Nerea Erimia: escribir desde la grieta

Nerea Erimia no habla de la perfección como una meta, sino casi como una trampa. Acaba de publicar Literariamente tuya con Planeta, pero cuando piensa en su escritura no recurre a la idea de la novela pulida, cómoda o impecable, sino a otra mucho más reveladora: la grieta. “Soy una autora a la que le gusta escribir desde la grieta y no desde la perfección”, afirma. En esa frase no solo hay una poética, sino también una declaración de intenciones sobre el tipo de personajes que decide poner en pie y sobre la clase de verdad emocional que le interesa explorar.

Entrevista Nerea Erimia
FOTOS COPY JAVIER OCAÑA

Para Erimia, la perfección no solo resulta sospechosa en la vida: también puede serlo en la literatura. “Por desgracia, hay muchas personas que se creen perfectas o, mejor dicho, que se engañan a sí mismas creyendo que lo son por necesidad”, reflexiona. Esa observación, lanzada en apariencia contra cierta teatralidad contemporánea, termina proyectándose sobre la novela romántica, un territorio donde —dice— abundan los lectores que buscan personajes demasiado enteros, demasiado seguros, demasiado reconfortantes. “Proliferan las personas que quieren leer a personajes perfectos”, señala, quizá porque “quieres leer algo seguro, cómodo, con el final feliz que la vida no te da”. Frente a esa tentación, su respuesta es clara: “Mis planes no contemplan contribuir a seguir engañándonos así”.

“Soy una autora a la que le gusta escribir desde la grieta y no desde la perfección.”

Ahí nace Literariamente tuya, una novela que, bajo las formas de la comedia romántica, parece interesarse menos por la fantasía de la perfección que por la incomodidad de mirarse de frente. “Creo que es una novela sobre enamorarse, sobre atreverse a confiar, pero sobre todo creo que es una novela sobre gustarse a sí mismo”, resume la autora. La frase ilumina con bastante precisión el corazón del libro: el amor entendido no solo como vínculo con el otro, sino también como una batalla íntima con la propia inseguridad.

Esa tensión se concentra en Bianca Blake, una protagonista que Erimia no intenta endulzar. Al contrario: la define con una mezcla de crudeza y afecto. “Insegura, bocazas y orgullosa”, dice cuando se le pide resumirla en tres palabras. En otro momento añade que Bianca es “directa, sin filtros y un poquito rarita”, y que una parte de sus lectoras puede reconocerse justamente en esa zona caótica, menos complaciente, menos ornamental. También piensa en quienes “estén un poco cansadas del típico estereotipo de mujer arcoíris” y busquen un personaje “más incómoda de alguna forma”. No parece una formulación casual: Erimia no quiere una heroína diseñada para agradar sin fisuras, sino una figura con aristas, con impulsos contradictorios y con una relación conflictiva consigo misma.

Frente a ella sitúa a Adam Kingston, que también se aparta con decisión del molde habitual del héroe romántico. “No es un estereotipo de personaje masculino común, sino lo que debería ser un hombre de este nuevo siglo”, sostiene la autora. Y enseguida añade una observación que abre una lectura más amplia: “Parece que todavía tenemos miedo a escribirlos o a que existan directamente”. Adam es editor de novela romántica en Nueva York, trabaja en una editorial que casi exclusivamente contrata mujeres, lee el género, lo defiende, le gustan las películas románticas. Es, en palabras de Erimia, un personaje “en comunión con su lado femenino, sin dejar de lado el masculino”.

“Creo que es una novela sobre enamorarse, sobre atreverse a confiar, pero sobre todo creo que es una novela sobre gustarse a sí mismo.”

La dinámica entre ambos se sostiene precisamente sobre ese desplazamiento de roles y energías. “El contraste entre Adam y Bianca, ella mostrando actitudes tan masculinas y él tan femeninas, hace que el baile entre los dos sea delicioso”, explica. Esa idea del “baile” resulta reveladora: más que oponerlos de forma rígida, la novela parece interesada en la complementariedad, en el juego de tensiones entre dos personajes que no encajan en los modelos más previsibles de la romántica comercial. También ahí se percibe el propósito de Erimia: moverse dentro del género sin entregarse por completo a sus automatismos.

Porque Literariamente tuya no es solo una historia de amor; es también una novela consciente de la tradición en la que se inscribe y de los mecanismos con los que dialoga. Erimia reivindica con claridad el margen lúdico de la comedia romántica. “Una de las ventajas de escribir comedia romántica es jugar, bromear y tomarte ciertas licencias”, dice. Y empuja esa idea un poco más allá cuando defiende la posibilidad de jugar con “los clichés, con lo que ya está escrito y con lo que está por venir”, e incluso con la ruptura de la cuarta pared. Lejos de esconder los códigos del género, los exhibe, los trabaja y los somete a una conversación constante con el lector.

Entrevista Nerea Erimia
FOTOS COPY JAVIER OCAÑA

Ese juego con la tradición no se limita a los recursos narrativos. También se inscribe en una genealogía literaria muy concreta. Literariamente tuya, afirma su autora, “es de alguna forma una carta de amor a las autoras que vinieron antes, pero sobre todo a las autoras que están ahora y a las autoras que vendrán después”. Hay en esa frase una defensa del linaje femenino de la escritura, pero también una voluntad de acompañamiento, casi de continuidad. No extraña, por tanto, que cuando imagina con qué autora del pasado se sentaría Bianca a tomar el té, la respuesta surja sin titubeos: Jane Austen. Más que un guiño cultural, la elección parece condensar una sensibilidad: el gusto por el ingenio, la observación emocional, la ironía y el diálogo con una tradición de escritoras que han pensado el amor sin reducirlo nunca a simple ornamento.

“No gana el que tiene la última palabra, sino el que aprende realmente algo por el camino.”

También los escenarios participan de ese diálogo entre emoción, imaginación y construcción de identidad. La novela comienza en Nueva York y se desplaza después hacia los Cotswolds, con paradas en lugares como Bibury. Pero Erimia no utiliza esos espacios solo como decorado, sino como una forma de retratar a sus personajes. “Ambas ciudades describen a mis personajes”, explica. “Cuando alguno de ellos está describiendo ese sitio que tanto ama, en realidad se describe a sí mismo sin darse cuenta”. La observación es especialmente significativa en el caso de Bianca, que “encontró de alguna forma su hogar en Nueva York después de venir de un hogar que ella no consideraba su hogar”. Más tarde, el viaje a Inglaterra y la relación con Adam desplazan otra vez esa idea de pertenencia, como si el mapa emocional del libro fuera también una búsqueda de casa.

La elección de Inglaterra, además, responde a un imaginario deliberado. “Nos encantan los caballeros, nos encantan los modales, nos encantan las series de época”, admite Erimia, consciente de que en torno al país gravita una cierta fantasía sentimental compartida. “De alguna forma hemos romantizado Inglaterra hasta pensar que es la cuna de todo eso”, añade. Esa fascinación cultural, lejos de ser anecdótica, forma parte del tono de la novela y de su entramado de referencias.

Al final, entre Nueva York y la campiña inglesa, entre los clichés asumidos y el deseo de torcerlos, entre la herencia de Austen y la incomodidad contemporánea de Bianca, lo que aparece con más nitidez es la fidelidad de Nerea Erimia a una idea de escritura. No le interesa la máscara de la seguridad, ni en la vida ni en la ficción. “No gana el que tiene la última palabra”, dice en uno de los momentos más claros de su discurso, “sino el que aprende realmente algo por el camino”. Quizá por eso sus personajes no aspiran a la perfección, sino a algo bastante más difícil: reconocer sus miedos, atravesar sus contradicciones y atreverse, aun así, a confiar.

Escribir desde la grieta, en ese sentido, no es una pose. Es una forma de entender la novela romántica como un espacio donde todavía cabe la fragilidad, la ironía, el deseo y la verdad.

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