Tras décadas de éxito impulsado por el talento individual y el reconocimiento internacional de chefs y restaurantes, la gastronomía española deja de ser un fenómeno cultural para convertirse —oficialmente— en un activo estratégico del Estado. El pasado 9 de febrero se presentó el Plan Internacional de la Gastronomía Española, un proyecto integrado en la Estrategia Nacional de Alimentación que busca transformar el prestigio culinario acumulado en una palanca estructural de crecimiento económico, turismo de alto valor y proyección global de la marca país.
El planteamiento es ambicioso y rompe con la lógica anterior. Hasta ahora, el éxito gastronómico español se explicaba casi siempre por nombres propios, por estrellas Michelin o por la universalidad de la tapa. El nuevo plan parte de una premisa distinta: la gastronomía ya no debe entenderse como “algo de restaurantes y chefs”, sino como un sector transversal capaz de generar valor en toda la cadena —desde el campo hasta la mesa, desde la exportación de producto hasta la atracción de viajeros de alto poder adquisitivo—.
El objetivo central es doble. Por un lado, aumentar significativamente el peso económico de la gastronomía y de toda la cadena agroalimentaria en el PIB nacional. Por otro, consolidar a España como uno de los destinos gastronómicos de referencia mundial, atrayendo turismo de calidad y reforzando la imagen del país como territorio de creatividad, excelencia y calidad diferencial.
Cuatro palancas para un liderazgo sostenido
El plan se organiza en torno a cuatro grandes líneas de trabajo que abarcan diez medidas concretas, muchas de ellas ya en fase de diseño o arranque.
La primera gran apuesta es la formación y el talento. Se creará un hub mundial de formación en gastronomía española que aspira a convertirse en referencia global para cocineros, sumilleres, pasteleros y profesionales que quieran dominar el producto, las técnicas y la cultura culinaria de España. Paralelamente se pondrán en marcha programas específicos para atraer y retener talento internacional en el país, al tiempo que se refuerza la capacitación continua de los profesionales que ya están en activo.
La segunda línea se centra en la internacionalización y los mercados. Aquí el esfuerzo se dirige a coordinar la presencia de productos agroalimentarios españoles —aceite de oliva virgen extra, jamón ibérico, conservas premium, vinos, frutas y hortalizas de calidad diferenciada— en cocinas y canales gourmet de alto nivel en todo el mundo. Se apoyarán también modelos de negocio gastronómicos innovadores con potencial exportador y se reforzará el trabajo de las oficinas comerciales y delegaciones del Estado para que la gastronomía se incorpore de forma sistemática a la agenda de promoción exterior.
El tercer pilar es el turismo gastronómico. El plan contempla campañas específicas, eventos de alto impacto e itinerarios temáticos que posicionen a España como destino gastronómico de primer orden. Estas acciones se vincularán estrechamente con las rutas agroalimentarias, el oleoturismo, el enoturismo y otras experiencias de calidad, alineándose con la estrategia general de captar un turismo más sostenible y con mayor gasto medio por persona.
Por último, la dimensión de marca país y cultura completa el esquema. Entre las iniciativas más visibles destaca la organización de un gran encuentro anual de creatividad gastronómica de alcance internacional, la creación de una red global de profesionales españoles que actúen como embajadores permanentes y el esfuerzo por ordenar y dar coherencia a la marca gastronómica del país. Además, el Gobierno respaldará de forma decidida la candidatura de la tapa como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad ante la UNESCO.
Ferran Adrià, mucho más que un símbolo
Ferran Adrià ha jugado un papel protagonista en la gestación y presentación del plan. Su implicación va más allá del valor simbólico: asesora directamente en la concepción del hub formativo, respalda y dará visibilidad al encuentro anual de creatividad y refuerza el relato internacional de España como nación que marcó un antes y un después en la innovación culinaria a finales del siglo XX y principios del XXI.
En el acto de presentación, el chef afirmó que se trataba del “día más importante que ha vivido la gastronomía española”, subrayando precisamente este cambio de paradigma: por primera vez el Estado asume la gastronomía como un asunto de país y no solo como el logro de unos pocos.
Financiación y expectativas de retorno
El plan se financia principalmente con recursos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, coordinados con Turismo, Asuntos Exteriores, Comercio y Cultura. No se trata de un presupuesto completamente nuevo, sino de una reorientación estratégica de partidas ya existentes —promoción de Alimentos de España, ICEX, Turespaña, cooperación cultural— complementadas con fondos específicos que se irán concretando.
Las expectativas de impacto son claras y medibles. En el ámbito económico se persigue un mayor valor añadido para los productos españoles en el exterior, más oportunidades de negocio para productores, transformadores y restauradores, y un incremento del empleo cualificado. En el terreno turístico, el objetivo es elevar el gasto medio por visitante en el segmento experiencial y gastronómico. Y en términos de imagen país, se busca que la gastronomía se convierta en uno de los elementos centrales y más potentes de la marca España en el mundo.
En un contexto de creciente competencia global —Perú, México, Japón, Corea, Escandinavia y otros países han elevado notablemente su oferta gastronómica en los últimos años—, España decide pasar de la admiración esporádica al liderazgo estructurado y sostenido en el tiempo.
Ya sabe cocinar. Ahora quiere que el mundo lo visite, lo compre y lo imite de forma estratégica y rentable.














