En pleno casco histórico de Zaragoza, El Sótano Mágico ha construido durante más de una década un espacio dedicado al ilusionismo por el que pasan artistas nacionales e internacionales. Ahora, su Escuela de Magia quiere ir un paso más allá: enseñar técnica, pero también puesta en escena, creatividad y una manera de entender este arte. Helena Perdomo, Pepín Banzo y Juan Capilla están detrás de un proyecto en el que conviven alumnos desde los nueve años hasta adultos de todas las edades.
Hay lugares que nacen después de estudiar un mercado, elaborar un plan de negocio y buscar el espacio adecuado. Y hay otros cuya historia resulta bastante menos previsible. El Sótano Mágico pertenece claramente a los segundos. Pepín Banzo llevaba años acumulando objetos relacionados con el ilusionismo hasta que aquella colección terminó necesitando un lugar propio. A ese deseo se sumaba otro: disponer en Zaragoza de un espacio estable donde hacer magia.
De esa combinación nació El Sótano Mágico, que abrió sus puertas el 4 de diciembre de 2014 en la calle San Pablo de Zaragoza. Más de una década después, el proyecto se ha convertido en sala de espectáculos, museo, punto de encuentro para profesionales y aficionados, espacio cultural y escuela.
«Fue un sueño hecho realidad, el poder tener un local propio donde hacer actuaciones y donde además poder exponer la cantidad de objetos mágicos que había ido acumulando», recuerda Banzo.
Aquella afición por coleccionar piezas relacionadas con la historia de la magia fue creciendo con adquisiciones y con donaciones de familiares de ilusionistas aragoneses. Entre los fondos que hoy se muestran al público hay, por ejemplo, objetos vinculados a Pepe Carroll y piezas de Javier Antón. El resultado es también una forma de preservar una parte poco conocida de la historia cultural aragonesa: la de sus magos.
Una sala pequeña por la que pasan grandes nombres
El tamaño del Sótano Mágico es precisamente una de sus particularidades. No puede acoger las grandes ilusiones concebidas para enormes escenarios, pero la proximidad entre artista y espectador convierte la sala en un espacio especialmente apropiado para la magia de cerca.
Apenas unos metros —a veces centímetros— separan al público de las manos del mago. Y eso cambia por completo la experiencia. «Es una de las ramas más puras de la magia porque es donde más vas a sentir el imposible», explica Juan Capilla.
Por el escenario zaragozano han pasado artistas españoles y extranjeros con un amplio reconocimiento dentro del mundo del ilusionismo, aunque muchos de sus nombres resulten desconocidos para el gran público. Para sus responsables, esa diferencia entre prestigio profesional y popularidad explica también una paradoja: España posee una importante tradición en el mundo de la magia, pero buena parte de ella continúa siendo desconocida fuera de los círculos especializados.
Banzo pone como ejemplo a Pepe Carroll. Mucha gente todavía lo recuerda fundamentalmente por su presencia en televisión, pero su trabajo como cartómago continúa siendo estudiado internacionalmente. Algo semejante sucede con figuras históricas de la magia española como Arturo de Ascanio o Juan Tamariz, cuya influencia ha cruzado fronteras.
Esa dimensión internacional forma parte de la vida habitual del Sótano. Algunos de los artistas que actúan allí imparten además conferencias o talleres dirigidos a otros magos, de manera que la sala funciona tanto de cara al público como hacia dentro del propio sector.
De una sala de espectáculos a una escuela
La siguiente evolución del proyecto llegó con la formación. Cuando Helena Perdomo se incorporó al Sótano Mágico en 2019 ya existían pequeños talleres, pero la pandemia provocó una reflexión sobre lo que podía ser una verdadera escuela de ilusionismo.
Perdomo, con experiencia docente, planteó entonces a Banzo desarrollar un programa mucho más ambicioso. La idea quedó resumida en una frase que desde entonces define el proyecto: «No enseñamos trucos, formamos magos».

Para hacerlo necesitaban a alguien que entendiera la enseñanza desde esa misma perspectiva. Ahí apareció Juan Capilla.
El planteamiento significa que aprender cómo funciona un determinado efecto es solo el comienzo. Un mago tiene que saber qué quiere provocar en el espectador, cómo construir una historia, cómo moverse, presentar un número o utilizar la música y la iluminación. Incluso debe aprender cuestiones aparentemente tan alejadas del secreto de un juego como preparar una escaleta o manejar un micrófono.
«No hace falta ser mago profesional y subirte al escenario de un teatro para tener que aprender a ser artista», explica Perdomo. Una mesa de una cafetería, una reunión entre amigos o cualquier otro espacio pueden convertirse momentáneamente en escenario.
Capilla trabaja precisamente sobre esa idea. Los alumnos aprenden magia con cartas y monedas, mentalismo, magia cómica o magia de salón, pero también reciben herramientas para utilizar objetos cotidianos y descubrir progresivamente qué rama encaja mejor con ellos.
La escuela no exige conocimientos previos. Incluso quienes llegan después de haber aprendido algunos juegos por su cuenta comienzan desde los fundamentos. La diferencia, explica Capilla, está en comprender todo lo que rodea al efecto: de dónde procede, por qué se realiza de determinada manera, qué se pretende transmitir y cómo se construye la relación con quien está mirando.
De los nueve a los ochenta años en una misma clase
Una de las decisiones más interesantes de la escuela llegó después de comprobar que separar a niños y adultos no siempre mejoraba el aprendizaje. Actualmente los cursos admiten alumnos a partir de nueve años y las distintas generaciones comparten aula.
«Los niños piensan de una manera y los adultos de otra, pero la clase crece si pueden pensar juntos», explica Perdomo. Lo que inicialmente puede provocar cierta extrañeza termina convirtiéndose, según los responsables de la escuela, en uno de sus puntos fuertes.
Capilla recuerda grupos en los que han coincidido adolescentes con personas de 40, 60 e incluso 80 años. Cada generación afronta los problemas de una manera diferente y las soluciones de unos ayudan a los otros.
La enseñanza se desarrolla además en grupos reducidos. La escuela establece un máximo de diez alumnos por clase, aunque habitualmente trabajan con seis o siete. Actualmente existen niveles de iniciación, medio y avanzado y el conjunto de grupos suele reunir aproximadamente entre veinte y treinta estudiantes.
Los cursos se estructuran en trimestres —de octubre a diciembre, de enero a marzo y de abril a junio—, con clases presenciales de dos horas cada quince días. Los estudiantes disponen además de material audiovisual para revisar posteriormente las explicaciones y practicar entre sesiones. La información pública de la escuela recoge cursos regulares de seis clases de 120 minutos, material físico y online y grupos de un máximo de diez personas.
Pero el aprendizaje no termina en el aula.
Hacia el final del trimestre llega uno de los momentos fundamentales: los alumnos deben enfrentarse al público. Primero participan en una jam session, concebida como un escenario más distendido, y posteriormente preparan una gala como si fueran profesionales.
Eso implica construir un número, pero también elegir música, iluminación y vestuario y aprender cómo se organiza técnicamente un espectáculo. El escenario del Sótano Mágico se convierte así en la última parte del aula.
Una cantera que ya empieza a salir al escenario
La consecuencia natural de ese proceso ha sido la creación de una compañía vinculada a la escuela. Algunos alumnos que llegaron sin experiencia han continuado formándose hasta realizar actuaciones profesionales o semiprofesionales.
La compañía se rige además por una filosofía que sus responsables resumen en otra frase: «Somos compañeros, no competencia». Los trabajos pueden compartirse y derivarse entre sus integrantes dependiendo del tipo de actuación, presupuesto o disponibilidad. Los números se preparan y supervisan para mantener un determinado nivel artístico antes de salir al público.
Ese recorrido —entrar por curiosidad, aprender, pisar por primera vez un escenario y terminar realizando actuaciones— es probablemente uno de los mejores indicadores de la evolución que ha experimentado la escuela.
No todos sus alumnos, sin embargo, pretenden convertirse en profesionales. Y sus responsables insisten en que tampoco es necesario.
Aprender magia obliga a comunicarse, exponerse ante otras personas, trabajar la memoria, utilizar las manos, construir un relato y superar el miedo a equivocarse delante del público. Son capacidades que pueden resultar útiles mucho más allá del escenario.
Capilla lo observa tanto en adultos como en niños. «La magia es una herramienta fantástica para desarrollarte, conocer gente, comunicar y aprender a hablar en público», señala. Un profesional puede trasladar esas habilidades a una presentación de empresa y un niño a la exposición de un trabajo en el colegio.
Perdomo recuerda también la experiencia con algunos alumnos con TDAH o autismo cuyas familias les han trasladado mejoras percibidas en aspectos como la concentración, la comunicación o la confianza. Se trata de testimonios personales de las familias, no de una intervención terapéutica, pero para quienes trabajan en la escuela representan una dimensión del proyecto que inicialmente ni siquiera habían previsto.
Un museo bajo tierra y una programación durante todo el año
La escuela es solamente una de las vidas del Sótano Mágico. De viernes a domingo, la sala mantiene su programación de ilusionismo, con propuestas familiares y espectáculos dirigidos especialmente al público adulto. Durante las fiestas y determinados periodos del año la actividad se amplía.
Entre semana, el espacio se abre también a otras propuestas culturales: presentaciones de libros, divulgación científica, poesía, mercadillos y actividades promovidas por otros creadores. La intención es aprovechar una sala que ya dispone de escenario y público para dar cabida a iniciativas culturales que tienen más dificultades para encontrar espacios donde desarrollarse.
A ello se suma el museo, recientemente remodelado, que permite recorrer parte de la historia de la magia aragonesa a través de objetos y materiales originales. La propia arquitectura contribuye a la experiencia: desde la calle San Pablo se desciende hacia un antiguo espacio abovedado de piedra que parece especialmente apropiado para guardar secretos.
El proyecto ha incorporado además un escape room inspirado en un histórico mago aragonés y construido alrededor de su trayectoria, sus números y objetos originales. Es otra manera de hacer que ese patrimonio deje de permanecer únicamente dentro de una vitrina y se transforme en experiencia.
Casi doce años después de su apertura, aquella colección de objetos mágicos que necesitaba un lugar donde vivir ha terminado generando algo bastante más amplio. El Sótano Mágico conserva la memoria de quienes hicieron magia antes, trae hasta Zaragoza a artistas de diferentes países y, a través de su escuela, prepara a quienes quizá ocupen mañana el otro lado de la mesa.
Porque ahí sigue estando la esencia del proyecto. Una baraja, una moneda o un azucarillo pueden ser únicamente objetos cotidianos. Hasta que alguien aprende a utilizarlos para conseguir que, durante unos minutos, otra persona vuelva a preguntarse cómo demonios ha ocurrido eso.
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Escuela de Magia de El Sótano Mágico






















