Durante mucho tiempo hemos tratado familia y empresa como dos mundos distintos y no interrelacionados.
La empresa parece solo pertenecer al ámbito de los socios, los contratos, las inversiones, la fiscalidad y la gestión. La familia, por el contrario, al de los matrimonios, los divorcios, las herencias o las relaciones entre padres e hijos.
Falso.
En la práctica, familia y empresa se cruzan constantemente. Y, cuando lo hacen, las consecuencias pueden ser más que relevantes.
Pensemos en una empresa creada durante el matrimonio. Unas participaciones adquiridas antes de casarse cuyo valor crece de forma extraordinaria después. Dividendos que se reinvierten en la compañía. Préstamos entre socios y sociedad. Inmuebles familiares vinculados al negocio. Avales personales. Hijos que se incorporan como trabajadores a la empresa. Cónyuges que participan, directa o indirectamente, en la actividad empresarial.
Mientras todo funciona, nada de esto parece especialmente problemático y tendemos a olvidarnos de ello.
El problema aparece cuando algo cambia. Cuando esa aparente estabilidad se rompe por un divorcio, un fallecimiento, una sucesión, una disputa entre hermanos o un conflicto Intergeneracional pueden alterar de manera profunda una estructura empresarial que hasta entonces parecía perfectamente estable.
Una crisis familiar mal anticipada y mal gestionada puede afectar a la propiedad, al control, a la liquidez, a la sucesión y, en último término, a la propia continuidad de la empresa.
Y, por favor, no caigamos en el error de pensar que ello únicamente afecta a grandes fortunas.
En España predominan los empresarios, profesionales, autónomos y pequeñas y medianas empresas cuyo patrimonio personal y empresarial se ha construido durante años de forma paralela.
En todos ellos existe una cuestión que muchas veces pasa inadvertida: solemos planificar mucho mejor la empresa que la familia.
Nos preocupamos de crear sociedades, ordenar la fiscalidad, contratar seguros, proteger activos o diseñar una estrategia empresarial. Sin embargo, dedicamos mucha menos atención a cuestiones que pueden resultar igualmente decisivas: el régimen económico matrimonial, las capitulaciones matrimoniales, los pactos prenupciales, la sucesión, los protocolos familiares o las consecuencias patrimoniales de determinadas decisiones adoptadas dentro de la pareja o de la familia.
Y cuando nadie ha pensado previamente en ello, el conflicto llega normalmente en el peor momento posible. ¿No es cierto?
Entonces el problema ya no consiste únicamente en determinar quién tiene razón.
Consiste también en evitar que un conflicto destruya valor empresarial o incluso la propia familia en sí.
Ese será precisamente el punto de partida de esta columna.
Analizaremos qué ocurre con una empresa en caso de divorcio; cómo afectan los regímenes matrimoniales a las participaciones sociales; qué sucede cuando varios herederos reciben una compañía; cómo pueden prevenirse los conflictos entre generaciones; qué utilidad tienen unas capitulaciones o un protocolo familiar; cómo se valora una empresa dentro de una liquidación patrimonial; o qué riesgos aparecen cuando familia, patrimonio y negocio se mezclan durante demasiado tiempo sin una estructura jurídica adecuada.
No se trata de convertir cada relación familiar en un contrato.
Se trata de entender que determinadas decisiones familiares tienen consecuencias económicas y empresariales y que, precisamente por ello, deben ser previstas.
La experiencia demuestra que muchos de los conflictos más complejos no nacen de una mala decisión tomada durante una crisis.
Nacen de decisiones que nadie tomó cuando todo iba bien.
Familia y empresa tienen, además, algo en común: ambas nacen normalmente con vocación de permanencia.
Por eso, quizá una de las mejores formas de protegerlas sea pensar también qué ocurrirá si algún día sus caminos dejan de coincidir.




















