Guitarricadelafuente, Siloé, Ojete Calor, Ultraligera y La M.O.D.A. protagonizaron algunos de los grandes momentos de una segunda jornada que volvió a superar los 20.000 asistentes. Sonido Gallo Negro y La Plazuela pusieron ritmo a la madrugada antes de cerrar una quinta edición que alcanzó los 45.000 espectadores.
El segundo día del Vive Latino comenzó casi donde había terminado el primero: con calor, mucha gente y la sensación de que durante ese fin de semana la Expo de Zaragoza pertenecía a la música.
El sábado 5 de septiembre volvió a poner a prueba a quienes decidieron llegar pronto. El sol todavía caía con fuerza cuando comenzaron los primeros conciertos y buscar una sombra o acercarse a los puntos de agua formaba parte de la estrategia para afrontar las muchas horas que quedaban por delante. Aun así, el público fue entrando progresivamente en un recinto que acabaría reuniendo a más de 20.000 personas.
La jornada tenía por delante casi diez horas de conciertos y una programación especialmente variada. Múltipla abrió Escena VL, mientras B.V. All Stars llevó poco después el son cubano al escenario Caja Rural de Aragón. Sonaron clásicos como “Chan Chan”, “El cuarto de Tula” o “Guantanamera”, y durante un rato la explanada de la Expo pareció estar bastante más cerca del Caribe que del Ebro.
Era una buena manera de comenzar un día que iba a moverse constantemente entre géneros y generaciones.
Biznaga tomó después el escenario Ámbar con su punk-rock, mientras los oscenses El Verbo Odiado representaban la presencia aragonesa en Escena VL. Dos propuestas alejadas de los grandes nombres del cartel, pero que recordaban que una parte de la personalidad del Vive Latino continúa estando precisamente en esa posibilidad de pasar, en cuestión de minutos, de una música a otra sin demasiadas explicaciones.
Guitarricadelafuente juega en casa
Con el avance de la tarde comenzaron a llegar algunas de las actuaciones más esperadas.
Veintiuno tuvo además un gesto especialmente aragonés. Diego Arroyo recordó sobre el escenario su vínculo familiar con Zaragoza —sus padres se conocieron en la ciudad— y terminó mostrando una bandera de Aragón.
Pero si hubo alguien dispuesto a subrayar su conexión con esta tierra fue Guitarricadelafuente.
Álvaro Lafuente nació en Benicàssim, pero sus raíces familiares están en Cuevas de Cañart, en Teruel, y nunca ha escondido esa relación. En Zaragoza volvió a hacerla visible ante uno de los públicos más numerosos de la tarde.
Su música se mueve por un territorio difícil de clasificar, en el que conviven canción de autor, tradición popular, flamenco y sonidos contemporáneos. Esa mezcla funcionó especialmente bien en un festival cuya propia identidad consiste en poner a dialogar músicas que proceden de lugares diferentes.
El público respondió desde los primeros temas y el concierto fue creciendo hasta convertirse en uno de los momentos destacados del sábado. Hubo también espacio para el recuerdo de sus raíces aragonesas y para esa relación personal con el territorio que convierte sus actuaciones en Aragón en algo diferente a una parada más de una gira.
Cuando terminó, la temperatura empezaba por fin a conceder una pequeña tregua. El festival, sin embargo, estaba entrando en sus horas más intensas.
Ojete Calor convierte la Expo en una fiesta
A las nueve de la noche llegó uno de esos conciertos que resulta difícil explicar únicamente a través de las canciones.
Ojete Calor entiende el escenario como una mezcla de espectáculo musical, humor, provocación y celebración colectiva. Carlos Areces y Aníbal Gómez desplegaron su particular universo ante un público que sabía perfectamente a qué había venido.
“Mocatriz”, “Viejoven” o su versión de “Agapimú” fueron convirtiendo el concierto en un enorme karaoke. Hubo disfraces, coreografías, humor y canciones populares colándose en el espectáculo hasta difuminar la frontera entre concierto y fiesta.
En otro escenario, Esteman y Daniela Spalla proponían casi simultáneamente algo completamente diferente. El colombiano y la argentina presentaron juntos su proyecto Amorío, con una puesta en escena cuidada y una complicidad que trasladó a Zaragoza otra de las caras de la música latinoamericana contemporánea.
Esa simultaneidad explica bastante bien lo que supone recorrer el Vive Latino. Mientras miles de personas cantaban y reían ante Ojete Calor, a unos minutos andando otra parte del público asistía a un concierto de naturaleza casi opuesta.
No se puede estar en todo. Y quizá ahí reside también parte de la gracia.
Siloé reúne a una multitud
A las 22.15 llegó Siloé al escenario Ámbar.
La banda vallisoletana vive uno de los momentos más importantes de su trayectoria y la respuesta del público confirmó que su crecimiento ha dejado de ser una expectativa. Una gran cruz iluminada presidía el escenario mientras el grupo desplegaba un concierto construido para espacios de estas dimensiones.
“Quédate esta noche”, “Si me necesitas, llámame” o “Todos los besos” fueron algunas de las canciones que encontraron respuesta inmediata entre el público. También hubo una versión de “Personal Jesus”, de Depeche Mode, llevada al terreno sonoro de la banda.
Pero por encima de canciones concretas quedó la imagen de miles de personas cantando al mismo tiempo. Siloé convirtió su actuación en uno de los grandes momentos colectivos del sábado y confirmó hasta qué punto el cartel de esta edición había conseguido atraer a un público más joven sin romper la mezcla generacional que caracteriza al festival.
Después llegó Ultraligera.
El grupo madrileño cambió nuevamente el registro y llevó el concierto hacia un rock más físico. Hubo guitarras, energía y una puesta en escena que terminó conectando con uno de los elementos más singulares del Vive Latino: la lucha libre mexicana.
Los luchadores que durante el festival habían protagonizado combates en su propio ring terminaron subiendo al escenario durante la actuación. La escena podía parecer improbable en cualquier otro festival. En Vive Latino, de algún modo, tenía sentido.
México volvía a aparecer no como un simple decorado, sino como parte de la personalidad de un festival que nació allí hace casi tres décadas y que encontró en Zaragoza su única sede europea.
La M.O.D.A. y miles de voces en la madrugada

Pasada la medianoche todavía quedaba uno de los conciertos que más público esperaba.
La M.O.D.A. apareció en el escenario Ámbar después de una introducción con música de Nino Bravo y convirtió rápidamente la explanada en un enorme coro.
La banda burgalesa conoce bien los festivales y sabe cómo llevar sus canciones a espacios de estas dimensiones. “Nómadas”, “1932”, “Héroes del sábado”, “San Felices”, “La vieja banda” o “Los tiempos que vivimos” fueron sucediéndose mientras miles de brazos se levantaban frente al escenario.
A esas alturas ya pesaban las horas, el calor acumulado durante el día y los kilómetros recorridos entre escenarios. Pero todavía quedaba público dispuesto a seguir.
Y precisamente en las últimas horas aparecieron dos de las propuestas que mejor explican la amplitud musical del Vive Latino.
Sonido Gallo Negro llevó desde México su particular interpretación de la cumbia. Psicodelia, percusión, guitarras, theremin y un potente componente visual convirtieron Escena VL en una suerte de verbena latinoamericana pasada por un filtro futurista. Su repertorio incluyó incluso versiones transformadas en cumbia de canciones procedentes de universos tan diferentes como Devo, Os Mutantes o The B-52’s.
Muy cerca del final, La Plazuela tomó el escenario Caja Rural de Aragón.
El dúo granadino ha construido una propuesta en la que el flamenco dialoga con funk, electrónica y ritmos contemporáneos. A las dos de la madrugada ya no hacía falta convencer a nadie de nada. Quienes seguían allí habían decidido llegar hasta el final y el concierto encontró un público dispuesto a agotar las últimas energías del fin de semana.
Era un cierre bastante coherente para un festival que durante dos días había hecho de la mezcla su principal argumento.
Una edición de récord
Cuando terminaron los últimos conciertos, el Vive Latino cerraba también su primer ciclo de cinco ediciones en Zaragoza.
Y lo hacía con cifras que muestran hasta qué punto ha cambiado el festival desde su llegada a la ciudad en 2022.
La edición de 2026 alcanzó los 45.000 asistentes entre las dos jornadas, la cifra más alta de su historia en Zaragoza. Por primera vez se agotaron los 15.000 abonos disponibles y también las entradas de día, completando el aforo del festival.
La repercusión volvió a sentirse fuera de la Expo. La ocupación hotelera superó el 80% y las primeras estimaciones municipales sitúan alrededor de ocho millones de euros el impacto económico de esta edición en Zaragoza.
Pero los números cuentan solo una parte.
Durante dos días, por los tres escenarios pasaron artistas españoles, mexicanos, argentinos, colombianos, venezolanos y cubanos junto a músicos aragoneses. Hubo rock, pop, cumbia, flamenco, son cubano, electrónica, punk y canción de autor. Hubo veinteañeros esperando a Siloé y espectadores con varias décadas de conciertos a sus espaldas cantando a Loquillo. Julieta Venegas hizo viajar al público a México el viernes y Sonido Gallo Negro volvió a llevarlo allí en la madrugada del domingo.
Esa mezcla quizá sea la mejor explicación de por qué Vive Latino ha encontrado sitio en Zaragoza.
Cinco ediciones después, el festival ya no parece un acontecimiento importado que aterriza durante un fin de semana en la ciudad. Forma parte de su calendario cultural y ha construido un público propio.
A las últimas horas del sábado, cuando La Plazuela y Sonido Gallo Negro mantenían todavía en movimiento a quienes se resistían a marcharse, la Expo comenzaba lentamente a vaciarse.
Habían pasado dos días, más de treinta artistas y 45.000 asistentes.
Zaragoza cerraba así el Vive Latino más multitudinario de su historia.



















