Las empresas saben cuánto cuesta una máquina, cuánto dura un programa informático y qué rendimiento puede ofrecer una oficina bien diseñada. Por eso renuevan equipos, actualizan sistemas y revisan los espacios de trabajo. Sin embargo, pocas veces se detienen con la misma atención en las personas que sostienen todo lo demás: quienes piensan, deciden, negocian y sacan adelante los proyectos.
Ese es uno de los puntos de partida de Entrena tu cerebro: neurociencia para la vida cotidiana, el libro de Marta Romo. La autora recuerda que el cerebro no es una estructura inmutable y que la edad, por sí sola, no explica todo lo que ocurre con nuestras capacidades. La neuroplasticidad permite modificar conexiones y reorganizar circuitos a lo largo de la vida, aunque eso no significa que el envejecimiento pueda detenerse ni que todos los problemas neurológicos dependan de nuestros hábitos.
Lo que sí está en nuestra mano es revisar cómo vivimos y cómo trabajamos. Dormir mal durante meses, encadenar reuniones sin una pausa o responder mensajes a cualquier hora no son decisiones inocuas. El cansancio acaba afectando a la atención, al estado de ánimo y a la manera de valorar los problemas. Sus consecuencias no siempre aparecen en un informe, pero pueden notarse en una reunión mal planteada, una decisión precipitada o un equipo que empieza a trabajar bajo tensión constante.
El coste de trabajar siempre en alerta
Esta cuestión tiene especial importancia en empresas que dependen de la experiencia de sus directivos y mandos intermedios. Cuando el cansancio se vuelve habitual, cuesta más concentrarse, se pierde perspectiva y resulta difícil apartarse de la primera solución que aparece. También se reduce el margen para escuchar a los demás o para detectar señales que, en otro momento, no pasarían inadvertidas.
No se trata de atribuir cada error a la falta de sueño ni de convertir la salud cerebral en una nueva exigencia de productividad. El problema aparece cuando ciertas condiciones se mantienen durante demasiado tiempo: jornadas prolongadas, interrupciones continuas, presión por responder de inmediato y dificultad para desconectar incluso fuera del trabajo.
El impacto tampoco se queda en cada persona. Un profesional agotado puede decidir peor, pero además puede transmitir ese estado a su equipo. La irritabilidad, la falta de paciencia y la incapacidad para priorizar terminan influyendo en las relaciones de trabajo y en el clima de la organización.
Siete hábitos relacionados
Romo organiza buena parte de sus propuestas en torno a la Agenda Arcoíris, un modelo que reúne siete aspectos relacionados con el cuidado del cerebro:
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Descanso, para favorecer la recuperación y la consolidación de la memoria.
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Enfoque, en un entorno que dificulta cada vez más mantener la atención.
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Introspección, entendida como la posibilidad de detenerse y observar lo que pensamos y sentimos.
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Juego, por su relación con la motivación, la flexibilidad y la creatividad.
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Ejercicio físico, beneficioso para la salud general y también para el funcionamiento cerebral.
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Conexión social, a través de relaciones que proporcionan apoyo y sentido de pertenencia.
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Conexión interior, relacionada con el reconocimiento de las emociones y el autocuidado.
La mayoría de estas recomendaciones no son nuevas. Sabemos que dormir bien, movernos y mantener relaciones personales resulta beneficioso. El interés de la propuesta está en presentarlas juntas y recordar que se influyen mutuamente.
Dormir ocho horas no compensa por completo pasar el día entero en tensión. Hacer ejercicio tampoco resuelve una rutina sin pausas ni tiempo para pensar. El cuidado cerebral depende menos de una medida aislada que de la forma en que se organiza el conjunto de la vida cotidiana.
El valor de no hacer nada
En los entornos directivos, el tiempo sin una tarea visible suele interpretarse como tiempo desaprovechado. Romo cuestiona esa idea. Una pausa puede servir para ordenar información, recuperar la atención y dejar que aparezcan conexiones que no surgen cuando todo el día está ocupado por mensajes, reuniones y decisiones urgentes.
No siempre hace falta buscar una actividad para cada momento libre. A veces conviene salir a caminar sin escuchar nada, mirar por la ventana o simplemente dejar el teléfono a un lado. Ese espacio no garantiza una buena idea, pero sí ofrece al cerebro unas condiciones distintas de las que proporciona la actividad constante.
La concentración también necesita protección. Revisar el correo mientras se participa en una reunión, contestar mensajes durante una tarea compleja o saltar continuamente entre documentos tiene un precio. Aunque parezca que estamos aprovechando mejor el tiempo, con frecuencia solo conseguimos dividir la atención y alargar el trabajo.
Una cuestión de organización
El libro resulta útil para quienes ocupan puestos de responsabilidad, pero no debería leerse únicamente como un manual para rendir más. También plantea una pregunta dirigida a las empresas: ¿qué parte de los problemas que atribuimos a las personas tiene que ver con la manera en que organizamos el trabajo?
No es razonable pedir concentración en un entorno lleno de interrupciones, ni recomendar descanso a quienes reciben mensajes laborales a todas horas. Si una compañía quiere cuidar la salud cerebral de sus trabajadores, tendrá que revisar algo más que sus programas de bienestar. Deberá preguntarse cómo distribuye las jornadas, qué reuniones mantiene, qué disponibilidad exige y si premia realmente el trabajo bien hecho o, por el contrario, la presencia constante.
La experiencia profesional sigue siendo un valor importante después de los 50 años. Para conservarla, no basta con acumular conocimientos. También conviene mantener la curiosidad, aprender cosas nuevas y contar con tiempo para asimilar los cambios. Ningún hábito elimina por completo la influencia de la genética, las enfermedades o las circunstancias sociales, pero sí puede contribuir a conservar una mayor capacidad de adaptación.
Entrena tu cerebro acerca estas cuestiones al lector sin convertirlas en una lista de promesas. Su aportación más interesante está en recordar que el cerebro no funciona separado de la vida que llevamos. La forma de dormir, trabajar, relacionarnos y descansar acaba influyendo en nuestra manera de pensar.
En una empresa, cuidar el cerebro no debería reducirse a organizar una charla sobre bienestar. También significa crear condiciones para que las personas puedan concentrarse, descansar y tomar decisiones con cierta perspectiva. Al final, proteger ese recurso no es una cuestión decorativa: es cuidar la parte de la organización que ninguna máquina puede sustituir.

















