Hoy, casi todo el mundo quiere escribir un libro, y no necesariamente para que lo lean. El libro se ha convertido en una extensión física de la marca personal.
Antes la escritura estaba destinada a unos pocos privilegiados, hoy se vende como un requisito social. Influencers, emprendedores, youtubers, coaches, líderes de opinión, presentadores de televisión, cantantes y personajes diversos incluyen la publicación de un libro dentro de su hoja de tareas profesionales.
La producción editorial en España es de casi 90.000 títulos anuales, lo que supone una media de 250 ejemplares diarios, de los cuales la mitad pertenecen a ficción o divulgación. La otra mitad son títulos funcionales o especializados, que incluyen manuales profesionales, textos académicos, literatura infantil y juvenil, y una gran cantidad de obras autopublicadas.
Con los datos en la mano, se publica mucho, pero se vende poco. La mayoría de los libros no supera los 400 ejemplares vendidos, una cifra que deja claro que hoy tener un libro es más un ejercicio de visibilidad que de impacto real.
Nos han hecho creer que necesitamos demostrar autoridad constantemente y el libro se ha convertido en la insignia perfecta para ello. Un hechizo tan atractivo que casi nadie quiere dejar pasar. Mostrar en redes que “estás escribiendo un libro”, enseñar la portada, narrar el proceso día a día… todo forma parte del ritual contemporáneo de la visibilidad.

La auto publicación ha actuado como catalizador de este fenómeno. Ha eliminado intermediarios, reducido costes y acelerado un proceso que antes era largo y complejo. Ha democratizado la publicación y, con ella, la posibilidad de dejar constancia, de construir una supuesta trascendencia que, en muchos casos, sirve más al ego que al lector.
Con todas las facilidades a nuestro alcance, muchos hemos sucumbido al hechizo, aunque la realidad es que la mayoría de estos libros pasan desapercibidos y la magia de la validación se vuelve solo un espejismo. Tener un libro no te convierte automáticamente en un referente; a veces, solo te convierte en uno más en la estantería y uno más en la red que “ha escrito su libro”. La pesadez de los discursos de quienes aprovechan cualquier ocasión para “vender su libro” está jugando en su contra y está generando un hartazgo generalizado en personas que ante la palabra libro, les sale sarpullido y rechazan sin escuchar siquiera conversaciones que podrían ser productivas.
¿Por qué, entonces, todo el mundo quiere escribir uno? Porque nos han hecho creer que nos proporcionará estatus cuando la mayoría de las veces no es más que un legado personal empaquetado para las redes sociales.
Publicar un libro hoy, es fácil. Venderlo y mantenerlo vivo es lo difícil. Lo que es innegable es que la industria editorial está cambiando. Quizás todo requiera de más poso para que se estabilice. Quizás deberíamos bajar nuestros egos y nuestra necesidad de dejar constancia y pensar si verdaderamente lo que escribimos sirve a alguien a parte de a nosotros mismos.
Porque escribir un libro y publicarlo es solo el principio. La verdadera cuestión sigue siendo para qué escribimos, no por qué lo hacemos.
Reflexión de Marisa Felipe















