EEUU y China se reparten el nuevo mapa de la inversión en Iberoamérica

EEUU conserva una amplia ventaja inversora en América Latina y el Caribe, mientras China avanza en minería, automóvil e infraestructuras. La competencia entre ambas potencias está transformando el mapa económico regional.

Estados Unidos continúa siendo el mayor inversor extranjero de América Latina y el Caribe, pero el capital chino gana terreno en sectores estratégicos como la minería, el automóvil y las infraestructuras logísticas. La competencia entre las dos potencias está modificando las prioridades de inversión en una región clave por sus recursos, sus mercados y su posición en las cadenas globales de suministro.

Estados Unidos mantiene una ventaja considerable sobre China como inversor en América Latina y el Caribe, pero observar únicamente el volumen total de capital ofrece una imagen incompleta de lo que está ocurriendo. Mientras las empresas estadounidenses conservan una presencia mucho más amplia y diversificada, el capital chino ha avanzado con rapidez en sectores especialmente estratégicos, desde los minerales necesarios para la transición energética hasta la fabricación de automóviles y las grandes infraestructuras logísticas.

Un estudio publicado este verano por el Atlantic Council permite observar esa transformación a partir de dos décadas de proyectos de inversión extranjera directa greenfield, aquella destinada a crear nueva capacidad productiva mediante nuevas instalaciones o ampliaciones. Según sus cálculos, Estados Unidos ha invertido una media anual de 28.700 millones de dólares entre 2003 y 2025, una cifra que aumenta hasta 32.900 millones anuales si se toma como referencia el periodo comprendido entre 2020 y 2025.

La posición estadounidense sigue siendo dominante. Ningún otro país ha mantenido durante las últimas dos décadas una inversión de semejante escala y continuidad en la región. Pero China ha acelerado considerablemente desde una base mucho menor. Su inversión greenfield pasó de 4.000 millones de dólares en 2020 a 20.300 millones en 2023, antes de moderarse hasta 8.800 millones en 2024. El informe calcula que el crecimiento medio anual entre 2020 y 2025 alcanzó el 70%.

La comparación requiere cierta cautela porque estas cifras proceden de proyectos anunciados y no equivalen necesariamente al capital que finalmente ha sido desembolsado. Aun así, permiten identificar con bastante claridad hacia dónde se dirigen las prioridades empresariales de las dos grandes potencias.

Dos estrategias y una misma región

La inversión estadounidense se concentra cada vez más en energía y economía digital. Entre 2020 y 2024, los proyectos energéticos alcanzaron una media anual de 12.600 millones de dólares, aproximadamente el doble de los niveles registrados durante buena parte de las décadas anteriores. Solo en 2024 llegaron a 18.900 millones, impulsados por grandes inversiones en petróleo y gas, especialmente en Guyana, y por proyectos renovables en Brasil y México.

Las infraestructuras digitales han seguido un camino parecido. La inversión estadounidense en este ámbito pasó de unos 4.000 millones anuales a mediados de los años 2000 a una media de 8.500 millones entre 2020 y 2024. Los centros de datos y los servicios en la nube de las grandes tecnológicas estadounidenses han convertido este sector en uno de los principales destinos del nuevo capital.

China presenta un mapa diferente. Sus inversiones han crecido especialmente alrededor de los recursos naturales y de determinadas cadenas industriales. La minería es probablemente el ejemplo más claro: entre 2020 y 2024 la inversión china en nuevos proyectos mineros latinoamericanos promedió 2.900 millones de dólares anuales, frente a apenas 200 millones procedentes de Estados Unidos.

La diferencia resulta especialmente relevante en un momento de creciente competencia internacional por minerales críticos. América Latina dispone de importantes reservas de cobre, litio y otros recursos necesarios para las baterías, las energías renovables, la electrónica y numerosas industrias tecnológicas. El propio Atlantic Council reconoce que existe una distancia considerable entre la importancia estratégica que Washington concede a estas cadenas de suministro y la inversión estadounidense que realmente llega al sector minero de la región.

El automóvil muestra otra transformación. Estados Unidos partía de una ventaja de más de cuatro a uno sobre China a mediados de los años 2000, pero esa distancia prácticamente desapareció en 2024. Las medias móviles utilizadas por el estudio situaban entonces la inversión china en unos 2.600 millones de dólares y la estadounidense en torno a 2.500 millones. La expansión internacional de los fabricantes chinos de vehículos eléctricos, especialmente hacia Brasil y México, explica buena parte del cambio.

También las infraestructuras de transporte muestran hasta dónde puede llegar el capital chino cuando aparece una oportunidad estratégica. Hasta 2018 la presencia estadounidense en transporte y almacenamiento era claramente superior, pero China aceleró posteriormente sus inversiones y llegó a sobrepasarla temporalmente. El caso más visible es el puerto peruano de Chancay, desarrollado por la china COSCO Shipping con una inversión estimada por el Atlantic Council en 3.500 millones de dólares.

México y Brasil concentran el capital

La competencia entre Washington y Pekín tampoco se distribuye de manera uniforme por el continente. México y Brasil continúan ejerciendo una enorme capacidad de atracción sobre los inversores, mientras otras economías reciben cantidades mucho menores.

México y Brasil absorbieron conjuntamente el 63% de toda la inversión greenfield estadounidense registrada desde 2003. Si se añade Guyana, cuya explotación petrolera ha atraído grandes proyectos energéticos, la concentración se aproxima al 70%. México combina el tamaño de su mercado con la proximidad a Estados Unidos y su integración productiva norteamericana, mientras Brasil ofrece uno de los mayores mercados del continente y Guyana se ha convertido en un nuevo polo energético.

China también dirige una parte importante de sus inversiones hacia Brasil y, cada vez más, hacia México, pero muestra una presencia proporcionalmente mayor en países ricos en minerales como Perú y Argentina. Esa diferencia ayuda a explicar por qué hablar simplemente de una carrera por invertir más puede resultar engañoso. La cuestión decisiva es dónde se invierte y qué posición proporciona ese capital dentro de las cadenas de suministro.

Incluso el tradicional liderazgo estadounidense en economía digital comienza a encontrar competencia. El informe del Atlantic Council destaca el anuncio realizado en 2025 por ByteDance, propietaria de TikTok, de una inversión de 40.000 millones de dólares en un centro de datos en Brasil. El tamaño excepcional del proyecto distorsiona las cifras anuales y no permite hablar todavía de un cambio estructural, pero demuestra la capacidad de las grandes compañías chinas para competir también en uno de los terrenos donde las estadounidenses han disfrutado de mayor ventaja.

Una competencia que Iberoamérica puede aprovechar

La inversión estadounidense conserva algunas características difíciles de replicar únicamente mediante grandes proyectos. El estudio calcula que entre 2016 y 2025 generó alrededor de 3.091 empleos por cada 1.000 millones de dólares invertidos, un 65% más que la inversión china y un 22% más que la procedente de la Unión Europea. Las compañías estadounidenses destacan además por su presencia en actividades intensivas en conocimiento y por dedicar una proporción mayor de sus inversiones regionales a investigación y desarrollo.

Eso no convierte automáticamente un origen del capital en mejor que otro. La composición sectorial determina buena parte del impacto económico de una inversión y las necesidades varían enormemente entre países. Una mina, un puerto, una fábrica de automóviles, un centro de datos o una empresa de servicios generan efectos diferentes sobre empleo, proveedores locales, tecnología y productividad.

La CEPAL lleva tiempo insistiendo precisamente en esta cuestión. América Latina y el Caribe necesita no solo atraer más inversión extranjera, sino conseguir que esa inversión contribuya al desarrollo productivo, incorpore tecnología, genere capacidades locales y ayude a transformar la estructura económica de los países receptores.

La creciente competencia entre Estados Unidos y China puede ofrecer oportunidades en ese sentido. Washington busca reforzar cadenas de suministro más próximas y reducir determinadas dependencias estratégicas, mientras Pekín necesita materias primas, mercados e infraestructuras que acompañen la expansión internacional de sus empresas. América Latina dispone de recursos naturales, grandes mercados, capacidad industrial y una posición geográfica que interesa a ambos.

El nuevo mapa de la inversión se está dibujando, por tanto, tanto por volumen como por sectores. Estados Unidos conserva una posición dominante y una presencia empresarial construida durante décadas, pero China ha conseguido ganar posiciones relevantes allí donde confluyen recursos naturales, movilidad eléctrica e infraestructuras estratégicas. Para los países iberoamericanos, la cuestión no será únicamente decidir de dónde procede el capital, sino aprovechar la competencia entre ambos para atraer inversiones que generen mayor valor dentro de sus propias economías.

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