción. Europa quiere proteger su industria de la competencia china, pero necesita su inversión y su tecnología para acelerar la propia transición energética.
Que las fábricas chinas se instalen en suelo europeo cambia parte del tablero: empresas que hasta ahora exportaban desde China empiezan a producir aquí y a firmar alianzas con socios locales. España parece dispuesta a jugar esa carta.
El proyecto de SAIC Motor en Ferrol lo confirma: una inversión inicial de 200 millones de euros y capacidad para 120.000 vehículos al año. La operación ha abierto también un debate sobre seguridad, por la cercanía de instalaciones militares estratégicas, señal de que el capital chino se analizará cada vez con dos lentes distintas: la económica y la geopolítica.
De los 12.000 millones a una relación más profunda

La última década deja clara una cosa: la relación económica entre España y China está cambiando de naturaleza. La pregunta ya no es solo cuánto capital llega, sino en qué sectores se invierte, qué tecnología trae consigo y qué capacidad tiene España para convertir esa inversión en tejido productivo propio.
Para Aragón, la cuestión es muy concreta. La gigafactoría de Figueruelas coloca a la comunidad dentro de una transformación industrial de alcance mundial, y a su alrededor pueden surgir oportunidades para proveedores, empresas logísticas, centros tecnológicos, universidades y compañías especializadas en energía, movilidad y economía circular.
El éxito no se medirá por los miles de millones que invierta una gran empresa china en Aragón, sino por si esa inversión deja aquí conocimiento, proveedores y talento capaces de sobrevivirla.
Los 12.000 millones acumulados explican el crecimiento de la inversión china en España. La historia que importa de verdad —qué parte de la transición energética mundial puede fabricarse también desde aquí— acaba de empezar.

















