Cuando el Saraqusta Film Festival anunció ayer que Jacqueline Bisset recibirá el Dragón de Oro en la clausura de su sexta edición (el 1 de mayo de 2026), el mundo del cine histórico respiró con alivio. Porque Bisset no es solo una actriz: es una de las últimas leyendas vivas que ha transitado con naturalidad entre el glamour de Hollywood y la exigencia del cine de autor europeo. A sus 81 años, la británica sigue siendo sinónimo de elegancia, talento y longevidad en una industria que devora a sus estrellas.
Nacida como Winifred Jacqueline Fraser Bisset el 13 de septiembre de 1944 en Weybridge (Surrey, Inglaterra), hija de un médico británico y una abogada francesa, Bisset irrumpió en el cine en 1965. Su verdadero despegue llegó en 1968 con tres papeles que la colocaron en el mapa: The Detective (junto a Frank Sinatra), The Sweet Ride (que le valió su primera nominación al Globo de Oro como Mejor Actriz Revelación) y, sobre todo, Bullitt, donde compartió pantalla con Steve McQueen y se convirtió en el rostro de la sofisticación moderna.
La década de los setenta la consagró como icono. Protagonizó Airport (1970), The Mephisto Waltz (1971), Le Magnifique (1973) y el inolvidable Murder on the Orient Express (1974) de Sidney Lumet. Pero fue su trabajo con François Truffaut en La noche americana (Day for Night, 1973) —película que ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera— el que demostró que detrás de su belleza legendaria había una actriz seria, capaz de sostener el peso de un metacinema inteligente y emotivo.
Su carrera siempre ha oscilado entre grandes producciones y proyectos más intimistas. Trabajó con John Huston, George Cukor, Claude Chabrol y Roman Polanski. En los años ochenta y noventa se adentró con fuerza en el cine y la televisión históricos: Napoleón y Josefina. Una historia de amor (1987), Juana de Arco (1999), Jesús (1999), Britannic (2000) o America’s Prince: The John F. Kennedy Jr. Story (2003). Precisamente esa afinidad con el género histórico es la que ha llevado al Saraqusta a elegirla como gran homenajeada.
En 2012 llegó su gran reconocimiento tardío: el Globo de Oro a la Mejor Actriz de Reparto por la miniserie Dancing on the Edge, ambientada en el Londres de los años treinta. En 2010, el presidente francés Nicolas Sarkozy le impuso la Legión de Honor, llamándola “icono del cine”. Festivales como Múnich (Premio CineMerit a su trayectoria) y Boston (Mejor Actriz) han refrendado su estatus.
¿Por qué es importante Jacqueline Bisset para el cine? Porque representa el puente perfecto entre dos mundos que a menudo se miran con recelo: el star-system hollywoodiense y el cine europeo de autor. Fue sex-symbol sin renunciar nunca a la interpretación profunda. Fue musa de directores legendarios sin perder su independencia. Y, sobre todo, ha mantenido una carrera de más de seis décadas con dignidad, elegancia y sin escándalos, algo cada vez más raro en la era de las redes sociales.
En un momento en que el cine histórico vive un renacimiento (gracias a series como The Crown o películas como Oppenheimer), Bisset encarna la memoria viva de cómo se contaba el pasado con glamour y rigor a la vez. Su llegada a Zaragoza no es solo un premio: es la confirmación de que el Saraqusta Film Festival se ha convertido en un certamen capaz de atraer a las grandes figuras del séptimo arte.
Del 24 de abril al 1 de mayo, la capital aragonesa no solo proyectará películas sobre historia. También rendirá tributo a una actriz que, ella misma, ya forma parte de la historia del cine. Bienvenida, señora Bisset. El Dragón de Oro le espera.

















