Durante años, el Huerva fue un río oculto. Encajonado entre muros, puentes y asfalto, atravesaba Zaragoza casi en silencio. Muchos lo cruzaban a diario sin verlo. Otros apenas sabían que estaba allí.
La naturaleza se concibe como antídoto frente al estrés urbano. La filosofía del shinrin-yoku japonés –sumergirse en entornos naturales para reducir ansiedad y mejorar el bienestar– llega al Huerva en forma de paseos lentos, zonas de sombra, rincones para sentarse y escuchar el agua
“Zaragoza no solo recupera un río, recupera una idea de ciudad. Regenerar el Huerva es mucho más que transformar un río, es transformar Zaragoza”, destaca la alcaldesa Natalia Chueca, quien sitúa esta operación entre las grandes apuestas estratégicas de la ciudad junto a la nueva Romareda y el futuro Distrito 7
En pleno siglo XXI, las ciudades son algo más que urbes, entornos urbanos, citys o ciudades. La movilidad y la sostenibilidad es ya una ecuación posible. Zaragoza, la ciudad que ha superado la barrera de los 800.000 habitantes y ocupa el quinto puesto por volumen de población, está redescubriendo el Huerva, el río que siempre ocultó bajo el asfalto, puentes y bloques de viviendas.
Al margen de las promesas políticas, de las elecciones pasadas y futuras y de las estrategias, habidas y por haber, la recuperación del río Huerva (enlace noticia anterior) cuenta con una inversión adjudicada de 31,9 millones de euros para transformar 2,5 kilómetros de cauce degradado en un importante eje de naturaleza urbana. De hecho, el más grande de toda la ciudad.
El Proyecto de Regeneración del Río Huerva, financiado con fondos europeos NextGenerationEU a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR) y articulado en alianza entre el Ayuntamiento de Zaragoza, el Gobierno de Aragón y la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO), proyecta transformar un cauce encajonado y contaminado en lo que describen como “el mayor proyecto europeo de integración urbana de una ribera fluvial desde una visión multidisciplinar”. Allá van los números: más de 31,9 millones de euros de inversión, 2,5 kilómetros de cauce transformados, 80.000 metros cuadrados revalorizados, 190.000 árboles y arbustos autóctonos plantados, ocho parques fluviales y ocho calles adyacentes reformadas para devolver la calle al peatón.

Un corredor verde en el corazón de la ciudad
Más allá de plantar árboles y habilitar senderos, el proyecto refleja la construcción de un corredor verde: una arteria viva que conecte parques, barrios y ecosistemas, favoreciendo el movimiento de fauna y flora, y ofreciendo a los zaragozanos una ruta continua de naturaleza en el interior de la ciudad.
Los expertos detallan que, en la ecología urbana contemporánea, los corredores verdes “son mucho más que zonas arboladas. Son infraestructuras ecológicas que rompen el aislamiento del asfalto, facilitan el flujo genético entre poblaciones de especies, sostienen a los polinizadores esenciales para los ecosistemas y reducen el efecto isla de calor”. En términos humanos, -precisan- “son también rutas seguras para caminar o ir en bicicleta, espacios de encuentro y calma, y un antídoto probado contra el estrés urbano”.
Los japoneses tienen una palabra para esto: shinrin-yoku, que podría traducirse como “baño de bosque”, la práctica de pasar tiempo entre naturaleza para reducir la ansiedad. La idea es un Huerva regenerado que aspira a ser ese lugar cercano donde los zaragozanos puedan parar unos minutos, respirar y volver a su día con más calma. Algo así como que la naturaleza, fragmentada durante décadas por el hormigón, vuelva a tener un camino.
Lo que el río perdió y lo que recupera
El diagnóstico de partida era grave. El cauce del Huerva a su paso por Zaragoza había sido sometido durante décadas a un proceso de degradación sistemática: estrechamiento del río, invasión de las riberas, contaminación por vertidos directos, proliferación de especies invasoras que desplazaron a la flora autóctona, y una total desconexión del espacio fluvial con la vida urbana.
La intervención proyectada e iniciada incide en estos frentes de manera simultánea: se retiran escolleras y estructuras de hormigón que alteraban el flujo natural del río, se ensancha el cauce para reducir el riesgo de crecidas e inundaciones, se construye un tanque de tormentas anticontaminación para evitar que los episodios de lluvia intensa arrastren vertidos directamente al río, se renuevan las redes de saneamiento y abastecimiento y se eliminan las especies invasoras para sustituirlas por una paleta vegetal propia del ecosistema de ribera: almeces, fresnos, álamos blancos, chopos negros, sauces, nogales, olivos, encinas, madroños, junto a frutales como membrillos, cerezos silvestres, almendros e higueras.
Cada especie, elegida para este entorno concreto, cumple una función: dar sombra, retener el suelo, depurar el agua, crear refugio para aves e insectos. Y para favorecer el retorno de la fauna, se proyecta la instalación de refugios específicos: pasos para mamíferos, cajas nido para aves, hoteles para insectos. Si durante décadas fue un desierto ecológico, el río aspira ahora a recuperar la complejidad de un ecosistema vivo.
Dos fases sin marcha atrás
El proyecto se ejecuta en dos fases. La primera -concluida en verano de 2025 con una inversión de 8,85 millones de euros- se centró en las actuaciones de base (limpieza, desbroce, apertura de accesos, construcción del tanque de tormentas y renovación de las redes subterráneas) para preparar el terreno.
La segunda fase, con un presupuesto de 23,07 millones de euros y con el horizonte de finalización a final de 2026, es el corazón visible de la transformación. En el tramo comprendido entre el Puente Blasco del Cacho y la Gran Vía se invierten 15 millones de euros; otros 8 millones corresponden al tramo final hasta la desembocadura en el Ebro. Es en esta fase donde nacen los ocho parques fluviales, donde se plantan las 190.000 unidades vegetales, donde se habilitan las sendas peatonales y ciclistas, y donde ocho calles adyacentes experimentan una metamorfosis que las convierte en espacios con clara prioridad peatonal.
Ocho parques, ocho personalidades
El proyecto prevé cinco parques de nueva creación en el primer tramo del río —Sopesens, Bruno Solano, Emperador, Goya y Catalina Salazar—, que suman 12.400 metros cuadrados de superficie, y la renovación de otros tres en el segundo tramo: Villafeliche (8.865 m²), el Parque Lineal del Huerva (36.606 m²) y la Ribera del Parque Bruil (33.420 m²). Cada uno tiene su propia lógica: el Sopesens emerge sobre el tanque de tormentas, conjugando infraestructura y naturaleza; el Bruno Solano incorpora gradas que aprovechan la topografía existente; el Emperador ofrece una gran área circular de arena para el encuentro y los eventos al aire libre; el Goya rehabilita una zona previamente abandonada; y el Catalina Salazar, el más pequeño con sus 430 metros cuadrados, se orienta especialmente a la infancia.
El resultado será un collar de espacios verdes a lo largo del río, accesibles a pie o en bicicleta, concebidos para todas las edades y todos los ritmos de vida.
Madrid Río, Cheonggyecheon en Seúl, el jardín del Turia …
Lo que está haciendo Zaragoza tiene precedentes ilustres. Madrid Río demostró que liberar el Manzanares podía reconectar barrios enteros y generar nuevas centralidades. El Cheonggyecheon en Seúl, donde se demolió una autopista para recuperar un río enterrado, bajó dos grados la temperatura urbana, aumentó el comercio local y mejoró la calidad del aire. El jardín del Turia en Valencia se convirtió en el corazón verde de la ciudad. El río Besòs en Barcelona pasó de cauce degradado a espacio natural y familiar. El río Lérez en Pontevedra, con sus plantaciones de especies autóctonas y la eliminación de invasoras, es hoy un ejemplo de calma y movilidad amable.
Zaragoza, que hasta ahora no había ejecutado una estrategia fuerte de modernización urbana verde, se suma a esa liga con un proyecto que sus impulsores enmarcan en un contexto más amplio: la ciudad ha sido seleccionada por la Comisión Europea como ciudad guía en descarbonización dentro de la Misión 100 ciudades climáticamente neutras para 2030, un objetivo que la capital aragonesa ha asumido con veinte años de adelanto respecto al horizonte global. La regeneración del Huerva es, en ese marco, una pieza clave de un rompecabezas que incluye también la electrificación del transporte urbano, la rehabilitación energética del parque de vivienda y el programa Bosque de los Zaragozanos, que ha supuesto ya la plantación de 205.000 árboles y arbustos en la ciudad.

Un río y una declaración de intenciones
Más allá de los metros cuadrados y los millones de euros, el Proyecto Río Huerva tiene una dimensión simbólica que sus promotores subrayan con insistencia. “Recuperar un río es recuperar una idea de ciudad”, señalan. “Una ciudad que entiende el espacio público como infraestructura de bienestar. Que prioriza la salud, la convivencia y la sostenibilidad sobre el coche y el hormigón. Que piensa en las generaciones que vendrán en 2045, no en la foto del presente”, en palabras de la alcaldesa Natalia Chueca.
Es también, en términos prácticos, una apuesta por la habitabilidad en un momento en que Zaragoza se prepara para un crecimiento demográfico y económico significativo. Las grandes inversiones tecnológicas anunciadas en la ciudad —más de 40.000 millones de euros en centros de datos e inteligencia artificial— traerán personas. Y las personas que eligen dónde vivir miran, cada vez más, la calidad del espacio público, la presencia de naturaleza, la posibilidad de moverse a pie o en bicicleta.
El Huerva, ese río que estuvo a punto de desaparecer bajo el cemento, lleva el nombre de sus aguas. Ur, raíz vasca que significa agua, de donde probablemente venga su nombre. Agua que vuelve a pertenecer a la ciudad.














