Reseña de El diablo, de Marina Tsvietáieva (Acantilado, Cuadernos del Acantilado, 127)
Durante décadas, el nombre de Marina Tsvietáieva ha circulado en España como una referencia casi secreta entre lectores de poesía rusa del siglo XX, lejos de la popularidad de Ajmátova o Pasternak. Nacida en Moscú en 1892, su vida quedó marcada por la tragedia europea: exilio, precariedad y un suicidio en 1941 en Yelábuga. Autora precoz e inclasificable, transitó con naturalidad entre poesía, diario, carta y prosa autobiográfica.
Acantilado ha sido clave en la difusión de su obra en castellano con títulos como Mi Pushkin, Mi madre y la música o Mi padre y su museo. Ahora suma a esta constelación la nueva edición de El diablo en la colección “Cuadernos del Acantilado” (nº 127), un relato breve que dialoga intensamente con su poesía y revela el origen de su mirada radical sobre la escritura.

Un relato desde el exilio francés
El diablo es un texto autobiográfico escrito en 1935 en un apartamento lúgubre de Vanves, en las afueras de París. Desde el desarraigo del exilio, Tsvietáieva vuelve la vista a la infancia y reconstruye el primer “encuentro” de la pequeña Marina con el diablo, en la habitación de su hermana Valeria, refugio de lecturas prohibidas. No hay argumento novelesco, sino una escena fundacional que se ramifica en recuerdos, digresiones y meditaciones sobre la fe, el miedo y el poder de las palabras.
El volumen es breve —80 páginas en rústica cosida, formato 12 × 18 cm—, fiel al espíritu de “cuaderno” de la colección. Esa brevedad no implica ligereza: el texto funciona como un destilado concentrado de la poética tsvietáieviana, en el que cada frase abre capas de sentido.
Infancia, insumisión y nacimiento de una escritora
La editorial lo presenta como una “extraordinaria evocación lírica de la infancia y de la gestación de un genio literario irrepetible”. Y en efecto, aquí la infancia no es edad inocente, sino tiempo de insumisión en germen. La niña percibe la fisura entre el Dios del deber —lejano, despótico, ligado al hábito— y el diablo, que encarna todo lo prohibido. En esa dialéctica se juega el despertar de una conciencia crítica y creativa: la libertad pasa por dudar, por entrar en la “habitación prohibida” y abrir los libros vetados.
El diablo como metáfora del lenguaje
Uno de los mayores aciertos del relato es convertir al diablo en eje simbólico del propio acto de escribir. Como señala la narradora: «Lo sé: el diablo vivía en la habitación de Valeria porque en la habitación de Valeria, transformado en armario para libros, estaba el árbol de la ciencia del bien y el mal.»
El Maligno no es figura teológica, sino fuerza de movimiento, de pregunta, de desorden fértil. Representa las palabras que tientan, que no se conforman con repetir lo ya dicho, que arrastran hacia territorios de riesgo pero también de verdad. La ambivalencia es esencial: miedo y atracción a la vez. En un pasaje memorable, la niña confiesa: «No había acción, él estaba sentado, yo de pie y… yo lo amaba.» Ese pacto demoníaco con el lenguaje define la relación de Tsvietáieva con la literatura: escribir significa aceptar que las palabras pueden llevarnos a lugares incómodos, incluso peligrosos, pero necesarios.
Aunque El diablo no alcanza la densidad ni la ambición de sus grandes poemas o ensayos como El poeta y el tiempo, funciona como un texto menor pero revelador: un manifiesto poético disfrazado de recuerdo infantil que ilumina el núcleo de su voz irreductible.
Una prosa burlona, exaltada y gélida
El estilo oscila entre una ironía casi cruel hacia los dispositivos de la fe heredada, arrebatos líricos y pasajes de frialdad analítica. Esa mezcla —burlona, exaltada, a ratos gélida— otorga al texto un tono singular, en la frontera entre el cuento autobiográfico, el ensayo y la prosa poética, perfectamente coherente con la vocación inclasificable de la autora.
La nueva edición de Acantilado: por qué ahora
Esta recuperación llega en un momento en que las editoriales independientes releen la tradición para incorporar voces femeninas que quedaron en los márgenes del canon del siglo XX. Para el lector hispanohablante, y especialmente para quienes siguen propuestas culturales desde Aragón, la edición ofrece varias capas de interés: descubrir a una autora fundamental de la modernidad rusa, acceder a un texto breve pero exigente que se lee en una tarde y se piensa durante semanas, y conectar debates actuales sobre infancia, religión y libertad de conciencia con una escritura nacida en los márgenes de la Europa de entreguerras.
Para quién es este libro
El diablo no es una lectura fácil, aunque su extensión invite a pensarlo. Es ideal para quienes se interesan por la literatura rusa del siglo XX, la autobiografía intelectual y la prosa poética que convierte la memoria en campo de batalla. También interpela a cualquiera que se pregunte por la construcción de la subjetividad en la infancia, la tensión entre discurso religioso y experiencia individual, y la función casi “demoníaca” de las palabras.
Para un magazine cultural, reseñar este libro es una invitación a ampliar el mapa: desde Aragón hacia Moscú, Vanves y Yelábuga, siguiendo el rastro de una autora que convirtió su vida —llena de exilios, pérdidas y silencios impuestos— en un laboratorio extremo de lo que la literatura puede llegar a ser.












