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18 abril 2024

Félix Teira: “Quise ser testigo de mi época y contar la verdad”

Entrevistamos a Félix Teira Premio de las Letras Aragonesas. Con su escritura, Teira siempre ha buscado reflejar la realidad social y ser testigo de su tiempo. Ahora ha sido reconocido con el Premio de las Letras Aragonesas y aprovechamos la ocasión para charlar con él sobre su literatura.

Félix Teira Cubel (Belchite, 1954), escritor y profesor, acaba de ser reconocido con uno de los galardones literarios más prestigiosos de Aragón. El jurado le ha otorgado el Premio de las Letras Aragonesas “por su gran calidad y sólida trayectoria literaria, que aúna espíritu crítico y sensibilidad social gracias a su profunda dimensión humana, sabiendo confrontar los dilemas morales de la actualidad con la creación, y habiendo ganado al cabo de los años tanto el aprecio del público como el respeto del sector profesional librero y editorial aragonés”.

Enhorabuena por el Premio de las Letras Aragonesas. ¿Cómo estás viviendo este momento?

Los premios siempre se reciben con agradecimiento, te confortan pero a cierta edad los vives con cierto escepticismo. Estoy agradecido, voy a entrar en el cuadro de honor de gente que admiro, Martínez de Pisón, José María Conget, Ana Alcolea… Estar en el mismo cuadro de honor me hace estar orgulloso, pero todo con cierta calma. Hay unas edades en las que se vive todo con más sosiego.

Este ha sido el último reconocimiento pero recientemente también has recibido el premio Imán en la gala anual de la Asociación Aragonesa de Escritores y el Premio Artes y Letras de Heraldo de Aragón, en la modalidad de Literatura.

Este año está la cosa sembrada. El Imán es bonito porque lo votan los amigos escritores. Después lo del Heraldo que me vino de Artes y Letras y ahora este… es una época dulce.

Entrevista a Félix Teira.
Entrevista a Félix Teira. Foto: Alfredo Cortés

Estos galardones que ponen en valor toda una trayectoria, ¿te invitan a hacer balance y reflexionar sobre tu carrera?

Una de las cosas que dicen es que publican una antología entonces me he ido leyendo a mí mismo para sacar un par de folios de cada una de mis obras. Esto va a quedar petulante pero a mí me marcó el Lazarillo y quise ser como el autor que nadie sabemos quién es y ser testigo de mi época y contar la verdad. He ido contando lo que estaba pasando en mi sociedad.

Recuerdo que la guerra de Yugoslavia me afectó muchísimo. De pronto, por cuestiones de nacionalismo y religiosas se estaban matando. A raíz de eso escribo ‘La violencia de las violetas’. Después, llega un momento que empieza a ganar Le Pen en muchas partes de Francia y escribo ‘La ciudad libre’ planteándome hacia dónde caminamos si ganan [los partidos de extrema derecha].

La crisis del 2008 la traté en varias novelas, ‘laciega.com’, a la que le tengo mucho afecto, y ‘Con hijos y padres’. Cogí a los chavales de 17 a los que conocía bien y que con toda la acritud y salvajismo que tienen a los 17 años contaban cómo era la crisis. He sido de alguna manera testigo de mi tiempo.

¿Crees que la literatura tiene que tener cierto compromiso con la realidad?

La mía si no es así no se tiene en pie. A mí lo que me ha ayudado y me ha emocionado es la literatura que ha intentado contarme cómo es mi sociedad, incluso ideológicamente. Me ha ido conformando incluso ideológicamente y a la literatura le debo mucho y en esa línea trato de imitar y hacer mis escritos.

Has dicho en varias ocasiones que la escritura era como un virus sin cura.

Sí. Lo veo también con los compañeros. Hablo con gente que escribe y llevamos la misma o parecida ilusión que teníamos con 30 o 40. Y en este sentido no tiene vacuna.

Tu faceta de escritor se ha nutrido de tu trabajo como profesor. ¿Te ha ayudado la docencia y el contacto con la gente joven para saber qué buscaban ellos en la literatura?

Totalmente. Escribí tres novelas juveniles, que son falsamente juveniles, porque las dos últimas les encantan a los adultos y me encanta que les encanten a los adultos. Yo estaba con ellos, los oía, los adolescentes agradecen que trates temas aunque sean espinosos.

Me daba muchísimo miedo escribir para jóvenes pero dada la insistencia de una editora de Anaya probé con ‘Saxo y rosas’ que es la peor novela y la que más dinero me ha dado. Peor en el sentido de que cogí un tema clásico: chica rica, chico pobre. También trataba sobre el odio a los inmigrantes y la aparición de los primeros signos fascistas. Después vi que ganaba dinero y que se lo pasaban bien los chavales. Empecé a escribir lo que me daba la gana; no ganaba tanto ni hubo tantas ediciones en los siguientes pero escribí porque yo quería.

En la segunda, ‘¿Y a ti aún te cuentan cuentos…?’, al chaval le dicen de pronto que su madre es prostituta. El chaval quiere resarcir a su madre para que sea rica y al final pues tiene su moralina. Me acuerdo que este libro no lo prohibieron pero lo vetaron en dos o tres colegios la asociación de padres, que me pareció muy bien. Un padre, en confianza me lo dijo y yo le dije: “Me parece muy adecuado vuestro criterio pero ten en cuenta una cosa, cuando estés a 500 metros y los profesores a 1000, estos chavales van a hablar de política, de sexo, nos van a poner verdes a profesores y a padres y si no hablan de eso, malo”.

Me sentí muy bien escribiendo estos libros juveniles y viendo la respuesta. Son los únicos con los que gané dinero. Igual se vendieron de ‘Saxo y rosas’ más de 50.000, después los pusieron en círculo de lectores. Fui a muchos institutos y vi que había chavales que les brillaban los ojos, les había llegado.

En el tercer libro, ‘Una luz en el atardecer’, trato otro tema espinoso: cómo hablar de la muerte, cómo le digo a mi hijo de 16 años que el abuelo se ha suicidado. Traté ese tema y también hay amores, ilusiones. Me conforta saber que a los chavales les llegó. De ‘Saxo y Rosas’ igual tengo mil cartas de las chicas que escribían: “Yo también salgo con un chico que a mi madre no le gusta”. Me sirvió estar con los jóvenes sobre todo para oírlos, para ser creíbles tienes que hablar en su jerga, si no les suena impostado.

La docencia me ha dado libertad. Si todo hubiera sido como ‘Saxo y Rosas’, me hubiera planteado dejar la docencia para dedicarme a escribir, no sé si luego hubiera sido un acierto. Me ha dado libertad porque tenía la comida asegurada y los plazos de la hipoteca asegurados. Eso era maravilloso para escribir sobre lo que me da la gana. Recuerdo a la editora de Anaya que siempre me estaba teledirigiendo: “No escribas nada de sexo explícito, vendemos en muchos colegios religiosos”. En ‘Una luz en el atardecer’ es un canto a la sensualidad no explicita pero que es la más maravillosa.

Lo bonito de esta profesión es que has podido escribir doce novelas y no sé cómo escribir la siguiente.

Se dice mucho que los jóvenes no leen, pero ¿es así según tu experiencia?

Hubo un tiempo en el que los escritores de adulto se pasaron a juvenil porque era como una piscifactoría, era muy fácil pescar. Los jóvenes dejan de leer a los 16 o 17 pero, hasta entonces, leen todos y leen mucho. Creo que el que desconecta no vuelve. La labor o se hace en los institutos o malo. Incluso en la universidad tampoco vuelven. Las aficiones que te enganchan para toda la vida tienen que estar fijadas a los 18 y si no, mal.

¿Qué crees que buscan los jóvenes en la literatura?

Yo pienso que todos buscamos lo mismo. Esto de la vida viene sin instrucciones de uso, de hecho, hay un libro de un tal Georges Perec que se titula ‘La vida instrucciones de uso’. Al venir la vida sin instrucciones de uso hace que las busques, igual que lo hacía yo como adolescente y lo sigo haciendo también: por qué hay muerte, enfermedad, por qué tantas cosas. Entonces los chavales buscan también cómo afrontar problemas que ellos ven dificilísimos a ver cómo otros los han resuelto aunque sea en los libros. Se trata de desentrañar este maravilloso misterio de vivir.

El día de tu jubilación, si no me equivoco, tus compañeros del IES Pablo Serrano de Zaragoza te sorprendieron porque habían bautizado la biblioteca del centro con tu nombre. ¿Cómo fue ese momento?

Todos estaban al loro y yo no me enteré. No tengo ninguna dificultad para hablar en público y aquel día no me salía. Fue un orgullo, pero no supe cómo reaccionar ni cómo agradecer.

En una entrevista comentabas que se premia la juventud y que a los escritores más mayores no se les dan tantas oportunidades. ¿Está la juventud sobrevalorada?

A mí me encanta que esté sobrevalorada. El Madrid ha fichado a Camavinga porque tiene 19 años, no ficha a uno de 40. Una editorial si le entra un buen manuscrito de una persona joven o uno mío, va a preferir a esa persona porque hay más trayectoria, porque si ahora rompe así, cómo romperá después. Y eso hay que aceptarlo que es así.

Te podría poner una veintena de ejemplos de gente joven que he leído, que también me gusta estar al loro: ‘Llego con tres heridas’, ‘El último hombre blanco’… Las editoriales quieren valores nuevos pero los viejos nos defendemos.

Mario Muchnik fue tu primer editor, ¿qué recuerdos tienes de él?

Fue un pilar importantísimo. Me presentó a toda la gente que estaba en el mundillo de la edición y que yo había idolatrado. Me codeé en un momento dado con toda la crema.

El tipo era muy llano y también me dio muchos consejos que no seguí y así me ha ido. Tenía un defecto, así le fue: se preocupaba más por la literatura que por el dinero y tiene que ser mitad y mitad. Lo pasó regular porque siempre se había preocupado más por literatura que dinero.

Entrevista a Félix Teira
Entrevista a Félix Teira. Foto: Alfredo Cortés

La guerra de Yugoslavia te afectó mucho, ¿cómo vives ahora la guerra de Ucrania?

Todo muy negativo. Llevo dos años escribiendo un ensayo sobre Goya. El tipo es interesantísimo, la segunda mitad de su vida es interesantísima, con Jovellanos, es uno de los grandes ilustrados y la guerra de la Independencia lo conmovió. Goya esperaba que los franceses quitaran la Inquisición, que modernizaran… Pero también ve que esos de la Libertad, Igualdad y Fraternidad están masacrando a su pueblo y pinta yo creo que el mejor testimonio anti bélico, los ‘Desastres de la guerra’. Tienen un valor porque no son patrióticos. Hay muchas escenas de franceses matando españoles de la manera más cruel, pero también hay muchas de españoles matando a franceses. Goya odiaba esa violencia.

Bien, pues en Bucha (Ucrania) se han repetido los desastres de Goya tal cual. En el prólogo de ‘La violencia de las violetas’ pongo que en la especie de este mono evolucionado anida una pasión asesina y anida también una parte angelical pero la asesina sigue apareciendo. Que se repita en Bucha todo lo que dibujó Goya después de 200 años no deja de ser triste porque no hemos progresado nada, seguimos igual.

Por otro lado, en tu última novela, ‘Fuego frío’, tratas la ambición.

Me lo pasé bien. El formato corto tiene su encanto, como ‘El extranjero’, ‘Muerte en Venecia’, ‘Pedro Páramo’. Le das al lector una cosa que se lee en una hora y si te gusta bien y, si no, tampoco maldigas al escritor. Me lo pasé muy bien porque cuando hay la posibilidad de una gran fortuna, en este caso con una condición que es que se muera tu padre, eso va pudriendo a los personajes. La ambición corrompe. Te lo pasas bien intentando analizarte tú mismo, cómo actuarías en esa situación.

¿Qué nos puedes contar de tu próxima novela que tratará sobre los millennials?

Hay un hecho, en laciega.com pongo una frase de Martin Amis: “El mundo es de la gente que tiene hoy 35”. Ellos marcan las pautas que después van a seguir todos. La columna vertebral es esa gente. Esa gente en nuestra España hoy, no toda, naturalmente, pero hay una parte que no encuentra lugar, están de becarios, están de precarios, la vivienda es inaccesible… me parece lamentable.

La generación del baby boom a la que pertenezco yo casi todos tenemos piso, todos hemos tenido coche, era terminar de estudiar y trabajar y ahora no. Cobramos unas buenas pensiones.

Es una generación que, además, ha vivido varias crisis. ¿Crees que la sociedad les debe algo?

Naturalmente. Mi pensión depende de todos, de que a vosotros os vaya bien para que sigáis cotizando y a mí me sigan pagando la pensión. O damos cabida a esas generaciones jóvenes o mal.

¿Hay cierto desencanto ante la idea de la educación como ascensor social?

Como profe, yo debía esta novela. No puedes escribir una novela de tesis porque para eso escribes un ensayo. Tiene que haber unos personajes que le den fuerza y la tenga en pie, cada uno con su problemática. Yo como profesor sí que se la debía, porque yo les animaba a estudiar y trabajar porque ahí estaba el futuro y se ha roto el mecanismo de ascensor social de la educación, desde luego.

Suena desesperanzador.

Pero si es así hay que decirlo para ponerle remedio. En mi tiempo, el ascensor social funcionaba. Terminabas de estudiar y al día siguiente trabajabas. Cuando toda esa gente empezó a ganar dinero aspiraban no al mono azul sino a que nuestros hijos llevaran bata blanca. Animaban a los hijos a ir a la universidad pero eso tenía un límite. Técnicos cualificados se necesitaban pero también de formación profesional que es el técnico medio que te saca las castañas del fuego. Eso siempre ha estado un poquito desprestigiado y desatendido. En la FP está todo un campo por hacer, no lo hemos abordado, hay que abordarlo bien.

¿A ti qué te gusta leer? ¿Qué le pides a la lectura?

Le pido todo y entonces, al pedirlo todo, muchas me decepcionan. Ordené la biblioteca del pueblo y no sé cuántas novelas habrá pero a lo mejor me quedo con 200 y las demás son despreciables. Es decir, que te compras una novela y ahora que estoy jubilado cada semana me leo una o dos y les pido todo, muchas me decepcionan. Le pides la gran utopía que me propongo al escribir y que nunca la conseguiré, que es propiciar aunque sea un mínimo cambio en el lector. Es decir, el que ha empezado mi novela o la que sea y el que la termina no es el mismo porque le has ampliado el mundo, le has dado nuevas herramientas y le has transformado de alguna manera. Eso es una utopía que se sigue siempre persiguiendo.

¿Nos recomendarías un autor aragonés?

A mí me parece que Ramón J. Sender es impresionante. Escribió ‘La tesis de Nancy’ porque que tenía que comer, que eso no lo entendieron, pero se fue al exilio con lo puesto y le habían matado a la mujer y también a un cuñado.

Pero escribió dos grandes novelas, una antes de la guerra, ‘Imán’, un testimonio antibelicista de primera magnitud y yo pienso que no se le ha dado toda la cancha que tiene la novela. Encima habla de los africanistas que luego serían quienes darían el golpe de Estado en la guerra civil. Esa gente que no tenía dinero para eludir la mili y que iba a África.

La otra es ‘Réquiem por un campesino español’, cuando el potro de Paco el del molino entra en la Iglesia, la primera vez que lo leí sentí un escalofrío. Qué fuerza, qué capacidad de concentración y se permite hacer un romance para enlazar con el romancero nuestro. Una obra de arte, chiquitita, pero obra de arte.

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