Cuando la revolución se vuelve contra todos
Reseña de La Revolución Cultural. Una historia popular (1962-1976), de Frank Dikötter
En agosto de 1963, Mao Zedong recibió en Pekín a un grupo de guerrilleros africanos. Uno de ellos, procedente de Rodesia del Sur, le preguntó si China acabaría traicionando también a la revolución, como, a su juicio, había hecho la Unión Soviética. Mao escuchó, dio una calada a su cigarrillo y respondió que no podía ofrecerle semejante garantía: China debía encontrar la manera de no volverse “corrupta, burocrática y revisionista”.
Tres años después, el propio Mao pondría en marcha la Revolución Cultural.
El episodio, recuperado por Frank Dikötter en el prefacio de La Revolución Cultural. Una historia popular (1962-1976), resume buena parte de la paradoja que recorre el libro. Una campaña presentada como una defensa de la revolución acabó provocando una explosión de violencia, enfrentamientos internos, purgas y destrucción cultural. Pretendía salvar el proyecto maoísta, pero terminó debilitando sus fundamentos.
La obra cierra la trilogía que Dikötter ha dedicado a la China de Mao. Después de estudiar la catástrofe del Gran Salto Adelante y los primeros años de la República Popular, el historiador neerlandés se concentra aquí en el periodo comprendido entre 1962 y 1976. No se limita a reconstruir las decisiones tomadas en la cúpula del Partido Comunista Chino: trata de seguir sus consecuencias en las escuelas, las fábricas, las aldeas y las familias.
El punto de partida es la posición cada vez más frágil de Mao después del fracaso del Gran Salto Adelante. La hambruna había dejado al descubierto el coste de sus políticas y algunos dirigentes comenzaban a considerarlo responsable del desastre. Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, entre otros, intentaron recuperar cierta normalidad económica y administrativa. Mao interpretó esos cambios como una amenaza. Temía que China siguiera el camino de la Unión Soviética después de la desestalinización y que, tras su muerte, alguien denunciara su legado del mismo modo que Nikita Jruschov había denunciado a Stalin.
La respuesta fue una nueva revolución destinada a combatir los restos de la cultura burguesa y el llamado revisionismo. Pero, detrás de esa retórica, Dikötter identifica también el deseo de Mao de recuperar el control del Partido y ajustar cuentas con sus adversarios. En su interpretación, la ideología y la ambición personal no son explicaciones incompatibles. Mao confundía su propia autoridad con el destino de la revolución: cualquier crítica dirigida contra él podía presentarse como una amenaza contra el socialismo.
Uno de los aciertos del libro está en explicar cómo una operación política cuidadosamente preparada terminó escapando al control de su impulsor. Mao recurrió a los jóvenes para atacar a los dirigentes considerados contrarrevolucionarios y animó a la población a “bombardear las sedes” del poder. Los Guardias Rojos tomaron literalmente aquellas consignas. Pronto comenzaron a enfrentarse entre sí, mientras distintos sectores del Partido utilizaban la movilización para proteger a sus aliados o eliminar a sus rivales.
La expresión “enarbolar la bandera roja para luchar contra la bandera roja” describe bien aquel laberinto. Todos decían actuar en nombre de Mao. Todos afirmaban representar la verdadera línea revolucionaria. Y, sin embargo, las facciones competían por el poder, se acusaban mutuamente y arrastraban a la población a una espiral de violencia que en algunos lugares llegó a tener rasgos de guerra civil.
Cuando el ejército intervino en 1967, no se cerró la crisis, sino que comenzó otra etapa. Los comités revolucionarios pusieron buena parte de la administración bajo control militar. Después llegaron las campañas de “reeducación”, el traslado de jóvenes al campo y nuevas purgas contra quienes habían participado en la primera fase de la Revolución Cultural. Los enemigos cambiaban de nombre —burgueses, traidores, renegados, espías—, pero la lógica permanecía intacta: cualquier palabra, relación personal o antecedente familiar podía convertirse en una prueba de culpabilidad.
Dikötter dedica una atención especial a las personas corrientes. El libro se apoya en centenares de documentos de archivo, muchos de ellos utilizados por primera vez, además de autobiografías, entrevistas, informes policiales, estadísticas de las purgas y documentos sobre la vida en el campo y en las fábricas. Esa variedad de fuentes permite corregir una imagen demasiado simple de la sociedad china como una comunidad completamente sometida y uniforme.
La población no pudo elegir libremente, pero tampoco reaccionó siempre de la misma manera. Hubo quienes participaron convencidos de estar defendiendo la revolución; quienes aprovecharon el caos para vengarse de antiguos enemigos; quienes fingieron obedecer mientras protegían sus propios intereses, y quienes intentaron pasar inadvertidos. El miedo no anuló todas las decisiones: obligó a tomarlas en condiciones extremas.

El último tramo del libro resulta especialmente revelador. A medida que la población se cansaba del caos y la represión, surgió una “revolución silenciosa”, sobre todo en el campo. Los aldeanos retomaron prácticas tradicionales, abrieron mercados ilegales, repartieron bienes colectivos y pusieron en marcha pequeñas fábricas al margen de la economía planificada. Eran gestos discretos, difíciles de organizar como una oposición política, pero suficientes para erosionar el control del Estado.
En esa consecuencia no buscada se encuentra una de las tesis más interesantes de Dikötter. La Revolución Cultural no solo dejó millones de víctimas y una profunda devastación cultural; también debilitó la economía planificada y vació de contenido buena parte de la ideología maoísta. La sociedad que Mao quería conducir hacia una forma más pura de comunismo acabó buscando, en muchos casos, caminos propios para sobrevivir y prosperar.
El libro no es una lectura ligera. Su extensión y la abundancia de nombres, campañas y episodios pueden exigir un esfuerzo considerable. En ocasiones, la sucesión de purgas y enfrentamientos produce una sensación de acumulación que resta fluidez al relato. Pero esa densidad también refleja la complejidad de un proceso que no se desarrolló de manera uniforme en todo el país.
La mirada del autor es severa y claramente crítica con Mao. No pretende construir un retrato equilibrado del dirigente, sino mostrar la responsabilidad que tuvo en la creación y prolongación de una maquinaria de persecución. Puede discutirse el peso que concede a determinados factores, pero resulta difícil negar la fuerza de su documentación y la claridad con la que conecta las decisiones del poder con sus consecuencias sociales.
Para quienes desean conocer mejor China, el libro ofrece algo más útil que una colección de datos culturales. Recuerda que una sociedad no se entiende solo por sus tradiciones, sus paisajes o su capacidad económica, sino también por los conflictos que han formado su memoria. Para empresarios, profesionales y organizaciones que mantienen relaciones con China, esta perspectiva puede ayudar a evitar miradas superficiales. No proporciona fórmulas para negociar ni reglas de comportamiento intercultural, pero sí advierte contra la tentación de convertir un país de dimensiones continentales y una historia compleja en una suma de estereotipos.
La Revolución Cultural es, en definitiva, un libro sobre el poder, pero también sobre sus límites. Mao creyó que podía utilizar a las masas para purgar a sus enemigos y rehacer la sociedad a su medida. Durante una década consiguió imponer el miedo y alterar la vida de millones de personas. Sin embargo, no pudo controlar todas las consecuencias de la campaña que había desencadenado.
La revolución que debía proteger su legado terminó contribuyendo a enterrarlo. Esa paradoja, expuesta a través de documentos y vidas concretas, convierte el ensayo de Dikötter en una lectura exigente, incómoda y muy recomendable.
Ficha del libro
Frank Dikötter, La Revolución Cultural. Una historia popular (1962-1976)*
Traducción del inglés de Joan Josep Mussarra.
Editorial Acantilado.
Primera edición: abril de 2025.
592 páginas.
ISBN: 978-84-19958-54-9.














