Carmen Mola: «La realidad es muchas veces demasiado gratuita para una novela».

Con Los huérfanos, Carmen Mola cambia de tercio. Después de cinco novelas alrededor de Elena Blanco, el trío de autores desplaza la mirada y construye una historia protagonizada por delincuentes, familias criminales y personajes marcados por heridas que vienen de muy lejos. Belfast, Marbella, Puerto Banús o Soto del Real dibujan un territorio donde el bien y el mal dejan de tener fronteras nítidas.

El título de la novela que presentáis es Los huérfanos, pero en realidad estamos ante una novela atravesada por distintos tipos de familia: la de sangre, la que elegimos, la que forman esos tres chavales e incluso las propias organizaciones criminales que funcionan como familias. ¿Se puede ser huérfano también dentro de una familia?

Antonio Mercero. Te puedes sentir huérfano en familia, desde luego. La familia es fuente de conflictos y de mucha infelicidad para mucha gente. Para otra no, para otra refugio, amor, hogar, consuelo y todo lo que quieras, pero la familia se puede volver en tu contra y en muchas situaciones lo mejor es alejarse de ella.

En este caso, el título es por huérfanos reales. Esto no hay duda, nos gusta el título, suena muy bien. Casi la primera imagen de esta novela es el gélido orfanato de Belfast. Y bueno, estos tres irlandeses que son compañeros de penalidades en ese orfanato, y en los años posteriores también, deciden marcharse a Marbella para prosperar. Ya desde el capítulo uno le queremos lanzar al lector el primer interrogante de qué van a ser capaces estos tres huérfanos tan cargados de rabia hacia la sociedad.

La familia es fuente de conflictos y de mucha infelicidad para mucha gente

Antes incluso de abrir el libro, hay una protagonista que nos recibe desde la portada: la rata. Esta que nos acaricia a todos… ¿Cómo surge esa imagen?

Antonio Mercero. ¿Nos acaricia o nos mordisquea? [risas]

Las dos cosas… no sabemos muy bien qué hace la rata.

Agustín Martínez. Esto es propuesta de la editorial. El departamento de diseño de la editorial nos lanzó esta propuesta y la verdad es que desde el primer momento nos enamoró. Otras veces las portadas cuesta más encajarlas en la novela y esta nos gustó muchísimo. Por un lado, porque cambiaba un poco el tercio. Veníamos de hacer toda la serie de Elena Blanco, que ya tiene unas portadas muy concretas, con figuras geométricas y todo eso. Y esto es como un nuevo comienzo para Carmen Mola, un cambio de tercio, y queríamos que eso estuviera también en la portada.

Los colores son muy potentes, el azul, el rosa. Llama mucho la atención en la librería, que es muy complicado con todo lo que hay, que una portada llame la atención. Y luego, la rata, esto fue una decisión del departamento de diseño, tenemos la sensación de que se va a convertir en un elemento icónico dentro de la novela, porque lo primero que te habla la gente de esta novela es de la escena de las ratas, entonces está bien que la gente vaya avisada.

Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero

Habéis contado que determinadas noticias de prensa os han servido como punto de partida. ¿Qué tiene que tener una noticia para que Carmen Mola piense: aquí hay una historia?

Antonio Mercero. Tiene que estar relacionada con el tema nuestro de exploración. Cuando decides que vas a situar la historia en Marbella, pues ya todas tus antenas están súper atentas y activas para cazar cualquier comentario sobre el crimen organizado en Marbella. Es verdad que cada semana hay un par de piezas por lo menos en los periódicos, puedes ir sacando de ahí. No todo puede estar en la novela, pero de pronto alguna cosa sí… vas cogiendo mucho. Yo creo que es la novela que bebe más de la realidad de todas las nuestras, de los periódicos. Y luego ya lo demás lo ponemos con documentación, de hablar con la Guardia Civil para ver el otro lado, ver cómo trabajan y cómo se enfrentan a este problema gordo que tienen en Marbella. Y luego el autor añade esa pizca, o esa parte de imaginación, de sensibilidad propia para crear un mundo creíble, un universo creíble, que es donde sucede todo este dramón familiar y toda esta historia.

¿Os ocurre alguna vez lo contrario? ¿Encontraros con hechos reales que no podéis incorporar porque, paradójicamente, no resultarían verosímiles en una novela?

Agustín Martínez. La verosimilitud es siempre una frontera entre ficción y realidad. El problema que suelo ver cuando queremos pasar cosas de la realidad a la ficción es que muchas veces la realidad es súper gratuita. Suceden cosas sin aparente explicación y en una novela uno necesita que exista una lógica, que los hechos te vayan llevando a ese suceso. A veces hay sucesos que pasan de manera inexplicable y que te llaman mucho la atención, pero claro, no hay manera de encajarlos en una ficción porque no tienen esa lógica narrativa.

Nosotros lo que queremos es que el lector haya un momento en que piense: ¿Yo haría eso si me hubiera pasado lo que a él?

Después de cinco novelas con Elena Blanco, en Los huérfanos giráis el punto de vista y colocáis “la cámara” en el otro lado.

Jorge Díaz. Las novelas de Elena Blanco eran, por decirlo así de una manera muy simple, novelas de policías y ladrones. Los policías por un lado, los asesinos por el otro, y unos tenían que cazar a los otros. Después dijimos: ya hemos hecho cinco novelas así y hay muchas novelas así. Dentro de la novela negra hay gente muy buena escribiendo, hay mucha gente escribiendo novela negra y cada vez que haces algo tienes que buscar un nuevo enfoque.

Y entonces buscamos el enfoque de: no tenemos policía, todos nuestros personajes son delincuentes, malos, malvados, como queramos llamarlos. Pero tampoco queremos que sean malos de una pieza, de los que se levantan por la mañana y son malos, matan a alguien, acarician al gatito, matan a otro y se van a dormir. No queríamos eso. Queríamos que nuestros personajes estuvieran en esa frontera porosa entre el bien y el mal. Son personas normales, no son psicópatas, son personas normales que se dedican a algo anormal e ilícito.

Nosotros lo que queremos es que el lector haya un momento en que piense: ¿Yo haría eso si me hubiera pasado lo que a él?

¿Qué os han permitido estos “malos” que no os dejaban hacer “los buenos”? ¿Tiene algo de liberador?

Antonio Mercero. Es un enfoque diferente. Lo liberador, si acaso, es que no tienes el corsé de la investigación policial. Eso marca mucho el procedimental: voy a tomar declaración a este testigo o a este sospechoso, voy a ver las pruebas de autopsia… Hay una serie de capítulos obligatorios cuando el punto de vista es policial. Aquí es más libre. Puedes contar la vida de las familias que pululan por Marbella, las familias del crimen organizado, con libertad. Puedes escoger qué momentos muestras. En eso sí hay algo liberador, como más libre la narración, la estructura de la novela.

Pero por lo demás, yo me los tomo como personajes iguales, los malos que los buenos, me da igual. Son seres humanos y hay que encontrarles su fragilidad, su humanidad, como a todo el mundo, como a todo personaje.

Hay una frase que está acompañando la promoción del libro: «Hay heridas que no se cierran y de ellas nacen los monstruos». En Los huérfanos hay personajes muy dañados, pero también personajes que hacen mucho daño.

Agustín Martínez. Está todo conectado en esto que estamos hablando de que los personajes que nosotros creamos queremos entenderlos, no justificarlos, pero sí entenderlos y entender por qué hacen las cosas que hacen. Eso te lleva a hablar del pasado y a entender un poco su camino. Y es verdad que hay un punto de conexión en los tres personajes principales, o las tres familias principales, que es la infancia. Nos parece que en la infancia las heridas posiblemente son más profundas que en cualquier otro momento de tu vida y que te marcan de manera definitiva.

Los huérfanos son una familia, aunque no sea una familia de sangre. Ellos se crían en un entorno muy hostil, en un orfanato donde sufren malos tratos, donde sufren violaciones y donde la persona que debería cuidar de ellos en realidad los está torturando. Eso a cualquiera le lleva por un camino muy equivocado. Esto pasa mucho con gente que ha sufrido historias así en la infancia. Si el lenguaje que tú tienes a tu alrededor es un lenguaje de violencia para sobrevivir, tú multiplicas ese lenguaje de violencia, usas la violencia para poder escapar de la violencia que tienes encima.

Y este es el camino de los huérfanos, que arrancan siendo víctimas. Son tres niños solos en un orfanato donde sufren abusos y prácticamente al final del capítulo te das cuenta de que se han convertido en monstruos, en verdugos, para poder liberarse de ese yugo. Esto no es que los justifique, no es que con esto estemos diciendo: «No, pobrecitos, es normal que hagan lo que hacen», sino que cuando lo hacen entiendes cómo han llegado a ese punto.

Esa idea de la herencia familiar está muy presente también en Laura Pastor. Llega un momento de la vida en el que todos nos preguntamos cuánto nos parecemos a nuestros padres, para bien o para mal.

Jorge Díaz. El viaje de la novela es que la protagonista, Laura Pastor, vive un acontecimiento muy catastrófico en su vida, que es darse cuenta de que su padre es un monstruo. Entonces ella no lo entiende y se construye a sí misma no en función de lo que ella es, sino en función de la oposición a su padre. Su padre es un narcoabogado, ella va a ser fiscal. Su padre está metido en el mundo del crimen, ella va a combatir el mundo del crimen. Su padre está en Marbella, ella va a estar en Madrid.

Sin embargo, nuestra obligación como escritores es ponerla en la peor situación posible. ¿Cuál es la peor situación posible para Laura? Volver a Marbella. Al volver a Marbella se va dando cuenta de que estos veinte años que ha pasado fuera han sido como que ella se estaba engañando a sí misma. Hay muchas cosas en las que ella piensa como su padre, hay muchas cosas en las que ella reaccionaría como ha reaccionado su padre.

Y ese es su viaje, ver que a lo mejor el amor por la familia está por encima del empeño que tiene de separarse de ella, de la familia que ha tenido siempre, y que a lo mejor su sitio está más cercano a los Pastor en Marbella que a la Audiencia Nacional en Madrid. Y lo ve con pavor y se tiene que resistir a eso también. Si lo conseguirá o no… ahí ya hay que leerse la novela [risas].

La hermana Mei parece un personaje muy Carmen Mola. Una mujer pequeña, aparentemente discreta, y sin embargo es quien “corta el bacalao”. ¿Cómo nace?

Antonio Mercero. Es curioso porque es un personaje que entra en la novela a última hora. En un principio teníamos a una mujer italiana en esa figura, por el tópico de las películas de mafiosos, siempre es un italiano.

Pero nos dijeron los de la Guardia Civil de Marbella que los italianos no pintan mucho en el tablero ahora mismo. En otros lugares, por supuesto que sí, pero no en Marbella. En cambio, los chinos eran los dueños del dinero, eran el banco. Las mafias chinas eran el banco en la sombra, y era una figura que podíamos considerar meter. Nos pareció más original meter a una china en lugar de la italiana y ya la construimos a la contra de lo que se puede esperar del personaje, realmente es la puta ama del crimen organizado.

Es una mujer pequeña que desconoce la coquetería, que viste de forma más o menos desaliñada o al menos muy sencilla, que es ludópata y que juega a las máquinas tragaperras y que recibe en la trastienda de su bazar, donde pasa el día. Por supuesto, es la cabeza de dragón de una tríada china, es una mujer muy poderosa y detrás de su sonrisita y de la tacita de té con la que te agasaja se esconde una mujer muy cruel y muy poderosa ante la que se inclinan todas las familias de Marbella.

El personaje yo creo que es muy guay, nos gusta mucho, que desde ese lado discreto se pueda tener aterrorizado a todo el crimen organizado de Marbella.

Los escenarios están definidos desde el principio con muchísima precisión: Belfast, Marbella, Puerto Banús, Soto del Real… ¿Qué os aporta situar la ficción en lugares tan reconocibles?

Agustín Martínez. Yo creo que eso es una conexión entre la ficción y la realidad y al lector le ayuda y a nosotros también nos ayuda ubicar las historias en lugares muy concretos. Nos ayuda a imaginar qué es lo que está sucediendo porque esa realidad concreta también está aportando a la ficción. Puerto Banús para nosotros es muy importante, esa pasarela de coches de lujo y de yates… los mafiosos que están paseándose por ese puerto pesan mucho en la propia ficción. Esto lo hemos hecho también desde el principio. Nuestra primera novela ha estado también muy conectada con Madrid. La novia gitana es una saga que luego viaja pero tiene una conexión especial con Madrid.

Y nos ha pasado algo maravilloso, que esto me parece como el mejor regalo que nos han hecho en la ficción, y es que haya gente que vaya a la Plaza Mayor de Madrid y mire los balcones pensando dónde vive Elena Blanco. Ese cruce entre la ficción y la realidad a mí me parece muy bonito, cómo de repente los lugares pueden cobrar otro significado gracias a una ficción. Y por eso nosotros también en Los huérfanos estamos jugando a lo mismo, esa conexión entre realidad y ficción.

Hablando de lugares que se convierten casi en personajes, ¿hay algún rincón de Aragón que haya llegado ya al universo de Carmen Mola?

Jorge Díaz. Creo que la única referencia que Carmen Mola tiene a Aragón es que en La novia gitana hay un momento, al final de la novela, en el que Elena Blanco tiene que viajar a Aliaga, en Teruel.

Agustín Martínez. Y en Las madres vienen a Zaragoza, a la urbanización esta de americanos, San Lamberto.

Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero

Escribir a seis manos sigue siendo una de las grandes singularidades de Carmen Mola. ¿Cómo funciona realmente vuestro proceso de creación?

Antonio Mercero. Como un equipo de guionistas, que era la gracia del origen de Carmen Mola, escribir novelas con las herramientas, con el sistema de trabajo que ya teníamos. Reunirnos en una habitación y hablar de la novela entera. Personajes, tramas, giros, qué va a pasar en cada capítulo. Cuando tienes ya una escaleta exhaustiva de cada capítulo, repartir el trabajo e ir a casa a escribir.

Después de tantos años juntos, ¿sabéis ya reconocer inmediatamente la voz de Carmen Mola? ¿Podéis leer algo y pensar: «Esto Carmen Mola no lo diría»?

Antonio Mercero. Sí, lo tenemos claro. Sabemos cómo escribe Carmen Mola y sabemos lo que chirría, eso es lo que se extirpa en las reescrituras.

¿Y después de Los huérfanos?

Agustín Martínez. ¿Descansar? [risas]. Nosotros hemos hecho un cambio de tercio que nos parece importante, la apuesta por Los huérfanos, y entonces creo que ahora es el momento de escuchar a los lectores. Lleva muy poquito tiempo en las librerías y lo que nos apetece es recibir el feedback de la gente que está leyéndolo, que conozcan a Laura Pastor, a todo este mundo de personajes que hay a su alrededor, y a partir de ahí veremos por dónde tiramos.

Es verdad que es un universo que nos gusta mucho, que hemos disfrutado mucho construyéndolo y que es una novela que deja una puertita abierta. Es un universo desde el que se podrían seguir colgando más historias y que nos gustaría, si se da la ocasión y a la gente le gusta, poder hacer más.

Estamos rodeados de jóvenes que están empezando a escribir. ¿Qué consejo les daríais?

Jorge Díaz. A los jóvenes escritores decirles que hay que escribir, que hay que escribir mucho, que hay que leer mucho, que hay que moverse mucho y que hay que confiar en la suerte, porque al final la suerte es casi tan importante como el talento. Lo más importante es el trabajo. Después yo creo que va el talento y luego la suerte. Alguien sin mucho talento, pero mucho trabajo, puede salir adelante. Sin suerte es imposible.

——

Al terminar la conversación me queda la sensación de que en Los huérfanos Carmen Mola ha cambiado el punto de vista sin abandonar algunas de sus obsesiones, como la violencia, la familia, las heridas que arrastramos y esa frontera, mucho menos nítida de lo que nos gustaría, entre víctimas y verdugos. La realidad aporta buena parte del escenario pero necesita pasar por el filtro de la ficción para adquirir una lógica que no siempre tiene fuera de los libros. Quizá por eso resulte tan sugerente esa idea que atraviesa la conversación y es que a veces la realidad es demasiado gratuita para una novela.

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